La justicia y las metas del futuro

Si alguna prioridad tenemos es la de proponernos metas como nación y lograr un programa de acción que defina lo que queremos ser y cómo deseamos vernos dentro de quince, veinte y cincuenta años. Obviamente, tan grande esfuerzo no corresponde a una sola administración ni mucho menos a una fuerza política. Se trata de un ejercicio de conjugación de voluntades, por encima de toda confrontación o prejuicio partidista o de cualquiera otra naturaleza.

Si permitimos que nuestras diferencias nos sigan distanciando en la búsqueda de ese objetivo común inaplazable, las posibilidades de un futuro promisorio serán escasas. En sociedades democráticas las disparidades de criterio, enriquecen el debate y ayudan a encontrar senderos seguros hacia el desarrollo y el fortalecimiento institucional.

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Democracia conlleva responsabilidad ciudadana

La generalidad de los dominicanos no tiene idea del alcance real de una democracia y cómo esta funciona. Duele pero es cierto. Incluso gran parte del liderazgo político y probablemente muchos de los responsables de aprobar las leyes que la posibilitan, caen dentro del marco de esa realidad. El caso es que un sistema democrático no se crea mediante un decreto o por la voluntad de los gobernantes. Se pueden aprobar cuantas leyes y constituciones la garanticen y no será suficiente si no existe una vocación ciudadana que la haga operativa.

La democracia es el fruto de una tradición de respeto a las leyes, por gobernantes y gobernados, y de un reconocimiento de los derechos ciudadanos formado y fortalecido con la práctica de muchos años. Con el tiempo se forma la tradición de tolerancia que permite que funcione en todas las esferas de la vida nacional. Eso significa un amplio sentido del estado de derecho y las libertades públicas. No bastan los códigos si no hay jueces y fiscales que garanticen su aplicación y solo entonces habría una buena y justa administración de justicia.

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Me pregunto qué significa ser dominicano

Me he preguntado miles de veces qué significa ser dominicano y qué valores, humanos y morales, implica serlo. ¿Se es porque se aman los colores de la bandera, que las instituciones públicas irrespetan usando indistintamente dos colores azules en ella? ¿O porque se vibra al entonar las notas de su épico canto nacional? ¿Qué puede alentar un profundo sentimiento de arraigo en la tierra en que se nace? ¿La tradición? ¿Cuál es la nuestra? ¿Los recuerdos de infancia, la universidad, la familia?

Independientemente del efecto de pertenencia que en todo ser humano genera la vida familiar y los vínculos con la sociedad en que se mueve y trata, es claro que el patriotismo conlleva otros sentimientos más profundos y duraderos, que sobreviven a la muerte y al desarraigo. Me refiero a los valores por los que vale la pena luchar y que hacen grande a una nación, no sólo por la forma en que su gente muere para defender sus derechos y los de los demás, sino por la manera en que allí se vive. La heroicidad en el patriotismo nacional consiste en la dignidad de morir por la patria y al hacerlo, muchas veces perdimos a aquellos que ofrecían la posibilidad de un cambio a favor de la vida.

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¡Feliz Navidad!

Cómo entender que tantos no alcancen a ver la belleza de la Creación, en sus múltiples expresiones, si ella está en el llanto y la sonrisa de un bebé; en la brevedad de la belleza efímera de la rosa, que tan solo se abre para morir; en la llegada de la dulce y soleada primavera, después del blanco y frío invierno, o en el mágico encanto del cambio de colores de los árboles en el triste y melancólico otoño que se libra de sus ramas, para renacer después. Cómo no verla en los duros veranos tropicales que resaltan sus mares azules y pone a cantar a los ríos como susurros de amor al oído de una amada.

Cómo no ver en la Creación, el rocío que anuncia la llegada de la nueva temporada y el atardecer después de un día de lluvia. En el día y en la noche; en el abrazo y el calor de la mirada de un hijo y una madre. En la candidez y la inocencia. En la entrega a un ser querido o a una causa justa. En el maravilloso sentido de solidaridad hacia el prójimo que todavía muchos conservan.

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Lectura sabatina sobre Domingo

Después de interpretar hace años por primera vez el personaje central de la ópera Nabucco, de Giuseppe Verdi, en el Royal Opera House de Londres, Plácido Domingo ha optado por roles de barítono. Esta composición, en cuatro actos, basada en el Antiguo Testamento, es una de las más representativas del repertorio verdiano, si bien no figura entre las más conocidas del compositor. En el país se la identifica principalmente por el lamento coral de los esclavos judíos a orillas del Éufrates, en la escena segunda del tercer acto conocido como La Profecía, en el que añoran su tierra natal (Va pensiero, sulli ali dorate).

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Aprovechemos nuestros recursos

Como todo país, el nuestro tiene derecho a explotar racionalmente sus recursos naturales, incluso los no renovables. Y puede hacerlo en condiciones amigables con el medio ambiente. El fundamentalismo ambiental podría frenar los planes de desarrollo de la economía si llegara a pautar las reglas del debate. Por eso, la mayoría de las naciones lo han encarado aprovechando con racionalidad su petróleo y otras riquezas del subsuelo.

¿Por qué los dominicanos no podemos hacerlo? Es cierto que toda explotación conlleva un riesgo ambiental, pero este puede ser perfectamente neutralizado con las tecnologías existentes y la explotación de Pueblo Viejo es un buen ejemplo de ello. La oposición radical a la minería de gran escala puede convertir, como ya fue el caso de Loma Miranda, un tema del más alto interés nacional, en mero asunto de opinión pública.

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Reflexiones de fin de año

Para la mayoría de los ciudadanos de nuestro país, atribulado por los desencantos y las frustraciones de décadas de miseria e injusticia, lo importante no es quién los gobierne, sino cómo se comportan las personas sobre las que recae esa enorme y grave responsabilidad. En otras palabras, lo que interesa realmente es que los gobiernos trabajen por el bien común, fortalezcan las instituciones, respeten los derechos ciudadanos, protejan las libertades civiles y cuiden el patrimonio público.

Nadie en su sano juicio quiere, por tanto, el fracaso de una administración. El bienestar familiar depende de la marcha del país. Si la economía se cae los dominicanos caen con ella. Si se erosiona el clima de libertad, se cierra el espacio donde se mueven y laboran.

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Reflexión sobre la paz laboral

A pesar de las dificultades propias de una economía pequeña, antecedentes de permanente rivalidad política y un historial de escasa concertación, el país ha podido encarar grandes desafíos resultantes de los cambios en las relaciones internacionales y el comercio entre las naciones originados en las últimas décadas. ¿Cuál ha sido la clave de ese éxito relativo? Si observamos con serenidad y exento de fanatismo el proceso, no sería difícil señalar que se trata de un logro cimentado en un largo periodo de paz laboral.

En el fragor del diario quehacer, esa realidad pudiera parecer irrelevante. Pero esa paz laboral de más de 35 años ininterrumpidos ha contribuido a impulsar el crecimiento de la economía y la estabilidad que se disfruta en el ámbito de los negocios. Ese extendido periodo de tranquilidad siguió a los sangrientos disturbios de abril de 1984 en los que murieron decenas de dominicanos, la cifra probablemente nunca se sabrá, ocasionados por el descontento provocado por un programa restrictivo de medidas económicas derivadas de un acuerdo con el FMI.

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