El choque de intereses

Con el paso de los años, la clase política ha logrado inculcarle a la gente la idea de que el país vive permanentemente enfrentado al choque de intereses contrapuestos. De un lado, el interés nacional, representado por el Estado y quienes ejercen el poder, y el particular, que emana de la actividad privada. En el falso criterio de valoración sobre el que esa tesis se sustenta, el primero es el legítimo y el segundo es el espurio, del que surgen todas las iniquidades que hacen de la nuestra una nación socialmente injusta debido a las enormes desigualdades existentes.

La teoría de la desigualdad basada en la existencia de los intereses particulares ha servido para encubrir la corrupción y el enriquecimiento ilícito de una clase política incapaz de plantear soluciones de fondo a los graves problemas nacionales y preservar de este modo los grandes y crecientes privilegios que el secuestro de la vida política por los partidos le ha permitido a sus dirigentes.

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Las pasiones secuestran el debate

Cada día en el país hay menos espacios para la moderación. Las pasiones y las posiciones extremas se han apoderado del debate, dejando sin posibilidad cualquier intento por bajar el tono de la discusión y establecer canales de comunicación lo suficientemente limpios como para que todos podamos escucharnos y encontrar senderos que conduzcan a un lugar sereno, seguro y apacible. De suerte que de antemano es un vano esfuerzo transitar por ese camino cerrado. A muchos les parecerá exagerada esta apreciación y se conformarán con la idea de que todo está en su puesto y que es asunto normal en una democracia la altisonancia en el enfrentamiento político.

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La herencia del trujillismo

En España se ha creado una comisión para emprender cuarenta años después lo que nosotros no hemos siquiera intentado seis décadas después de la tiranía: eliminar todo vestigio del franquismo. Tras la muerte de Franco en 1975 se inició allí un proceso de transición a la democracia. Pero aún quedan huellas del régimen por toda la geografía española, en calles, plazas, pueblos, museos y monumentos, que mantienen viva en la memoria las crueldades de la tiranía que siguió a una guerra civil en la que murieron un millón de personas tras el derrocamiento de la Segunda República. La eliminación de esa herencia franquista cerraría de la memoria española una de sus etapas más oscuras.

Ha transcurrido más de medio siglo del asesinato de Trujillo y las huellas de esa férrea etapa sigue viva en muchos aspectos de la vida nacional. Es cierto que se derrumbaron sus estatuas y bustos de plazas y avenidas, se proscribieron las actividades que tiendan a exaltarlo, se exiliaron a sus familiares más cercanos, se confiscaron muchos de sus bienes, no todos, y la capital recobró su nombre original. Pero con el tiempo, la transición que se engendró dentro del mismo régimen lo perpetuó y sus herederos, parapetados detrás de nuevos disfraces, lograron hacer del autoritarismo que lo caracterizó un legado a la posteridad.

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Como en la isla de Java

A finales del siglo 19, el científico holandés Eugéne Dubois encontró en la isla de Java fósiles muy parecidos a restos humanos, que dentro de la búsqueda entonces del eslabón perdido los definió como huesos pertenecientes al primer hombre mono erguido al que llamó Pithecanthropus erectus. Siglo y cuarto después en el ámbito del partidarismo dominicano no resultaría difícil encontrar fósiles que muy bien servirían para ilustrar a nivel nacional una imaginaria actividad política un millón y medio de años atrás, con antepasados del hombre actual.

Es la situación que suele darse cuando los dirigentes de partidos negocian por conveniencia personal posiciones electorales que no podrían conseguir por sus propios medios, impidiendo el crecimiento de su dinámica interna, a lejana distancia de las elecciones sin mediar ninguna competencia entre aspirantes. El hecho de que en esas circunstancias brillen personas inclinadas a favorecer esa salida a las crisis interna de uno que otro partido es prueba más que suficiente para medir el grado de envilecimiento a que se ha llegado en partidos que bien podrían trabajar en procura de un historial democrático digno de mejor futuro.

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La longevidad del poder

Está demostrado que a medida que envejecen, los gobiernos fuertes se convierten en dictaduras que al final se resisten a morir, con la secuela que ese apego al poder les deja a los pueblos. Corea del Norte les gana a todos. La dinastía Kim (padre, hijo y nieto) rige con mano férrea a esa nación asiática desde 1948. En el segundo lustro de la última década del siglo pasado (entre 1995 y 1998) hubo allí una prolongada hambruna en la que murieron casi tres millones de personas. Las estadísticas oficiales solo reconocen la muerte de más de 200 mil. La ayuda internacional, proveniente de las naciones capitalistas, ayudó a Corea del Norte a paliar las penosas consecuencias de esa falta de alimentos y quiebra de la economía.

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Un falso concepto del periodismo

En el país se acepta la idea de que laborar para un medio de comunicación otorga el falso derecho de poder expresarse o publicar cuanto se desee, sin tomar en cuenta la veracidad de lo que se diga o publique, sin importar a quien se ofende o humille. La despedida hace un tiempo de un comentarista de televisión por desacuerdos con la política editorial de la empresa, se debatió como un atentado a sus derechos y una violación a la libertad de expresión del afectado. Ese concepto del periodismo limita el derecho de propiedad y el clima de libertad en que debe desenvolverse la prensa, porque un medio no está obligado a aceptar posiciones y comentarios contra la honra de terceros o que riñan con sus principios o su política informativa y editorial.

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El valor de la crítica

Como todo en la vida, la calidad de un gobierno se mide no por quienes lo critican sino por quienes lo defienden de manera irracional. Y son estos últimos lo que definen y resaltan, no otros, la ruta de la bancarrota moral. A lo largo de nuestra historia esa sido una constante, que se acentúa en la medida en que el tiempo se les acorta y el deterioro hace mella en su sentido del equilibrio, a partir de lo cual pierden contacto con la realidad y se muestran incapaces de diferenciar entre lo claro y lo oscuro, creyéndose por encima de todo interés público.

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Alerta para los sordos

Ante la acogida en el extranjero de “El rugido del león” y “La herencia trágica del populismo”, periodistas de Puerto Rico, Miami y Nueva York me han preguntado si la democracia, como la conocemos, podrá sobrevivir a las prácticas que se describen en ambas obras y que siguen siendo modelos del quehacer político. Con profundo desaliento les he respondido que ante la imposibilidad de que la actual generación del liderazgo nacional se corrija a sí misma o se eche a un lado, dado el control que ella tiene sobre el aparato estatal, el ambiente seguirá deteriorándose a menos que una nueva generación de relevo empuje lo suficiente para promover las transformaciones hacia una real práctica democrática.

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