El valor de la democracia

Las dictaduras y los gobiernos autoritarios son más fáciles de sostener que una democracia auténtica. Sólo necesitan valerse de la fuerza y de la intimidación para mantenerse y luego el miedo los hace una costumbre. Lo hemos vivido una y otra vez en esta nación, en la que sus fundadores, los que se entregaron a la causa de la redención del pueblo, terminaron en el cadalso o murieron en pobreza atroz en el exilio, olvidados de aquellos que habían contraído con ellos una deuda de gratitud impagable.

La democracia, en cambio, requiere de una construcción basada en la tolerancia y la paciencia. No se edifica de un tirón como las dictaduras. Es una cultura. Los gobernantes democráticos están obligados por las constituciones y las leyes y están moral y legalmente forzados a respetarlas y hacerlas cumplir, por encima de sus simpatías y compromisos personales o de logias.

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Reflexión de mediados de semana

El país no está en condiciones de valerse por sí solo porque no se me ocurre algo más alejado de una autarquía que la República Dominicana. Entonces, tratemos de ser realistas y analicemos algunas acciones pasadas. Por ejemplo, la estatización de la mina de oro de Pueblo Viejo no pudo ser experiencia más decepcionante. El inmenso pasivo ambiental de esa zona en proceso de remediación es el único legado de esa nacionalización, recibida en su momento como un acto de soberanía reivindicativo de nuestros recursos naturales.

No existe una sola evidencia del beneficio que esa nacionalización le trajera al país o a la provincia Sánchez Ramírez. No existe ni existió nunca una herencia material que pruebe que esa acción pueda ser catalogada como un acto positivo. Mucha gente salió ganando, es cierto, pero a un precio muy alto para el país. Otro ejemplo: la readquisición por el Estado de las empresas distribuidoras durante la administración del PRD 2000-2004, con la onerosa carga que ha significado en el suministro de energía y en el cobro de la facturación.

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El temor a las redes

Muchos periodistas, y también políticos, por qué no decirlo, han vivido con la angustia resultante del intento de degradación moral puesto a cargo de un ejército de lisiados mentales, cuya única misión en las redes es denigrar a todo aquél con entereza moral suficiente para exponer sus ideas y defenderlas aún a costa de marchar en la dirección contraria a la de la corriente. Y como entregarse a la manada y a quienes las arrean, les permite a muchos dormir tranquilo y hacerse el simpático, esta gente se sale muchas veces, aunque no siempre, con la suya.

Los epítetos que me han lanzado por mis posiciones sobre los temas objeto de discusión, trátese de la política, la economía, el medio ambiente, el deporte y la cultura, llenarían una enciclopedia, pero el impermeable que calzo sobre mi cabeza me protege de esas aguas sucias.

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Un típico exceso mediático

Hace tres años en las redes se dijo que un hijo de la entonces presidenta de la Cámara de Cuentas, un militar de carrera con rango de general, figuraba en una nómina de la CDEEE como asesor de seguridad. La nota fue circulada con un tono crítico contra la doctora Licellot Marte de Barrios y bastó para que en programas de radio y televisión se le echara ácidamente en cara ese hecho como una muestra de su supuesto compromiso político con el gobierno para encubrir la corrupción.

Esto último me pareció un abominable ejemplo de pésimo e irresponsable periodismo, porque si bien ella, como cualquiera otra autoridad pública, estaba sujeta a valoración, tenía que hacerse en base a su trabajo y apego a los principios de tan alto cargo y no por otras circunstancias. Mucho menos cuestionando el derecho de un hijo mayor de edad, a ocupar cualquiera otra posición, sobre la que ella no tiene decisión de nombramiento. Podría alegarse, como en efecto se hizo, que corresponde a la Cámara de Cuentas auditar a la Corporación de Electricidad, lo que a priori sería un prejuicio, a menos que puedan presentarse evidencias de complacencia dolosa, lo que en ese caso ninguno de los comentaristas que escuché pareció interesado en hacer.

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Fracaso de las economías centralizadas

La experiencia no sólo nuestra ha demostrado hasta la saciedad que las economías centralizadas o cualquiera de sus hijastros generan estrechez y pobreza; constriñen el desarrollo y degeneran en el planeamiento de la vida ciudadana. También es cierto que una economía de mercado sin restricción alguna impide la justicia social. En la práctica ambas se asemejan. De manera que requerimos de un modelo intermedio para garantizar el principio de la distribución del poder y propiciar oportunidades más equitativas dentro de un sistema de libre concurrencia.

La pronunciada presencia del gobierno en la actividad económica genera una peligrosa asociación de funcionarios y empresarios corruptos con los resultados que todos aquí conocemos.

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El descrédito de la clase política

Uno de los signos más preocupantes de la realidad dominicana es el descrédito de la clase política. Lo dicen las encuestas y las expresiones de rechazo que se observan en el diario quehacer nacional. Pero no estará lejano el día en que ocurra lo mismo con la clase empresarial, si no se democratizan las organizaciones que la representan.

Muchas entidades empresariales no reflejan las transformaciones de la sociedad dominicana, y causa de ello no pueden hablar por todo el sector, a despecho de que los gobiernos se sientan en estos ámbitos exclusivistas más cómodos y seguros. La apertura democrática ampliaría la capacidad de presión de esas entidades que han jugado, es justo reconocerlo, un papel muy importante en la discusión de los temas básicos.

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Reflexiones sobre la libre empresa (2 de 2)

Para muchos empresarios, desafortunadamente, el régimen de libre empresa funciona en la medida en que se muestra tolerante contra el abuso y el afán desmedido de lucro. Y, naturalmente, deja de funcionar o no existe desde el momento mismo en que ponen en movimiento normas o mecanismos para proteger a la comunidad de acciones vandálicas contrarias a la ley y a la más elemental ética comercial o profesional.

Uno de los grandes triunfos propagandísticos de quienes combaten la libertad de empresa es el haber creado estereotipos que actúan en la mente humana en contra de su existencia misma. Objetivo principal de esa propaganda ha sido, por ejemplo, desacreditar el derecho al lucro y a la propiedad como causas fundamentales del atraso, el subdesarrollo y el sufrimiento de las mayorías. De esta manera la posesión de riqueza se entiende como producto del robo y consecuente causa de injusticia social. Y como muchas riquezas tienen origen y procedencia cuestionables, esa prédica cala en amplios sectores de la población nacional, especialmente en las de más bajos ingresos. Al defender las malas prácticas comerciales, muchos empresarios contribuyen de ese modo a desacreditar el concepto de libre empresa y a reducir la confianza popular en el sistema.

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Reflexiones sobre la libre empresa (1 de 2)

Las fallas de la libre empresa no se derivan exclusivamente de la injerencia estatal, por mucho que ésta haya entorpecido en el transcurso de los años su desarrollo y crecimiento. Los defectos de nuestro muy peculiar régimen de libre mercado se deben también, y en gran medida, al propio sector privado. Responden a los predominios de grupos, a los oligopolios y castas empresariales que han explotado hasta la saciedad el paternalismo estatal, invocando para su provecho la intervención del gobierno en la economía, a sabiendas de que los privilegios trabajan en contra del sistema y de las oportunidades de los demás.

La capacidad instalada, señalada tantas veces como una razón de la poca funcionalidad o de la presunta existencia de libertad empresarial, ha sido esgrimida no siempre por el Estado, sino por grupos empresariales para evitar de esta forma la competencia o preservar irritantes concesiones. ¿Cuándo esas concesiones se reflejaron en el mercado, ya sea mediante un mejoramiento de los precios y de la calidad de los productos o mediante un incremento de la oferta?

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