La valoración del voto (1)

A pesar de la vasta experiencia nacional en materia eleccionaria, todavía los dominicanos no saben apreciar a cabalidad el valor del voto.

Elecciones tras elecciones, buena parte del electorado lo hace por aquel considerado como el «menos malo». Una vez eliminadas así las más malas opciones, el país se queda de todas formas con una mala. Y mala al fin, en la práctica resulta tan mala como la más mala de las descartadas por malas. Este juego de palabras nos demuestra cuán errático es ese proceder, basado en la falsa presunción de que la más mala de las actitudes es quedarse en casa el día de las votaciones.

Propiciar el sufragio por cualquier opción bajo el predicamento de que el simple hecho de votar fortalece las instituciones, no le hace bien a la democracia ni mejora la vida política del país. En determinadas circunstancias la abstención es un voto pleno de conciencia. Y los electores tienen el derecho de abstenerse si las propuestas electorales no llenan sus aspiraciones ni satisfacen sus demandas ciudadanas.

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Las “toxinas venenosas” del capitalismo (2 de 2)

El Leonel Fernández que Fidel Castro dibujó de la entrevista entre ambos en su último encuentro en La Habana, es muy distinto al que el pueblo cree conocer. Fernández tendrá sus razones para sentirse honrado de ese encuentro, pero los elogios mutuos que se hicieron no le hacen bien a su reputación como líder democrático y tolerante de las ideas ajenas. Castro era un tirano implacable y sus ideas gobiernan a Cuba todavía, años después de su muerte.

El artículo que publicó sobre su reunión con Fernández tiene además un sonoro toque burlón, al describir la pasión con la que su visitante le exponía su teoría sobre la crisis de la economía mundial. Fernández, según Castro, consumió buena parte de la entrevista de dos horas explicándole las diferencias entre un billón y un trillón; a él, un hombre que en el mismo artículo confiesa que aprendió a sumar y restar antes que a leer y escribir.

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Las “toxinas venenosas” del capitalismo (1)

Muchos de los problemas nacionales y el inmenso poder que alcanzan acumular los gobiernos y la figura presidencial se deben en gran medida a la facilidad con la que se aceptan las «verdades oficiales» y se elude hacer preguntas cuando el cielo se oscurece o la ambigüedad domina el escenario político.

Aceptamos bucólicas visiones de la economía reñidas con la realidad sin pestañear y nos aferramos así a un reino de virtualidad donde todo marcha a la perfección, a despecho de cuán mal nos vaya o se perfile el horizonte. Creemos cuanto se nos dice y guardamos silencio por temor a hacer preguntas molestosas, pagando un alto precio por ello.

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El mal de la improvisación

En un país donde todo se analiza y se quiere resolver en seminarios, ha faltado quien se hiciera estas preguntas: ¿Qué hace tan fuerte e intimidante a los gobiernos? ¿Por qué infunden tanto temor en los sectores empresariales, a despecho de la alta evasión impositiva que pudiera demostrar que ese miedo no ha existido nunca?

El secreto radica en la sensación de debilidad y desunión, cierta o no, que proyectan los empresarios. En su dificultad para ponerse de acuerdo en los temas básicos de la nación. En su falta de voluntad para poner en práctica las acciones, algunas necesariamente heroicas, que se requieren para dotar a la nación de un plan de mediano y largo plazos que sepulte de una vez y para siempre el terrible mal de la improvisación que caracteriza la vida pública.

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La realidad social dominicana

La injusta distribución del ingreso se acentúa a medida que la economía crece debido a la ejecución por los gobiernos de políticas que no toman en cuenta las realidades nacionales ni el sufrimiento de la gente.
El concepto de modernidad vigente no plantea cambio alguno en esa situación. Se construyen líneas de un metro mientras las calles llenas de baches se tornan intransitables. Se habla de superar la brecha digital mientras las escuelas se caen a pedazos y cientos de planteles carecen de butacas, pizarrones y tizas, y se suspende virtualmente el desayuno escolar y la tanda extendida. Seguimos lejos de los objetivos del milenio.

El exceso de población, sin duda uno de los más graves problemas actuales, adquiere singular dramatismo en los países en desarrollo como República Dominicana. Cientos de miles de seres humanos subsisten en condiciones extremas de pobreza e indigencia. Las desigualdades sociales se muestran más patéticas y las necesidades más perentorias.

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Un legado del populismo

Las exigencias políticas han impuesto la necesidad de abultar el aparato burocrático, de manera que no hay recursos para el pago de salarios adecuados al talento y a la consagración. El gobierno se incapacita de este modo para ofrecer oportunidades a jóvenes entrenados llenos de legítimas ambiciones personales.

Las circunstancias económicas en que se desenvuelve el país reducen las posibilidades para miles de ellos que encuentran dificultades para encontrar un trabajo digno. Es natural entonces mirar hacia fuera en busca de la oportunidad que el país no es capaz de ofrecerle a sus hijos.

Por un lado, se asegura que el país marcha en la dirección correcta para el logro de los objetivos de reducir los altos y denigrantes niveles de pobreza para el año 2030, mientras sabemos que el gasto y la inversión social son cada vez entre los más bajos del continente.

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El temor a las redes

El temor de las figuras públicas, políticos, funcionarios y líderes sociales, de enfrentar a los medios de comunicación cuando eran objeto de acusaciones infundadas, terminará dañando a la prensa. La advertencia de Germán Ornes ha resultado profética.

Por el Internet y la facilidad que se ofrece a todo el que quiera expresarse en las redes nadie se escapa a la violación del derecho a la intimidad o de verse acusado sin pruebas, porque las figuras públicas tienden a refugiarse en la comodidad que supone evitar las confrontaciones que alteran la tranquilidad y, muchas veces, hasta la estabilidad familiar. Pero ese temor, de cierto modo justificado, alienta la mediocridad, fomenta el desorden social y daña, como decía Ornes, la reputación de la prensa, cuando la práctica invade los medios.

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Periodismo y derechos ciudadanos (y 3)

A menos que esté preparada para aceptar los más severos juicios sobre su papel, la prensa nacional, y en particular los periodistas, no estaremos en condiciones de contribuir eficazmente a la creación de un clima libre y sin prejuicios para el debate de las ideas, lo cual es fundamental para la democracia.

Por desgracia, los ejemplos diarios de intolerancia periodística son tantos como los que la prensa critica.

Algunos amigos me cuestionan las razones por las que suelo con esporádica frecuencia reproducir o hacerme eco de las críticas, muchas veces agrias y subidas de tono, que recibo en mi dirección electrónica de lectores enojados por el contenido de uno que otro comentario en mi columna diaria o en los programas de televisión en los cuales participo.

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