El Bosch que no se recuerda

Días después de su derrocamiento, en septiembre de 1963, cuando las autoridades usurpadoras del poder que él, Juan Bosch, había obtenido por vía electoral, avergonzadas tal vez de su funesta acción, quisieron entregarle la suma de doce mil dólares cuando se disponían enviarlo al exilio. El dinero legalmente le correspondía, porque era la suma acumulada de sus gastos de representación que él nunca utilizó en los siete meses en que ejerció la Presidencia de la República. Bosch lo rechazó tajantemente, sin pensarlo dos veces, diciéndoles que no los necesitaba porque donde quiera que se le enviara, él podría ganarse la vida con sus manos, mostrándoles la derecha, su mano de escritor.

Aún en aquél momento decisivo de su vida, cuando el futuro se le presentaba incierto, no dudó un instante en mantenerse firme en torno a los valores éticos que pregonó durante su mandato y que sus críticos y adversarios no llegaron nunca a apreciar en su justa dimensión.

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El lenguaje de inclusión

¿Qué sería del debate nacional, ya aburrido y gris, si por prejuicios de la era moderna nos viéramos obligados a renunciar al sarcasmo y la ironía en la discusión de los problemas nacionales?

Lo primero es que esa discusión carecería de sentido, por su falta de contenido y elegancia. Y lo segundo, peor aún, sería la imposibilidad de una discusión pareja en el ámbito mediático.

Vayamos al grano. Supongamos que las elecciones se limitaran a la confrontación de dos candidatos, uno de los cuales fuera una mujer. ¿Qué sucedería, fuera cierto o no, si el varón dijera públicamente que su oponente, la mujer, es incompetente, desconocedora de la realidad, e ignorante de los asuntos de Estado, sin capacidad alguna para manejar la crisis por la que atraviesa la nación?, un discurso típico en la política dominicana.

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Reflexiones en tiempos de pandemia

En infinidad de oportunidades he dicho y escrito que para la mayoría de los ciudadanos lo importante no es, a fin de cuentas, quién los gobierne, sino cómo se comportan las personas sobre las que recae esa enorme y grave responsabilidad. En otras palabras, lo que interesa realmente es que los gobiernos trabajen por el bien común, fortalezcan las instituciones, respeten los derechos ciudadanos, protejan las libertades civiles y cuiden el patrimonio público.

Nadie en su sano juicio quiere, por tanto, el fracaso de una administración. El bienestar familiar depende de la marcha del país. Si la economía se cae los dominicanos caen con ella. Si se erosiona el clima de libertad, se cierra el espacio donde se mueven y laboran.

Es fácil deducir entonces la frecuencia con que la gente se estremece cuando los excesos y los desafueros conmueven las estructuras en que se erige el estado de derecho. Hablo de un importante segmento de población, donde converge la más amplia diversidad de intereses, no sólo económicos sino políticos y de otra índole. Grupos dentro de los cuales hay fanáticos de uno y otro partido, entusiastas del gobierno y gente que se le opone.

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Los salarios en el Gobierno

Con frecuencia se escucha la queja sobre los altos salarios de los funcionarios públicos con observaciones que contradicen el espíritu de las demandas de mejoría de los servicios y avances en la lucha contra las muchas formas de corrupción, algunas muy sofisticadas, que se dan tanto en el aparato estatal como en la actividad privada, en perjuicio ambas del bien común. Y si bien es cierto que la queja es pertinente y ataca un vicio ancestral en nuestra vida republicana, no suele tomarse en cuenta una realidad que otros países han visto con claridad meridiana.

El caso es que si queremos realmente mejorar la calidad de la administración pública y fortalecer la lucha contra el robo de los recursos nacionales, en la infinidad de modalidades que todos sabemos que se practican, es necesario, yo diría imprescindible, poseer una burocracia estatal eficiente, bien dotada tecnológicamente y, sobre todo, muy bien pagada. Si no lo entendemos así, el talento nacional seguirá migrando hacia el sector privado, el Estado quedará en desventaja y los gobiernos perderán toda confrontación relacionada con la discusión de los grandes temas nacionales.

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Una agenda sin condiciones

Si los propietarios o conductores de vehículos de lujo, que se suponen con un nivel de educación suficiente para saber la importancia del respeto a las leyes, copan las intersecciones, usan las aceras para rebasar y se estacionan indebidamente, cómo esperar que los del concho y las guaguas “voladoras” las observen. Si los dirigentes políticos suben la voz en la discusión de los temas fundamentales en la creencia de que el ruido los hace más creíbles. Si para ellos el “transfuguismo” se reduce a dos razones: idealismo cuando el que se va se inscribe en su partido y traición cuando es uno de los suyos el que se va; si periodistas e intelectuales usan la radio y la televisión sin el menor respeto a las buenas costumbres, creyéndose dueños de la verdad absoluta y algún líder religioso corta una discusión por él empezada con un tajante “no hablo con maricones”, entonces tendríamos que convenir que no toda la culpa de nuestros problemas proviene solamente de la fuente del gobierno.

Si nos motivara realmente la búsqueda de una salida a los problemas que agobian al país, talvez tendríamos que comenzar renunciando a la falsa idea de que sólo yo y los que me acompañan tenemos la razón y que por el contrario hablar quedo facilita el entendimiento, evitando que el ruido ensordezca y nos separe. Si al sentarnos a la mesa alguien cree que el objeto de discusión le pertenece qué sentido tendría entonces quedarse ahí.

Esta sociedad requiere de una reflexión profunda. Que sus líderes, en la política, en la religión, en los negocios y en la sociedad civil, antepongan intereses y prejuicios, para encontrar con buenos modales las salidas que los problemas demanden. Una agenda sin condiciones. Sin vencidos y vencedores, porque al final, cuando una de las partes se impone de forma rutinaria, la semilla de la confrontación que muchos guardan en sus corazones, germina y perdura. Y esa no debería ser la razón o causa que nos mueva.(Reproducido con autorización del autor. Publicado en elCaribe)

La corrupción: un hábito en la política

La manera en que aquí se practica la política condiciona la independencia de la justicia y convierte al país en un paraíso de corrupción. No seamos ilusos creyendo que es incierto, porque eso es lo que explica el archivo por la fiscalía y el tribunal supremo de los más escandalosos expedientes de malversación y hurto de recursos públicos, mientras en la mayoría de las naciones democráticas se hacen más rígidas cada día las acciones contra el desfalco de su patrimonio.

El más reciente y probablemente más ejemplarizante ejemplo de esa feliz realidad ajena a nosotros lo dio hace siete años, precisamente en febrero, un tribunal australiano, al enviar a la cárcel a un influyente funcionario hallado culpable de utilizar dinero del Estado para pagar prostitutas y, léase bien, ¡comprar cigarrillos! A juzgar por la experiencia dominicana, ese señor sería en este país recibido en el salón de embajadores y se les entregarían las llaves de la ciudad y quien sabe cuántos otros honores.

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Práctica tan vieja como el país

Si para muchos funcionarios y dirigentes, tanto en el ámbito oficialista como en el de oposición, la libertad de prensa es un privilegio y no un derecho legítimo, no es nada raro que la honradez sea para ellos una virtud y no un deber elemental, una obligación, en el ejercicio de funciones públicas. De ahí que para la mayoría la actuación más o menos pulcra en el desempeño de cargos en el Gobierno constituya un motivo de alabanza personal, merecedora de espacios mediáticos pagados de altisonante prosa.

Esta grave distorsión del papel del servidor público nace de la creencia errónea, pero bastante generalizada en nuestro ambiente político, de que la democracia y el frágil ejercicio de las libertades individuales, es un regalo y no el fruto de una larga lucha en la que muchos otros sectores, políticos y no políticos, han tenido un desempeño igualmente importante.

En nuestra tradición, los gobiernos han sufrido de un mal común y este ha sido la tendencia a sobrevalorar la relevancia de sus aportes al proceso de desarrollo institucional. Olvidan que un estado de derecho no se crea mediante decreto y que, al final de cuentas, es el resultado de una concatenación de acontecimientos que generan condiciones propicias a ese clima. De todas formas, estamos muy lejos de poder asegurar que en materia de derechos humanos y ejercicio de las libertades democráticas, seamos un espejo inmaculado donde otros países deban verse.

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Para eso están los padres

La discusión sobre el futuro de la enseñanza ha tomado un giro equivocado. Intelectuales, periodistas y maestros parecen más enfocados en el tema de la educación sexual que en mejorar la capacidad del niño para expresarse bien en su propio idioma, mejorar su capacidad de comprensión e intensificar el estudio de las ciencias y las matemáticas. Es como si diéramos prioridad al buen uso a destiempo de los órganos sexuales, en lugar de corregir los malos hábitos en el hablar y en la escritura.

Parecemos más interesados en adiestrar a los niños en los secretos de la sexualidad y el uso de preservativos, que enseñarles a hablar con propiedad e interesarse en el estudio de las disciplinas que podrán hacer de ellos mejores ciudadanos, que es el único camino posible y seguro para encarar el futuro y alcanzar nuestro enorme potencial y riqueza. Los defectos del sistema educativo no residen en la ignorancia de los escolares sobre su identidad sexual, su capacidad reproductiva y mucho menos en su falta de información sobre las bondades del sexo, porque nada de eso es responsabilidad de la escuela, ni tampoco del Estado. Para eso están los padres.

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