El daño de la evasión fiscal

La lucha contra la evasión fiscal no es sólo tarea de la Dirección General de Impuestos Internos. Los altos niveles de evasión cargan sobre quienes cumplen con sus obligaciones impositivas todo el peso de la estructura tributaria. De manera que quienes incumplen con esa obligación elemental engañan al Estado, reduciendo con ello su capacidad para encarar los graves problemas de la nación, y a todos aquellos que observan sus deberes, sean empresas o particulares.

Los evasores se justifican en el alegato de que el sistema es injusto y represivo de la actividad productiva, lo que, de ser cierto, no se le aplicaría por cuanto no pagan los impuestos que las leyes establecen. A causa de los enormes montos de evasión, la carga tributaria sobre el PIB se estima en más de un 15%, cuando en realidad puede sobrepasar dos y hasta tres veces esa cifra en algunos casos, a quienes pagan, si se le suma el pasivo laboral que la Seguridad Social representa para toda la actividad económica. En el ámbito empresarial, la evasión es mucho más perniciosa porque elude también los pagos de los servicios obligatorios de salud en perjuicio de empleados y trabajadores.

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La “posverdad” que pocos entienden

En el mundo hispano parlante se ha extendido el uso de la voz “posverdad”, hija bastarda de la inglesa “post-truth”, aunque podría apostarse doble contra sencillo que muy pocos sepan qué se quiere decir con ella. Después que la Real Academia Española (RAE), la definiera como una “distorsión de la realidad” con el propósito de manipular las emociones y creencias para influir en la llamada opinión pública, se ha originado una explosión de su uso a nivel local, especialmente en los medios y en las tertulias de intelectuales. Como toda novedad, el término tiene un aire aristocrático y su empleo en las conversaciones y en ciertas escrituras dará a quien se lo apropie alguna apariencia falsa de erudición.

También ha servido el término para relacionarlo con toda información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público, pero como todavía se discute el significado de la expresión habría pues que esperar que el diccionario de la Real Academia disipe todas las dudas mientras se expanda el uso del vocablo. Entre nosotros, como a menudo escucho, cada usuario del vocablo lo empleará, y de hecho ya se hace, conforme al sentido personal que quiera atribuirle a la palabra.

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¡Róbate ese chin!

El prestigioso hombre de negocios autoriza a su chofer “robarse ese chin” para llegar a su residencia en Piantini, todas las tardes al terminar su productiva jornada laboral, ahorrándose así el giro tres calles más adelante en vista del letrero que dice “una vía no entre”. Lo viene haciendo desde que la autoridad del tránsito cambió las señales de su vecindario para agilizar la movilidad urbana.

La joven y prometedora profesional, graduada Cum laude en una cara universidad privada de Estados Unidos, le ruega a la empleada de la estación de peaje que le permita pagar en la línea de “paso rápido”, que no posee. Para descongestionar la vía y promesas de la joven de no hacerlo otra vez, se la deja pasar.

El conductor del autobús repleto de turistas acorta distancia subiendo al elevado, obviando la prohibición y mismo hacen el motorista y el chofer del enorme vehículo de 20 neumáticos cargado de cemento, varillas o vehículos recién llegados al puerto. El taxista gira a la izquierda ignorando la prohibición para evitar que un competidor se lleve al cliente que desde lejos le hace señas a un taxi. Y en la zona turística del más alto nivel, un sindicato obliga a los turistas al final de sus vacaciones subir a sus autos o tener que caminar con sus maletas uno o dos kilómetros para irse en un Uber.

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“Entre independientes te vea”

La creciente pasión por funcionarios “independientes” como pretendida salida a los problemas nacionales podría alentar la peregrina idea de llevarla a la Presidencia de la República. Y si se lograran los esfuerzos de independientes por tener éxito en la lucha contra la corrupción y los malos hábitos de nuestra práctica política en el gobierno, no habría porqué extrañarse si nos acercáramos al día en que grupos de “independientes” aboguen por la elección de un Presidente independiente. Todo depende, por supuesto, de cómo nos vaya. Si se diera la promesa desde una anhelada “independencia” de ir “con todo y contra todos”, sin importar que hayan sido presidentes, estaríamos sin duda en camino de superar el lastre de la corrupción y la impunidad que la hace posible.

El único problema consiste, y excusen mi incredulidad, en desentrañar la incógnita de qué realmente significa ser “independiente”. En política, la independencia necesariamente no nace de ser extraño a un partido político y la paradoja está fuera de duda. Los lazos de un independiente con grupos o fuerzas también independientes de partidos políticos, no son garantía de independencia y puede ser, por el contrario, el camino más expedito a una trampa de absoluta dependencia.

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Un viejo mito de la política nacional

Contra toda evidencia, la prensa nacional sigue aceptando como un hecho uno de los grandes mitos de la política dominicana: la creencia de que el expresidente Juan Bosch fue el fundador de los dos grandes partidos que se han alternado en el poder desde 1996 a la fecha, el de la Liberación (PLD), y el Revolucionario (PRD). En el caso del segundo, el dato, frecuentemente citado en los medios, no se corresponde con la realidad.

Hay toda una historia de teatralidad en relación con la forma en que Bosch alcanzó la cima del PRD. En su libro “Guerra, traición y exilio”, Nicolás Silfa, integrante de la primera misión enviada por el partido al país tras la muerte de Trujillo, sostiene que Bosch tomó el cargo “por su propia cuenta”, proclamándose presidente “a pesar de que el cargo de mayor jerarquía” era el de secretario general, que ostentaba Ángel Miolán, quien así pasó a la segunda posición. Según Silfa, el ascenso de Bosch al cargo “fue a todas luces irregular”, puesto que no se había realizado asamblea, ni se habían enmendado los estatutos con ese propósito.

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Los desafíos del porvenir (2 de 2)

La indiferencia del Congreso y la apática actitud del gobierno a finales de la administración Fernández sobre las exportaciones, dilataron acciones inaplazables. La indiferencia de los congresistas demostraba, una vez más, lo alejado que ese poder del Estado se encontraba de las urgencias nacionales y la del Ejecutivo fue evidencia palpable del extraño distanciamiento que existía entre la visión de futuro de la retórica y el accionar cotidiano.

La posibilidad de que las exportaciones continuaran congeladas disminuyese o apenas aumentaran era la razón más poderosa para hacer del fomento de nuestro comercio una tarea inaplazable. Hasta la saciedad se ha dicho que ningún país ha logrado alcanzar niveles de crecimiento, prosperidad y desarrollo reales, sin la expansión de su comercio exterior. El nuestro había permanecido prácticamente estancado desde hace años y en términos reales el valor de las exportaciones dominicanas tendía a decrecer, lo cual hacía muy endeble las bases del crecimiento de la economía y sus perspectivas a mediano y largo plazos.

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Los desafíos del porvenir (1 de 2)

Los caminos están marcados por el fenómeno de la globalización que dicta las normas de las relaciones internacionales. Y en el caso nuestro, sólo disponemos de dos senderos. Tomamos el que señala el buen sentido y marcamos el paso con la corriente universal o por el contrario optamos por dejar las cosas como están, que es el tránsito más directo y seguro al aislamiento, con todas las consecuencias. Miramos de frente el futuro o rompemos toda posibilidad de cruzar la frontera que nos separa de él.

Dentro del marco conceptual de la ya consensuada y aprobada por el Congreso, esa agenda no debe resultar difícil de diseñar. Muchos de los retos del futuro están ya a nuestras puertas. El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Centroamérica, y el suscrito con la Unión Europea, ofrecen enormes posibilidades de crecimiento y prosperidad, para encarar el problema eléctrico, de cuyas solución depende el éxito de nuestros esfuerzos; la protección del ambiente y los recursos naturales, en proceso de degradación; el servicio de la deuda externa, que compromete buena parte de los ingresos nacionales y, entre otros, por supuesto, el control del gasto público, uno de los males ancestrales de la nación. Se trata de una tarea que el país no puede seguir postergando, so pena de perder toda posibilidad de conquistar el futuro.

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El camino del futuro (2 de 2)

La unanimidad nunca ha sido buena para la democracia. La uniformidad de opinión conduce irremisiblemente a la tiranía y anula la capacidad de un país para enfrentar con imaginación sus problemas más perentorios.

Lo que resulta difícil de asimilar es la dificultad que se observa en el ambiente nacional para lograr acuerdos respecto a asuntos en que los partidos y la sociedad civil muestran coincidencias. Si es tan cuesta arriba alcanzar compromisos alrededor de un proyecto de ley de presupuesto, cuya duración es apenas de un año, es fácil comprender las causas por las cuales este país no puede diseñarse pautas para el futuro.

La necesidad de un proyecto de nación, del que habla todo el mundo, no parece una meta alcanzable por lo menos en el corto plazo. Y no lo es porque se carezca de una noción de lo que se perseguiría con ello. Es imposible de lograr por nuestra inveterada inclinación a ponerle trabas al cambio y al desarrollo. El desorden y la desorganización prevaleciente en el país son un buen negocio para los grupos de poder, tanto en la política como en las demás esferas de la vida nacional. ¿Por qué cambiar lo que beneficia?

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