El camino del futuro (1 de 2)

“La uniformidad es la muerte. La diversidad es la vida», escribió Miguel Bakunin. En efecto, el consenso puede llegar a ser en términos extremos el último e irreversible trecho hacia la tiranía. La unanimidad es una modalidad de la sumisión. Inexplicablemente, esta sociedad, en el ámbito político, anda siempre a la búsqueda de consensos, que en el fondo no son más que arreglos dictados por las conveniencias, cuando el testimonio más firme y apreciado de nuestro muy peculiar experimento democrático ha sido la falta de unanimidad.

La experiencia indica que esos modelos de consenso total no son senderos seguros hacia un propósito colectivo. Lo que deberíamos buscar es una forma de pluralidad que nos aleje de una consigna alrededor de la cual podríamos terminar sepultando la libertad y el derecho a ser individuos con personalidad, gustos y defectos propios. La mejor garantía de preservación de las instituciones democráticas, con todo y lo débiles que ellas han sido, es el desacuerdo. Cuando todos en este país coincidamos, como ya una vez ocurrió en un pasado no lejano, ese día la libertad habrá acabado.

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De las mieles y la ceguera del poder

Nunca faltan quienes medren alrededor del poder y al gozar de sus mieles, suelan achicarse al infame nivel de creer que otros que una vez ocuparon funciones públicas, quedan comprometidos de por vida a aceptar, como un gesto de agradecimiento o lealtad, cuanto haga un gobernante, sin importar las barreras morales que el ejercicio del poder impone a esos iluminados. Se envilecen al grado de perder toda capacidad de asimilar el ejercicio de la crítica y el pensamiento libre de toda atadura partidista, como una obligación profesional.

Condenados a sí mismo a encorvarse, ven en el ejercicio responsable del periodismo un acto de conspiración, temerosos de que el mundo de complicidad en que se desenvuelven se les caiga.

Muchas veces un simple comentario por la radio o la televisión, un artículo o un libro crítico de una gestión gubernativa los levanta de los ataúdes morales donde practican a diario el manual de adulación que pusieron en sus manos, sin objeción alguna. Se trate de una causante de mal uso presupuestario o del descalabro de los servicios públicos de salud, del desastroso estado de la educación o del auge del narcotráfico y la inseguridad ciudadana, para citar sólo algunos frutos de un ejercicio gris del poder político.

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El lado desconocido de Caracoles (2 de 2)

Claudio Camaño Grullón me aseguró que en 1969 fue a verle en Puerto Rico su primo Luis, enviado por Fausto, el padre de Francis, para convencerle de que viajara a Santo Domingo con la idea que luego se trasladara a Cuba para convencer a su hijo que retornara al país y desistiera de su propósito de entregarse a la actividad guerrillera. Fausto, general retirado, le arregló a Claudio una entrevista con el secretario general del PRD, José Francisco Peña Gómez, la cual tuvo lugar en un apartamento de la calle 19 de Marzo con Salomé Ureña, en la zona colonial, lugar donde operaron en 1965 las fuerzas constitucionalistas.

Peña Gómez le pidió que propusiera a Caamaño la candidatura presidencial, porque se sabía ya que Bosch abandonaría el partido. Para esa época se había descartado, según Caamaño Grullón, la fórmula Bosch-Caamaño, pactada en una reunión en España.

Caamaño Grullón me dijo que viajó a Cuba con 5,000 pesos y un itinerario que lo llevó a través de diferentes rutas a Moscú y La Habana. En sus reuniones con Francis tampoco logró convencerlo porque entendía que aceptar la candidatura equivaldría a una traición “porque a la postre no podría hacer un gobierno como el país necesitaba”. Poco después, fue Francis quien le convenciera de quedarse en Cuba para unirse al movimiento, apelando a sus fuertes vínculos y afectos.

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El lado desconocido de Caracoles (1 de 2)

Los cubanos trataron de convencer a Francis Caamaño que desistiera de su intento de establecer un foco guerrillero en el país, porque no existían condiciones para lograrlo, según revelaciones de su primo y compañero de la expedición de Caracoles, Claudio Caamaño Grullón.

En dos entrevistas para un libro en preparación realizadas en mi oficina, una de las cuales tuvo lugar el lunes 15 de marzo del 2010, Caamaño Grullón me dijo que el gobierno cubano entendía que una expedición que inicialmente se haría con 32 personas, de las cuales sólo quedaron nueve combatientes, no llegaría muy lejos.

Con ese aparente propósito un día, aseguró, Francis Caamaño fue visitado por el comandante Piñeiro produciéndose entre ambos una agria discusión, llegándole a decirle el primero al segundo “charlatán”. Piñeiro fue a informarle a Fidel Castro de la reunión y ese mismo día le informaron a Caamaño que el oficial cubano había sufrido un percance cardíaco. Piñeiro y Caamaño no volvieron a reunirse, me dijo en ambas entrevista Caamaño Grullón. Años después, Fidel Castro recibió a Claudio Caamaño en La Habana. Era la primera vez que el dominicano se veía con el líder de la revolución cubana. La reunión duró cuatro horas, en la que Castro le aseguró que habían tratado por varios medios de convencer indirectamente a Caamaño de la inutilidad de la gesta.

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La odiada Punta Catalina

El gobierno de Medina fue muy cuestionado por la construcción de Punta Catalina y el centro de las protestas se relacionaba con su costo, algo más de dos mil millones de dólares, incluyendo un puerto para la descarga y manejo del carbón, y el tema de la contaminación. Los críticos del gobierno de entonces, que hoy dirigen al país, denunciaron que estaba sobrevaluada en unos US$1,040 millones. Ni del costo del complejo ni del problema de la contaminación los críticos de entonces han vuelto a tocar el tema.

Los medios reprodujeron mil veces el monto supuesto de la sobrevaluación, sin que hasta el momento se sepa de dónde salió esa cifra. La cuestión es relevante porque el costo es el punto central del caso. La obra fue objeto de una licitación internacional auditada por firmas extranjeras, ninguna de las cuales fue cuestionada por las compañías que participaron en la misma. De las cuatro ofertas evaluadas técnicamente sólo la del consorcio formado por Odebrecht, una firma italiana y un socio local, llenaron los requisitos técnicos. De todos es sabido, además, que no basta para ganar un concurso de esa naturaleza la oferta más barata, sino llenar las especificaciones técnicas, que es la verdadera garantía de cumplimiento de calidad.

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La odiada Punta Catalina

El gobierno de Medina fue muy cuestionado por la construcción de Punta Catalina y el centro de las protestas se relacionaba con su costo, algo más de dos mil millones de dólares, incluyendo un puerto para la descarga y manejo del carbón, y el tema de la contaminación. Los críticos del gobierno de entonces, que hoy dirigen al país, denunciaron que estaba sobrevaluada en unos US$1,040 millones. Ni del costo del complejo ni del problema de la contaminación los críticos de entonces han vuelto a tocar el tema.

Los medios reprodujeron mil veces el monto supuesto de la sobrevaluación, sin que hasta el momento se sepa de dónde salió esa cifra. La cuestión es relevante porque el costo es el punto central del caso. La obra fue objeto de una licitación internacional auditada por firmas extranjeras, ninguna de las cuales fue cuestionada por las compañías que participaron en la misma. De las cuatro ofertas evaluadas técnicamente sólo la del consorcio formado por Odebrecht, una firma italiana y un socio local, llenaron los requisitos técnicos. De todos es sabido, además, que no basta para ganar un concurso de esa naturaleza la oferta más barata, sino llenar las especificaciones técnicas, que es la verdadera garantía de cumplimiento de calidad.

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El abandono de los cementerios

Nada muestra el penoso abandono de los cementerios como el auge que ha tenido el negocio de los cementerios privados. El abandono en que se encuentran esos lugares públicos, es evidente señal del desprecio nacional por los asuntos más solemnes. Situación que en realidad no se limita a los llamados campos santos, sino a la mayoría de los monumentos, incluidos aquellos relacionados con hechos de relevancia histórica.

Ni la bandera nacional queda a salvo, como se observa en la negligencia que supone el uso de dos colores azules en sus cuadrantes, como es fácil observar en las oficinas públicas, sin excluir el propio Palacio Nacional, el Congreso y la propia Suprema Corte, que en una oportunidad emitió un valiosísimo folleto sobre la enseña patria y la manera en que esta debe ser respetuosamente tratada.

Recuerdo una escena tomada hace años cuando una patrulla policial le rendía honores a un sargento de ese cuerpo asesinado por delincuentes. Mostraba el instante en que se disparaba una salva, dentro de densos matorrales a la altura casi de las rodillas y en las que apenas podían notarse las lápidas del cementerio.

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Las pasiones secuestran el debate

Cada día en el país hay menos espacios para la moderación. Las pasiones y las posiciones extremas se han apoderado del debate, dejando sin posibilidad cualquier intento por bajar el tono de la discusión y establecer canales de comunicación lo suficientemente limpios como para que todos podamos escucharnos y encontrar senderos que conduzcan a un lugar sereno, seguro y apacible. De suerte que de antemano es un vano esfuerzo transitar por ese camino cerrado. A muchos les parecerá exagerada esta apreciación y se conformarán con la idea de que todo está en su puesto y que es asunto normal en una democracia la altisonancia en el enfrentamiento político.

Si hay algo para preocuparse es precisamente ese giro en la discusión, que todo lo convierte en riña, impidiendo que podamos encontrar en la diversidad de opinión el verdadero potencial de riqueza que tanto necesitamos explotar. Lo positivo de la situación es que la acidez de la brega partidaria le está permitiendo al país descubrir el lado de la personalidad del liderazgo político nacional que se ha tratado siempre de mantener oculto. Pero por esa ruta, será imposible hallar los puntos de coincidencia necesarios para poner a funcionar la república. Y quedaremos sumidos en la ignorancia y el pasado, perdiendo las grandes oportunidades que los desafíos de la dinámica internacional ponen en manos nuestras.

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