La ópera, la gran ausente del TN

La última gran velada lírica en el Teatro Nacional, cerrado casi todo el año con o sin pandemia, fue un ciclo de tres presentaciones de La Bohemia, una ópera en cuatro actos de Giacomo Puccini, con libreto en italiano de Luigio Illica y Guiseppe Giacosa. La obra está inspirada en una novela sobre las experiencias de jóvenes bohemios del barrio latino de París a mediados del siglo IXX, y se centra en la relación sentimental entre Rodolfo (tenor lírico spinto) y Mimí (soprano lírica), y que concluye dramáticamente con su muerte por efecto de la tuberculosis, lo que hace llorar desconsoladamente a su amante quien grita desesperado su nombre (¡Mimí…! ¡Mimí…!), en un estremecedor final.

Desde su primera presentación en 1896, en Turín, bajo la dirección del joven Arturo Toscanini, La Bohemia ha sido una de las óperas más populares, figurando por muchos años como una de las favoritas de los productores y cantantes, a pesar de que inicialmente no fue bien acogida por la crítica. Se la considera como una de las obras más representativas del compositor, cuyo legado incluye un extenso repertorio en el que figuran algunas de las más famosas como Tosca, Madame Butterfly, Turandot, que dejó inconclusa al morir, Gianni Schichi, cuya aria para soprano “O mío babbino caro” es una de las más conocidas y hermosas, Manon Lescaut y La fanciulla del west, famosa sobre todo por el aria para tenor Ch’ella mi creda, de extraordinaria belleza y lirismo.

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La COVID y otras prioridades de salud

Es entendible que gran parte de la atención en el campo de la salud pública se centre en la lucha contra la pandemia, pero sería un costoso error dedicar todo el esfuerzo en esa sola dirección porque más gente ha muerto de otras enfermedades en el país que las que se ha llevado la covid-19 desde marzo del 2020.

Las grandes alzas experimentadas en los artículos de primera necesidad que componen la canasta familiar son, sin embargo, muy inferiores a los incrementos de precios registrados en los medicamentos para la diabetes, las enfermedades coronarias y otras dolencias que a diario matan más dominicanos que el propio virus. Por ejemplo, las medicinas de mayor demanda para el tratamiento de las dos primeras alcanzan entre un 75 y un 100%, por lo que un paciente diabético e hipertenso pudiera estar gastando entre 20 y 25 mil pesos mensuales solo para evitar que su caso se agrave.

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La trampa que impide avanzar

Los dominicanos han sido políticamente educados para ver como malo todo lo que hace un gobierno y bueno cuanto propone la oposición o absolutamente a la inversa. Esa es una trampa y salir de ella nos puede ayudar a curar las heridas sembradas en la conciencia nacional por años de rivalidades partidarias, cada vez más difíciles de sanear.
Por décadas he escuchado y leído sobre el concepto de las prioridades del liderazgo político. Todos han señalado la educación, la salud y más recientemente la seguridad ciudadana y la preservación del medio ambiente, entre otras, como las principales, sobre las que es necesario actuar y hacerlo rápido.

La pandemia nos ha obligado a priorizar las prioridades. Pero a juzgar por la experiencia de nuestra larga transición democrática, la sociedad y los gobiernos han sido víctimas de esa concepción errada que nos oscurece el porvenir.

Muchos países han salido a flote, en medio de grandes adversidades a veces superiores a la suma de todas nuestras desgracias como nación, porque han sabido eludir a tiempo esa trampa. Y como yo la evito no me resulta difícil admitir lo bueno de un gobierno y lo malo de la oposición y lo mismo cuando el primero yerra y el segundo acierta. Por eso, si queremos avanzar debemos dejar a un lado esa estupidez de que todo cuanto hace un gobierno es malo y aceptar como válido toda propuesta de oposición, o al revés, por irrealista que parezca. El ego político a fin de cuentas alienta el desacuerdo, por creerse erróneamente que todo el mérito le corresponde al Presidente que alcance una meta, cuando corresponde a todos si se logra por medio de acciones conjuntas. Los compromisos políticos necesariamente no conllevan una renuncia a los principios.(Reproducido con autorización del autor. Publicado en elCaribe)

Cuando el poder envejece

Está demostrado que a medida que envejecen, los gobiernos fuertes se convierten en dictaduras que al final se resisten a morir, con la secuela que ese apego al poder les deja a los pueblos. Corea del Norte les gana a todos. La dinastía Kim (padre, hijo y nieto) rige con mano férrea a esa nación asiática desde 1948. En el segundo lustro de la última década del siglo pasado (entre 1995 y 1998) hubo allí una prolongada hambruna en la que murieron casi tres millones de personas. Las estadísticas oficiales solo reconocen la muerte de más de 200 mil.
La ayuda internacional, proveniente de las naciones capitalistas, ayudó a Corea del Norte a paliar las penosas consecuencias de esa falta de alimentos y quiebra de la economía.

La tiranía de los castro en Cuba le sigue en edad. Es la más longeva e ineficiente de los gobiernos que han padecido los países del hemisferio. Tras una guerra de guerrillas de tres años, Fidel Castro asumió en enero de 1959 el control total de la isla. Seis décadas después el resultado es un país muy rezagado, con índices económicos y atrasos tecnológicos considerables en relación con otros países de la subregión a los que superaba antes del triunfo de la revolución.

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Una imperiosa necesidad

Es cierto que en el país hay mucha corrupción pero esta no es cosa nueva en la historia nacional. Como también es verdad que la protección legal que la protege es parte del quehacer político y empresarial desde la misma fundación de la república. Es importante para la salud de la nación que la sociedad se empodere y presione a favor de acciones severas contra ese terrible flagelo. Lo que no es cierto es que todos los funcionarios, políticos y empresarios sean ladrones y corruptos. Y no establecer la diferencia cuando se aborda el tema de la corrupción es una terrible injusticia contra todos aquellos que ejercen con dignidad una función pública o un negocio legítimo.

Por las redes, en periódicos escritos y digitales y frecuentemente en programas de radio y televisión se lee y escucha a cualquiera llamar ladrón o corrupto a políticos, empresarios e incluso a periodistas, sin prueba alguna. La práctica se hace más extensiva cada día y parece encaminada a convertirse en un modelo exitoso de periodismo; el que la descomposición social que sufre el país necesita, dirían sus defensores.

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De la ingratitud y la soledad del poder

En sus memorias, De Gaulle escribió: “La soledad que era mi tentación, se convirtió en mi amiga”. A qué más podía aspirar quien estuvo siempre tan cerca de la gloria”.

A Balaguer, la soledad le fue igual. En ella extrajo las fuerzas que le mantuvieron en el poder y próximo a él hasta el mismo día de su muerte. No las fuerzas de las armas ni las derivadas del ejercicio del poder, sino las interiores, las que tanto al uno como al otro, guardando las diferencias, lograban levantar cuando todo parecía derrumbarse a su alrededor.

En la tradición política dominicana la soledad proviene del alejamiento del poder; cuando las candilejas desaparecen de su entorno y el sucesor ausculta en sus pecados. Es en ese escenario, desde y a partir del cual muchos partidarios y colaboradores se alejan de su vecindad y comienzan a admitir que no todo marchaba bien y que aquello que defendieron con las uñas desde cargos públicos importantes, incluso de la mayor confiabilidad, de pronto advierten que estaban equivocados acercándose a la acera opuesta.

Lo sufrieron los que fueron, los que después estuvieron, los que acaban de irse y, en su momento, inevitablemente sucederá igual con los que están. Es la trágica historia de la ingratitud humana.(Reproducido con autorización del autor. Publicado en elCaribe)

El COVID y otras prioridades de salud

SANTO DOMINGO.- Es entendible que gran parte de la atención en el campo de la salud pública se centre en la lucha contra la pandemia, pero sería un costoso error dedicar todo el esfuerzo en esa sola dirección porque más gente ha muerto de otras enfermedades en el país que las que se ha llevado el COVID-19 desde marzo del 2020.

Las grandes alzas experimentadas en los artículos de primera necesidad que componen la canasta familiar, son, sin embargo, muy inferiores a los incrementos de precios registrados en los medicamentos para la diabetes, las enfermedades coronarias y otras dolencias que a diario matan más dominicanos que el propio virus. Por ejemplo, las medicinas de mayor demanda para el tratamiento de las dos primeras alcanzan entre un 75 y un 100%, por lo que un paciente diabético e hipertenso pudiera estar gastando entre 20 y 25 mil pesos mensuales solo para evitar que su caso se agrave.

Es importante pues que las autoridades de salud presten mayor atención a esas y otras enfermedades que figuran entre las principales causas de muerte en nuestro país, muy especialmente entre las personas de avanzada edad, que están siendo vacunadas con la primera dosis contra el virus, sin la certeza de cuándo se estará listo para la segunda dosis que se dice necesaria para la inmunización contra el COVID-19. No se olviden las autoridades que una eventual y no deseada falta de vacunas no se le atribuiría solo al Gobierno, pero sí en cambio podría tener que cargar con el peso de medicamentos y alimentos que escapen al poder de adquisición de la mayoría del pueblo dominicano.

Difícilmente multitudes salgan a protestar por defectos en el programa de vacunación, pero el alza en los precios de medicinas y alimentos, puede generar graves problemas de orden público. De manera que el alza de precios en esos renglones amerita tanta atención como las que se le presta a la pandemia.

¡Muera la minería!

En una entrevista radial un profesor universitario casi gritó: ¡Muera la minería! La expresión me golpeó con la fuerza de un huracán y me pregunté qué pasaría si el creciente fundamentalismo ambiental se impusiera en todo el mundo y los gobiernos decidieran acabar con la explotación de los recursos naturales para enfrentar los efectos del deterioro del medio ambiente y el calentamiento global del planeta. No es difícil imaginarlo. Sin petróleo, gas natural, zinc, oro, plata, aluminio, cobre, ferroníquel, mercurio y los demás minerales, al cabo de muy poco tiempo, tendríamos que cerrar los puertos y aeropuertos, porque no habrían barcos ni aviones; las industrias, los hospitales, los restaurantes y la construcción de edificios, escuelas y carreteras, ya no serían posibles.

No tendríamos cómo preservar los alimentos, las neveras no funcionarían por falta de electricidad, y no habría formar de llegar temprano al trabajo, si llegaran a quedar empresas, porque el transporte no existiría ¿de qué están hechos los buses y automóviles sino de recursos extraídos del subsuelo? La verdad es que el cierre o muerte de la actividad minera, como máxima expresión de la irracionalidad ambiental, decretaría de hecho la muerte lenta y segura de la civilización humana, como hoy la conocemos. ¿Con qué se harían las computadoras? ¿Cómo diablos podríamos preservar el teléfono, la radio, la televisión?

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