La responsabilidad de la prensa (3 de 3)

El problema que hace difícil la fijación por la prensa nacional de los límites de su responsabilidad se debe en parte a la incomprensión de la importancia que ella tiene en la preservación del clima de libertad en que ha existido en las últimas décadas en el país. Radica en el éxito de las prácticas que hacen paradójicamente necesarias la responsabilidad de fijar esos límites.

A partir de algún momento, lo que se considera un buen ejercicio de periodismo comprometido con una “verdad” inexistente, ha radicado en desechar el buen uso de las palabras y hacer del ruido un modelo de ejercicio. Es lo que vemos en muchos exitosos programas de radio y televisión. Y como la altisonancia cala bien en muchas audiencias, con el tiempo esa modalidad del periodismo se ha hecho muy popular alcanzando los ratings más altos del espectro radial y televisivo. Ese nuevo modelo, al que han contribuido las redes, acabará por distorsionar el justo y correcto rol de una prensa responsable en todas olas facetas de la vida nacional, en los procesos electorales y, por ende, en la estabilidad social y el fortalecimiento de las instituciones democráticas, incluyendo la propia prensa.

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La responsabilidad de la prensa (2 de 3)

En muchos países, la ausencia o inobservancia de los límites que impone un ejercicio responsable de la libertad, hace que los ciudadanos se muestren dispuestos a renunciar a derechos con tal de preservar niveles aceptables de seguridad. En otra dimensión es lo que ocurrió en Estados Unidos, tras los atentados del 11 de septiembre y lo que luego se vio en Europa ante los efectos de inmigraciones masivas que han pulverizado valores tradicionales de esas sociedades y los logros políticos de la Unión, como la libre circulación, y la desaparición virtual de las fronteras. En Estados Unidos y Europa los ciudadanos han aceptado la pérdida de algunos derechos a cambio de una mayor seguridad y la preservación de tradiciones y valores.

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La responsabilidad de la prensa (1 de 3)

El fallo del Tribunal Constitucional declarando la inconstitucionalidad de varios artículos de la Ley 6132 de noviembre de 1963 sobre Expresión y Difusión del Pensamiento, hace oportuna la discusión del tema de la responsabilidad de la prensa. El Tribunal eliminó el sistema que extiende sobre terceros las acciones de otro, lo cual, a mi juicio, no sólo tiene un efecto trascendente en el ejercicio periodístico, sino también en todo el ámbito de la práctica democrática y el respeto a los derechos ciudadanos.

¿Por qué entonces es tan importante la fijación de los límites de esa responsabilidad, ahora que la decisión del TC libera en cierto modo a los medios de lo que se ha dado en llamar delitos de palabra o de prensa? ¿A quién le corresponde la fijación de esos medios? ¿Es una tarea del Gobierno, de las iglesias o de cualquier otro grupo de la sociedad organizada?

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La necesidad de grandes acuerdos

La situación que encara el país demanda este año un esfuerzo de la comunidad política para alcanzar acuerdos que trasciendan las diferencias que han obstaculizado la aprobación de pactos en áreas fundamentales como la educación, la salud, el medio ambiente y, sobre todo, el transporte público. La complejidad de los desafíos que se perfilan en el horizonte nacional obligan a darle prioridad a esa búsqueda, sin que ello signifique renuncia alguna por parte de la oposición o del gobierno.

Nuestro problema radica en la falsa creencia de que la colaboración da a un gobierno el respiro necesario para sortear las crisis. Todas las administraciones que han ejercido el poder desde el desmembramiento de la tiranía a finales de 1961, las han sufrido. Actuando sobre esa base, hemos perdido tiempo y oportunidades irrecuperables. También ha sido la causa de que lleguemos tarde a las reformas, razón por la que una vez aprobadas se requiera reformarlas. Desde comienzos del presente siglo se discute sin llegar a ninguna parte, la imperiosa e impostergable necesidad de alcanzar acuerdos que ayuden a eliminar las trabas y prejuicios partidistas que arrojamos en el camino, lo que al final siempre nos alejan de la meta que perseguimos.

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Nuestro real enemigo

Aunque la pandemia lo ha cambiado casi todo, vendrá el momento en que la venceremos. Mientras llega ese día, me refiero a las quejas que siempre se escuchan acerca de la situación económica, de que vivimos en crisis. La percepción es evidencia de un pesimismo generalizado en sectores, cuya valoración del quehacer nacional se basa muchas veces en la marcha de sus propios negocios.

En décadas no hemos tenido crisis económica, pues se abrieron nuevas operaciones industriales, el turismo creció y sigue en auge y la actividad comercial se expandió vertiginosamente, con la apertura de gigantescos centros de tamaño incluso superior a sus iguales en los países más desarrollados. Y esa actividad no ha cesado si bien descansa todavía por efecto del covid-19.

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Una visión del año que se fue

El repunte de la economía y la firme recuperación del turismo se apuntan como los dos hechos más sobresalientes del año que recién terminó y, por supuesto, más esperanzadores para el que apenas comienza.

Vale también citar la campaña de vacunación, si bien alrededor de ella hay aspectos que no pueden ser reivindicados como muestras de la transparencia de la que tanto se ufana el gobierno. No se ha informado, por ejemplo, cuántas dosis se adquirieron y a qué precio, informaciones que el país debe conocer ante las especulaciones de que la campaña para una tercera dosis estaría cimentada en la supuesta creencia de que una elevada proporción de esas vacunas estarían cerca de su fecha de expiración.

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¿Qué nos trae el 2022?

¿Qué nos depara el año que apenas comienza? Esa es la pregunta que con justa razón muchos dominicanos se hacen este primer día laboral del 2022 frente a la posibilidad de que la nueva variante de la pandemia y la rivalidad política obstruyan, juntas o por separado, todo el esfuerzo de recuperación económica logrado en un incierto 2021.

Es obvio que más allá del repunte de actividades importantes como el turismo y otras áreas de enorme significado en el ámbito de la economía, hay factores ajenos a la actividad económica que gravitarán sobre la vida nacional con una intensidad que podrían marcar el rumbo de los próximos años. En medio del optimismo, no generalmente compartido, creado por el prometedor crecimiento económico y la impresionante proyección aun mayor que se prevé, la creciente crispación política heredada de la campaña electoral del 2020 arroja todavía muchos interrogantes, con su enorme secuela de incertidumbre.

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La grandeza del perdón

Los lectores de esta columna recuerdan que fui un crítico persistente y duro de José Francisco Peña Gómez, y durante años muchos de ellos me lo echaron en cara y no dudo que aun algunos todavía me lo tengan en cuenta. Sin embargo, al final de su vida nuestras relaciones cambiaron.

Debió ocurrir cuando vi de cerca una faceta de su personalidad que ya conocían sus seguidores. Nunca lo creí el líder que el país necesitaba para ocupar la presidencia, pero el Peña que llegué a tratar era un hombre afable, de buen corazón, incapaz de sentarse a planificar el daño a un tercero. Su problema era la falta de control emocional que tantas veces exhibía, generando intensas pasiones y temores en los círculos de poder. Allí residía la causa de que medio país le temiera tan fuerte como el resto de la nación lo siguiera y amara.

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