La encrucijada del PLD

Los presidentes pierden credibilidad en el poder, por infinidad de causas y razones. Esa ha sido la experiencia en el país y en el resto de la América Latina. En el caso del presidente Danilo Medina ocurrió una rara excepción. Su enorme popularidad persiste a solo días de terminar su mandato, a pesar de haber sido una presidencia nacida con muchos cuestionamientos e interrogantes, debido a la herencia de corrupción y desorden fiscal que encontró al asumir el cargo con el país endeudado además hasta los tuétanos.

La situación bajo la cual se juramentó le ató las manos, obligándole a una reforma tributaria para poner en orden las finanzas públicas, entonces en lecho de muerte. Esa realidad postergó un pacto fiscal para el cual no existían ni existen todavía condiciones en el desigual clima social prevaleciente. Los críticos índices de pobreza y marginalidad existentes le ponían y todavía ponen un alto costo político a un acuerdo que requiere sobre todo de un compromiso de las fuerzas políticas, para lo cual evidentemente no hay ambiente.

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La esencia del patriotismo

Ahora que se habla tanto de patriotismo y del peligro que representa para la nacionalidad dominicana la masiva inmigración ilegal desde el lado oeste de la isla, sería oportuno rescatar, comenzando en las escuelas, el valor de los símbolos patrios del olvido y observar rigurosamente su uso, específicamente cuando se trata de la bandera. Por años, he llamado la atención acerca de la extendida práctica de emplear en los cuadrantes azules de la insignia nacional, matices distintos que no corresponden al real de la bandera, en especial ese que los estadounidenses llaman “blue navy”, y no el azul ultramar establecido en la ley que regula su uso.

En ese afán llegue a escribirle hace unos años a los presidentes del Senado y de la Cámara de Diputados, al observar que allí se izaban banderas con distintas tonalidades del azul, unas del lado de las otras, como también podía verse el mismo día en el palacio del Ayuntamiento y en la sede del poder judicial. Ninguna de las cartas, que entregué personalmente en la sede del Congreso, recibió respuesta. He escrito también una decena de artículos sobre el caso.

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Un falso camino de redención

La llamada izquierda revolucionaria se resiste a aceptar cuán equivocada estuvo siempre. No les basta con lo sucedido a los países del Bloque Oriental europeo, la destrucción del Muro de Berlín por los alemanes ansiosos de libertad y aire puro, la triste realidad de Corea del Norte y el vergonzoso tránsito de Cuba a un modelo rupestre del capitalismo, después de seis décadas denostándolo como un sistema incapaz de exaltar la dignidad humana.

Sesenta años no han bastado para convencer a los líderes del castrismo que la propiedad privada y la libre iniciativa individual son valores inherentes a la existencia misma y no señales oprobiosas de un sistema basado en la explotación del hombre por el hombre. La prometida redención del pueblo cubano se intenta a medias con la autorización para moverse con alguna libertad dentro del propio territorio de la isla, tener a título de concesión un conuco, una barbería, un automóvil, una computadora o una pequeña bodega para vender alimentos cocinados.

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Estar en Twitter no es ser “tuitero”

Las redes han reivindicado el derecho al mal gusto y abierto un enorme espacio a la mediocridad, la que se expresa a diario y a borbotones con la soberbia y el atrevimiento propios de la ignorancia. Gente que se cree, por el hecho de haber abierto un espacio en Twitter, con la autoridad para juzgar las posiciones e ideas de terceros, como si fueran jueces y fiscales. Los Catón del siglo XXI, sin el talento de aquel militar, brillante escritor y político romano que hizo de la censura un muro de defensa de las tradiciones romanas frente a las influencias helenísticas procedentes de Oriente. Tuiteros entusiastas de su intolerancia e incapaces de convivir con criterios que no sean los suyos, sin estar conscientes del flaco servicio que se prestan a sí mismos.

Con todo el daño que le hacen a la convivencia democrática, esta gente parece ser feliz en la oscuridad en que se mueven. No aportan nada al debate de los problemas. Están en las redes con el solo propósito de juzgar lo que no entienden. Navegan en las aguas del más pernicioso de los radicalismos. El más improductivo. El que no se sustenta en nada. Les basta y se bastan a sí mismo con la descalificación. Leer más de esta entrada

El turismo y la ciudad colonial

La ciudad colonial, con su valiosa herencia de monumentos arquitectónicos, algunos de ellos en mal estado, constituye el activo más importante en los planes de impulsar la capital dominicana como destino turístico. Pero cometeríamos un grave error si la planificación se sostiene sobre la base de atraer los visitantes en base a los museos y el legado religioso de la conquista. La razón es muy sencilla, los extranjeros no gastarán su dinero para ver iglesias y reliquias menores y menos antiguas que las que existen en otros países.

Pese al hecho de ser más antiguas, la catedral y las iglesias de nuestra zona colonial no están ni en mejor estado ni son más monumentales que las que han desafiado el paso del tiempo en México, Perú y Colombia, para citar sólo las de algunos. Ni vendrán tampoco para ver la cama donde María de Toledo dormía. Leer más de esta entrada

El enemigo real de la democracia

Aunque la pandemia lo ha cambiado casi todo, vendrá el momento en que la venceremos. Mientras llega ese día, me refiero a las quejas que siempre se escuchan acerca de la situación económica, de que vivimos en crisis. La percepción es evidencia de un pesimismo generalizado en sectores, cuya valoración del quehacer nacional se basa muchas veces en la marcha de sus propios negocios. En décadas no hemos tenido crisis económica, pues se abrieron nuevas operaciones industriales, el turismo creció y sigue en auge y la actividad comercial se expandió vertiginosamente, con la apertura de gigantescos centros de tamaño incluso superior a sus iguales en los países más desarrollados. Y esa actividad no ha cesado si bien descansa por efecto del Covid-19.

De modo que nuestro problema no es de esa índole ni tampoco el país se encamina irremisiblemente, incluso todavía, hacia un estadio de recesión paralizante de la actividad económica. Leer más de esta entrada

El factor confianza en la economía

Resulte grato o no reconocerlo, lo cierto es que el país, hasta la llegada del Covid-19, vivió un largo periodo de estabilidad macroeconómica, con un minúsculo nivel de inflación, que fortaleció la confianza en el clima de negocios en todos los órdenes. Alentados por una estabilidad cambiaria que apenas se movió dentro de un estrecho rango, la mayoría de las empresas se endeudaron en moneda extranjera. El virus plantea ahora mucha incertidumbre. Propuestas de cambios bruscos en la política económica pueden erosionar esa atmósfera de confianza que ya la pandemia ha erosionado. El resultado sería una situación de inestabilidad, pérdidas cuantiosas, mayor desempleo y la ruina de muchos negocios, con derivaciones fáciles de prever.

Los periodos electorales suelen ocasionar situaciones de incertidumbre y desconfianza, especialmente si las perspectivas de cambio político auguran modificaciones radicales en las políticas económicas. Como demuestra la experiencia, no es preciso que las reglas en esa dirección cambien. Basta que cuelguen como un recordatorio de lo que vendría en el futuro. Leer más de esta entrada

Los recursos mineros

La República Dominicana, como todo país, tiene derecho a explotar racionalmente sus recursos naturales, incluso los no renovables. Y puede hacerlo en condiciones amigables con el medio ambiente. El fundamentalismo ambiental podría frenar los planes de desarrollo de la economía si llegara a pautar las reglas del debate. Por eso, la mayoría de las naciones lo han encarado aprovechando con racionalidad su petróleo y otras riquezas del subsuelo.

¿Por qué los dominicanos no podemos hacer lo mismo? Es cierto que toda explotación conlleva un riesgo ambiental, pero éste puede ser perfectamente neutralizado con las tecnologías existentes y la explotación de Pueblo Viejo es un buen ejemplo de ello. La oposición radical a la minería de gran escala puede convertir, como ya fue el caso de Loma Miranda, un tema del más alto interés nacional, en mero asunto de opinión pública.

Los argumentos contra la minería se sustentan en tabúes que el desarrollo de la tecnología desmonta. Pero ahora se mueven hacia el problema eléctrico y más adelante, si no se enfrentan con racionalidad terminarán trazando las normas de la política minera y energética, primero, para terminar fijando las reglas de la economía.

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