Lectura sabatina

A diferencia de las obras literarias, las composiciones musicales clásicas suelen numerarse conforme son escritas, aunque no siempre los autores lo hacían y muchas famosas obras, incluyendo las de algunos de los más grandes maestros, se numeraron después de muertos. Por lo regular, la numeración dada a una composición se hace de forma cronológica. La palabra utilizada para esa catalogación es opus, práctica conocida desde el siglo XVII, según se ha comprobado a través de numerosos estudios. En el caso particular de las obras enumeradas después del fallecimiento del autor, la numeración se hacía de la manera siguiente op.posth, para dar a entender que se trata de una obra publicada póstumamente, como han sido los casos de algunos compositores clásicos y barrocos.

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El éxito de la vulgaridad

Si hay algo a lo que finalmente nos hemos acostumbrados es a escuchar sin sonrojarnos cualquier vulgaridad en la radio y la televisión. Y la falta de indignación ante ese atropello al buen gusto se asemeja a la que observamos frente a la basura en nuestras calles y plazas. Ya no nos ofenden los gritos vulgares en los medios, como tampoco los montones de basura que se apelan frente a los hogares. Esa falta de respeto al buen sentido se ha extendido incluso ante los símbolos patrios y a la memoria del patricio Juan Pablo Duarte. Recuerdo como no hubo reacción contra el medio cuando un popular comentarista de la radio llamara a Duarte, “cobarde, “depresivo homosexual, histérico y canalla, carente de carácter y cojones”.

No fue la primera vez que esa clase de abusos verbales se escucharon por la radio, ni será la última, y muchos conductores de programas, que ahora se hacen llamar “comunicadores”, se han hecho populares ganando altos niveles de audiencia, a base de este lenguaje fuera de tono e irrespetuoso, sin que ninguna institución, y ni decir de las direcciones de las emisoras donde se emiten, se haya molestado en pedirles perdón al público y excusarse ante la nación.

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Recordando la tanda extendida

Uno de los negocios de mayor y más rápido crecimiento en el país en las últimas décadas, tanto como el de la venta de combustible, ha sido el de la educación privada, a causa del deterioro en que cayó la enseñanza pública.

El fenómeno representó una enorme carga para la clase media y un insufrible dolor de cabeza para los padres, obligados a empobrecerse buscando dotar a sus hijos de una educación no siempre mejor, en escuelas de pago, donde por lo menos no quedaban expuestos a los riesgos y peligros de planteles bajo la mirilla de violadores y traficantes de drogas.

El empeño del gobierno de Danilo Medina de mejorar la calidad de la escuela con el programa de “Tanda extendida”, propiciaba un cambio radical y una oportunidad invaluable para cientos de miles de familias de medianos y bajos ingresos y una propuesta firme para ensanchar la cobertura escolar e igualar el nivel de la enseñanza pública con la privada.

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El respeto a los símbolos patrios

En julio del 2015, la entonces presidenta del Senado, Cristina Lizardo, emprendió una campaña por el buen uso de los símbolos patrios, corrigiendo un error en la réplica del Escudo que existía en la sede del Congreso. Tan feliz y oportuna iniciativa me motivó a escribirle, y por igual al presidente de la Cámara, pidiéndoles que extendieran su loable preocupación al uso de la bandera, dado que no parece haber conciencia oficial con respecto a la tonalidad del azul de dos de sus cuadrantes, observándose cómo incluso en los edificios públicos, se suelen ondear, una del lado de la otra, banderas con distintos colores azules.

Esta ha sido una inquietud personal que he plasmado infinidad de veces en esta columna, sin que ninguna autoridad relacionada con el tema haya tomado alguna decisión, para evitar que continúe esa terrible confusión respecto a uno de los colores de nuestra insignia. La ignorancia sobre el particular es tan notable que una vez le pregunté a un estudiante universitario si conocía aquello que terminaba “¡Quien te viera, quien te viera más arriba mucho más” y me respondió que le gustaba mucho esa bachata pero no recordaba quién la cantaba.

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La buena defensa de un gobierno

Como todo en la vida, la calidad de un gobierno se mide no por quienes lo critican sino por quienes lo defienden de manera irracional. Y son estos últimos lo que definen y resaltan, no otros, la ruta de la bancarrota moral.

A lo largo de nuestra historia ha sido una constante, que se acentúa en la medida en que el tiempo se les acorta y el deterioro hace mella en su sentido del equilibrio, a partir de lo cual pierden contacto con la realidad y se muestran incapaces de diferenciar entre lo claro y lo oscuro, creyéndose por encima de todo interés público.

Cuando esta situación se da en aquellos casos en que hubo alguna vez expectativas en la población, el sentimiento popular resulta en una confusa mezcla de compasión e ira. A su vez, esto hace que la adhesión se exprese solamente en gritos, ruidos que lastiman los oídos y llenan de estupor los ambientes mediáticos, porque es a partir de ese momento en que emigran los espacios para la moderación y el buen sentido.

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Variaciones sobre un tema

En el país se acepta la idea de que laborar para un medio de comunicación otorga el falso derecho de poder expresarse o publicar cuanto se desee, sin tomar en cuenta la veracidad de lo que se diga o publique, sin importar a quién se ofende o humille.

La despedida hace un tiempo de un comentarista de televisión por desacuerdos con la política editorial de la empresa, se debatió como un atentado a sus derechos y una violación a la libertad de expresión del afectado. Ese concepto del periodismo limita el derecho de propiedad y el clima de libertad en que debe desenvolverse la prensa, porque un medio no está obligado a aceptar posiciones y comentarios contra la honra de terceros o que riñan con sus principios o su política informativa y editorial.

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Periodismo del más allá

Una de las herencias trágicas del autoritarismo propio de nuestra historia, y que aún se expresa en amplias esferas de la vida social, es la de aceptar cuanto se nos diga sin cuestionamiento alguno y propalarlo. Ni en el aula es común formular preguntas y esa modalidad de aprendizaje se ha exportado a ciertas formas de periodismo.

En julio del 2016, por ejemplo, recibió un tratamiento mediático especial la “revelación” hecha por el vocero de una muy activa ONG relacionada con el cambio climático, de que la visita esos días del canciller de Brasil al presidente Danilo Medina tuvo como propósito prevenirle acerca de una investigación del Ministerio Público de la nación suramericana en la que la figura presidencial se vería asociada a una trama vinculada a una empresa brasileña acusada allí de tráfico de influencias, sobornos y sobrevaluación.

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En el reino de los “tuiteros”

Las redes han reivindicado el derecho al mal gusto y abierto un enorme espacio a la mediocridad, la que se expresa a diario y a borbotones con la soberbia y el atrevimiento propios de la ignorancia. Gente que se cree, por el hecho de haber abierto un espacio en Twitter, con la autoridad para juzgar las posiciones e ideas de terceros, como si fueran jueces y fiscales. Los Catón del siglo XXI, sin el talento de aquél militar, brillante escritor y político romano que hizo de la censura un muro de defensa de las tradiciones romanas frente a las influencias helenísticas procedentes de Oriente. Tuiteros entusiastas de su intolerancia e incapaces de convivir con criterios que no sean los suyos, sin estar conscientes del flaco servicio que se prestan a sí mismos.

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