De mafias y ocupaciones ilegales

Nada afecta la libre empresa como la virtual usurpación de la propiedad privada mediante la ocupación ilegal de fincas, solares y edificios por gente desaprensiva que se escuda en el falso derecho de hacerlo en su condición de “padre de familia”. Hay cientos de casos que lo confirman en las principales ciudades y en las zonas agrícolas y ganaderas. Numerosos planes de desarrollo, en el ámbito turístico, industrial y comercial, han sido paralizados en las últimas décadas por esta práctica convertida en un sistema de hecho legalizado por la incompetencia de los tribunales y la apatía de funcionarios públicos que nada hacen para corregir esas invasiones irregulares.

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Corresponsal en Haití

A comienzos de 1973 me tocó cubrir para este diario y la agencia internacional de noticias para los que trabajaba, la inauguración de la hidroeléctrica de Peligre, en el mismo corazón de Haití. De las calles de Puerto Príncipe fueron retirados los Ton Ton Macoutes, para borrar el aspecto de cárcel abierta que en vida de Papa Doc, el padre del entonces presidente Jean Claude Duvalier, ofrecía la capital del vecino estado. Pero el largo recorrido por una estrecha y sinuosa carretera hasta Peligre estaba lleno de esos agentes represivos. Se les veían ataviados con sus chillones uniformes y pañuelos rojos ceñidos al cuello.
Muchos de ellos llevaban viejos revólveres o largos machetes al cinto. Cuando se paró de su asiento en la tribuna frente a la hidroeléctrica a pronunciar el discurso de inauguración, Jean Claude, también conocido como “Baby Doc”, sostenía una pistola alemana en la mano derecha, de la que nunca se separó mientras se dirigía después hacia un punto de la obra donde cortó la cinta para dejarla en servicio. A los periodistas extranjeros se nos obligó a permanecer de pie bajo un intenso sol por horas, hasta que el último de los invitados de la familia al acto abandonara el lugar.

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Corea del Norte; potencia nuclear y pobreza

La continua amenaza de Corea del Norte de usar su poder nuclear tiene al mundo en ascuas porque el primer estallido de otra bomba atómica podría desatar una Tercera Guerra Mundial, probablemente la última.

El gobierno de Pyongyang es la más antigua tiranía existente, de origen anterior a la de Castro en Cuba. Pero es sobre todo la nación menos desarrollada y con más alto nivel de pobreza de toda esa zona asiática. Su población es de 23 millones de personas, alimentadas en ocasiones en parte por la ayuda exterior humanitaria, incluso de su vecino y archi-enemigo pro-occidental Corea del Sur, donde rige una democracia.

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En el reino de la adulación

La concepción de que el poder conlleva privilegios especiales ha sido transferida de gobierno a gobierno en el curso de nuestro desarrollo democrático. No es que así lo hayan creído los jefes de Estado. El problema es que a eso los arrastran muchas veces sus colaboradores.

El resultado conlleva casi siempre un proceso de deterioro gradual de las imágenes de esas administraciones, con un alto costo político para el presidente. Así ocurrió en la administración reformista, luego durante el mandato de Antonio Guzmán, se repitió en el efímero lapso de la transición que encabezó Jacobo Majluta y se ha impuesto sin cesar después. Con muy contadas excepciones, nadie se acerca a un presidente con el ánimo exclusivo de ayudarle, lo cual, además, resultaría en extremo difícil. En el reino de la adulación sólo se admiten los que están dispuestos a seguir la práctica.

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Sumisos locales del castrismo y chavismo

Los interminables amores de políticos locales con el castrismo y el chavismo recuerdan la humillante sumisión con que aquí se adoró a Trujillo. Y nada de extrañar eso tiene por cuanto, guardando los matices ideológicos entre uno y otro, en el fondo ambos, tanto Castro como Chávez y sus herederos, gobernaron y gobiernan como auténticos tiranos.

La diferencia la marca el tiempo. Mientras Trujillo sólo pudo mantenerse por 31 años, el chavismo va por idéntico camino y la tiranía cubana lleva ya 65, con lo cual se han convertido en las más longevas y anacrónicas de los tiempos modernos en el continente. Ambos, Trujillo y Castro, delegaron el puesto en sus hermanos, aunque nadie en sus cabales se creyera el cuento. Mucho del castrismo existente en el país, y no lo digo sólo por aquellos que le sirvieron a Trujillo y todavía en la vida pública, no es más que nostalgia por los días de mano dura del “jefe” y su perversa cuadrilla de calieses y aduladores.

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Un gran enigma por descifrar

Por mucho que lo neguemos o nos resistamos a admitirlo, la política dominicana se parece mucho a la trifulca que Celia Cruz describió una vez sin aclarar al final la razón que la provocó.

Porque si bien fue reiterativa al decir que “Songo le dio a Borondongo” la copla quedó sin definir, terminando con un “¡Eh que lío!”, que dejaba perplejo a todo aquel que la escuchaba.

Así pues, en nuestro creativo quehacer político partidario, cada día se da ese viejo cuento una vez que se supo incuestionablemente que Songo le dio a Borondongo, porque al igual que en la canción este se desquitó con Bernabé, el que a su vez le pegó a Muchilanga, quien no tonto “le echó a Burundanga”, hinchándose los pies.

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La reelección en una democracia endeble

La reelección en sí misma no es mala mientras la Constitución la permita. Pero apena ver a gente que renuncia a todo por lo que luchó, esforzarse en justificarla alegando sus resultados en Estados Unidos y otros países. Como todo en la vida, sin embargo, lo que finalmente cuenta es la experiencia propia. En el país, con ligeras excepciones, ha sido tan mortífera como el cáncer. Propicia todas las formas de corrupción conocidas, engorda el ego, fomenta la sumisión y humilla a contrarios y adversarios.

La experiencia nacional enseña cuán difícil, si no imposible, resulta todo esfuerzo encaminado a evitar que un presidente en ejercicio se valga de los mecanismos del poder y utilice cuantos recursos del Estado estén disponibles para derrotar a los demás candidatos. Como ya nos ocurriera en el pasado, el triunfo de las ambiciones personales o de grupos que la alientan termina por envejecer al país. Lo despojan de alternativas que pudieran traer aires frescos a los ambientes contaminados por el abuso de poder y el uso antojadizo de los recursos públicos.

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RD, un buen país para vivir… todavía

La degradación nacional no se da sólo en la política, donde ya no existen límites. Afecta todos los ámbitos del quehacer nacional. La hemos visto aposentarse en instituciones financieras, en los sindicatos, en el comercio, en la industria, en las asociaciones de profesionales, en los ambientes artísticos y deportivos y, para acortar la lista, en la prensa. Su presencia es brutal y alarmante. La escucha uno por la radio y puede verla por televisión. Nada escapa al proceso de degradación moral que parece habernos tomado con rudeza por el cuello.

Si alguien tiene duda que dedique unos minutos de atención a cualquier programa, sin importar el medio en que se difunda. La degradación a la que me refiero no es la que resulta únicamente del abuso de palabra, de la falta de respeto al derecho del público, sino principalmente al irrespeto a las normas y a la ley. En el país se habla mucho todavía de cambios radicales. Cambios que no significan, por supuesto, una revolución por medio de las armas y la violencia. Pero sí un cambio de actitud ante la ley.

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