El Manifiesto Comunista y la Comuna de París

Con frecuencia en ámbitos académicos e intelectuales se habla de la Revolución de Octubre de 1917, como si se tratara del primer modelo de revolución proletaria. Lo cierto es que la primera fase de la revolución, en la que se destruyó el sistema feudal zarista, terminó en 1923, con el triunfo de los bolcheviques en la guerra civil que siguió al derrocamiento del zar Nicolás II.

Y es a partir de ahí, de hecho, que se inicia formalmente la fase en que se implementan los fundamentos de la teoría enunciada por Carlos Marx y Federico Engels en el Manifiesto Comunista, un documento de 23 páginas publicado originalmente en Londres en 1848, y que ha sido considerado como uno de los textos políticos más influyentes de la historia.

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El oficio de columnista

Fuera Oscar Wilde o José María Vargas Vila, recurro a la pérfida memoria, quien dijera que es “más fácil esclavizar el alma de un hombre libre que liberar la de un esclavo”, poco importa para los fines de esta entrega, porque la obligación de redactar una columna y hacer un comentario diario pueden ser formas benignas de esclavitud.

El oficio de columnista no es tan fácil como parece, especialmente si se hace a diario, como he venido haciendo desde septiembre de 1978, porque se tocan muchos callos y se corre el riesgo de lastimar a gente a quien se quiere y admira. En los 43 años y meses como columnista he publicado alrededor de 15,000 artículos, la mayoría de ellos críticos del poder y de denuncias sobre malas actuaciones en el sector público y el único mérito que reclamo por el esfuerzo es el no haber incurrido en un desatino que motivara alguna demanda, como ocurre a menudo en nuestro ambiente político y social contra colegas de más talento.

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Dos embajadores en Roma

Desde la firma de los Pactos de Letrán, entre Pío XI y la dictadura fascista de Benito Mussolini, en febrero de 1929, con los que Italia reconoció la sede papal como Estado independiente, los países occidentales tienen acreditados embajadores ante el palacio del Quirinal, sede de la jefatura del Estado italiano, y el Vaticano. Sólo que muchos de ellos, por razones económicas, utilizan a un solo embajador para llenar las dos funciones. El país, en cambio, se gasta el lujo de tener allí dos representantes, es decir, dos sedes diplomáticas en una misma ciudad, con dos nóminas de personal, dos dotaciones y dos salarios altísimos para sus embajadores.

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La debilidad frente al poder estatal

Nuestra primera prioridad en materia institucional debería estar orientada al fortalecimiento de la posición de los ciudadanos frente al poder estatal. Tenemos otras muchas prioridades, es cierto, pero la experiencia política de las últimas décadas indica que nos hemos empantanado en el esfuerzo por consolidar las instituciones y con ello la democracia, cuya práctica entre nosotros sigue siendo débil y excluyente. Así, con el correr del tiempo, hemos destruido la capacidad de los ciudadanos para controlar de manera eficaz al Estado y a sus organismos represivos.

Lo que no acaba de entender el liderazgo político, tal vez porque no le conviene hacerlo, es que nuestra primera y más importante prioridad en el ámbito institucional se reduce a la necesidad de crear una opinión pública con suficiente peso para controlar un poder estatal que cada vez se proyecta más dominador con efectos embrutecedores de la conciencia cívica de los dominicanos.

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El día que “muera” la minería

En una entrevista radial un profesor universitario casi gritó: ¡Muera la minería! La expresión me golpeó con la fuerza de un huracán y me pregunté qué pasaría si el creciente fundamentalismo ambiental se impusiera y los gobiernos decidieran acabar con la explotación de los recursos naturales para enfrentar los efectos del deterioro del medio ambiente y el calentamiento global del planeta. No es difícil imaginarlo. Sin petróleo, gas natural, zinc, oro, plata, aluminio, cobre, ferroníquel, mercurio y los demás minerales, al cabo de muy poco tiempo, tendríamos que cerrar los puertos y aeropuertos, porque no habrían barcos ni aviones; las industrias, los hospitales, los restaurantes y la construcción de edificios, escuelas y carreteras, ya no serían posibles.

No tendríamos cómo preservar los alimentos, las neveras no funcionarían por falta de electricidad, y no habría forma de llegar temprano al trabajo, si llegaran a quedar empresas, porque el transporte no existiría ¿de qué están hechos los buses y automóviles sino de recursos extraídos del subsuelo?

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Un correo conmovedor

La seguridad social en este país no protege a quien más lo necesita, por lo que urge una reforma sustancial a la ley que la creó a fin de humanizarla y darle el sentido social que realmente no posee. Mi entrega de hoy se refiere a un caso dramático que un lector me relata con palabras que evidencian desesperación y que reproduzco a seguidas:

“Permítame ocupar parte de su tiempo para relatarle un acontecimiento insólito, de los tantos que se suceden a diario en este país, tristemente olvidado de Dios. Mi madre, que recién acaba de cumplir los 75 años de edad (Gracias Dios por ello), y que llevaba unos doce o trece años pagando regularmente un servicio de salud en una de las tantas prestadoras de este servicio, recibió una carta de esa empresa comunicándole que por razones de edad no se le renovaría su contrato. Ante esta eventualidad, mi madre se quedó de buenas a primeras sin un servicio básico y esencial en este nuestro país, como lo es un seguro de salud”.

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Democracia y dictadura: dos polos opuestos

Las dictaduras y los gobiernos autoritarios son más fáciles de sostener que una democracia auténtica. Sólo necesitan valerse de la fuerza y de la intimidación para mantenerse y luego el miedo los hace una costumbre. Esa ha sido la historia siempre. La hemos vivido una y otra vez en esta nación, en la que sus fundadores, los que se entregaron a la causa de la redención del pueblo dominicano, terminaron en el cadalso o murieron en medio de una pobreza atroz en el exilio, olvidados de aquellos que habían contraído con ellos una deuda de gratitud impagable.

La democracia, en cambio, requiere de una construcción basada en la tolerancia y la paciencia. No se edifica de un tirón como las dictaduras. Es una cultura. Los gobernantes democráticos están obligados por las constituciones y las leyes y están moral y legalmente forzados a respetarlas y hacerlas cumplir, por encima de sus simpatías y compromisos personales o de logias.

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Un muro fronterizo de oportunidades

La falta de oportunidades en la zona fronteriza ha provocado una migración de sus pobladores hacia el centro y la parte oriental del territorio nacional de una intensidad no similar a la inmigración haitiana hacia esta parte de la isla, pero sí tan perjudicial como ésta a los esfuerzos por defender nuestra integridad territorial. El abandono por décadas de esas provincias es, probablemente, la causa de la debilidad que ha permitido una inmigración ilegal frente a la cual no ha habido resistencia real alguna.

Por eso he venido sosteniendo que el muro más sólido que podríamos construir para detener el éxodo masivo haitiano hacia suelo dominicano, sería una muralla de oportunidades, que estimule el regreso de los que se han movido de allí a causa de la falta de empleo y de futuro. No sugiero que una verja a lo largo de la frontera no sea necesaria para contener la avalancha ilegal haitiana. Pero sí es evidente que un muro físico, como el que se propone, no sería suficiente.

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