Lo que realmente importa

Para la mayoría de los ciudadanos de nuestro país, atribulados por los desencantos y las frustraciones de décadas de miseria e injusticia, lo importante no es quién los gobierne, sino cómo se comportan las personas sobre las que recae esa enorme y grave responsabilidad. En otras palabras, lo que interesa realmente es que los gobiernos trabajen por el bien común, fortalezcan las instituciones, respeten los derechos ciudadanos, protejan las libertades civiles y cuiden el patrimonio público.

Nadie en su sano juicio quiere, por tanto, el fracaso de una administración. El bienestar familiar depende de la marcha del país. Si la economía se cae los dominicanos caen con ella. Si se erosiona el clima de libertad, se cierra el espacio donde se mueven y laboran.

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Los jueces y fiscales de las redes

Las redes han reivindicado el derecho al mal gusto y abierto un enorme espacio a la mediocridad, la que se expresa a diario y a borbotones con la soberbia y el atrevimiento propios de la ignorancia. Gente que se cree, por el hecho de haber abierto un espacio en Twitter, con la autoridad para juzgar las posiciones e ideas de terceros, como si fueran jueces y fiscales. Los Catón del siglo XXI, sin el talento de aquél militar, brillante escritor y político romano que hizo de la censura un muro de defensa de las tradiciones romanas frente a las influencias helenísticas procedentes de Oriente. Entusiastas de su intolerancia e incapaces de convivir con criterios que no sean los suyos, sin estar conscientes del flaco servicio que se prestan a sí mismos.

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¿Estamos preparados para eso?

Hace tres años escribí acerca de la posibilidad de que se nos diera una situación similar a la que han confrontado los Estados Unidos con la enorme caravana de migrantes centroamericanos todavía estacionada del lado opuesto de su frontera después de recorrer dos mil kilómetros, en su intento de penetrar ilegalmente a su territorio. Y aún me pregunto si estamos preparados realmente para encarar esa tragedia humana.

Supongamos que un día miles de haitianos deseosos de huir de la espantosa miseria y la inseguridad física existente en el vecino estado, decidieran una marcha similar y que desde diferentes puntos de ese estéril país se inicie en varios frentes una caravana hacia esta parte de la isla, con el propósito de iniciar aquí una vida que su nación les niega.

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La democracia es un hábito cotidiano

Las democracias no se construyen solamente a base de leyes y constituciones. La democracia impera cuando sus reglas se transforman en hábitos de los ciudadanos. Cuando se hace una costumbre el respeto a las reglas y normas de convivencia y los principios de la Constitución se aceptan como pautas de la vida cotidiana. Funciona a partir del momento en que la población los asume como un estilo de vida.

Vivir en democracia no es tarea que concierna únicamente a los gobiernos. Los ciudadanos juegan un papel preponderante, porque se requiere de su atenta vigilia para hacer posible la dinámica que evite una especie de hibernación, que la condene a un somnoliento letargo. El funcionamiento de una democracia depende, por tanto, de la aceptación por los ciudadanos de los límites del ejercicio de sus derechos, si esto supone la garantía del usufructo de ellos por los demás. No se ejerce por la fuerza ni por la intimidación, por mucho que la sanción sea el freno a las excesos que la devoran. Tampoco es el resultado de acciones y políticas restrictivas, aun cuando muchas veces se hagan necesarias para la preservación del orden y los niveles mínimos de organización que permitan el libre ejercicio de las libertades públicas.

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El Bosch que el país no debe olvidar

El verdadero legado de Bosch no se relaciona con la creación de dos partidos, uno de los cuales, el PRD, él no fundó y cuyo liderazgo alcanzó fortuitamente. Mucho menos con los escasos frutos materiales de su administración de sólo siete meses. Su verdadero aporte a la política fue siempre de carácter moral, a pesar de su carácter irascible y sus insufribles cambios de humor que caracterizaron sus relaciones con la prensa y sus opositores. Pero no fue hasta su retiro virtual, aquejado por los quebrantos propios de la vejez, cuando el grueso de la nación que se le opuso políticamente se lo reconociera.

En mi obra “El golpe de Estado”, se hace el siguiente relato: “En las semanas siguientes al golpe, el Triunvirato hizo ingentes esfuerzos por presentar al efímero régimen de Bosch como corrupto. Fue uno de sus grandes fracasos. La reputación del expresidente era la de un hombre austero, decidido a vivir del producto exclusivo de su trabajo. Las insinuaciones de corrupción encontraron poco eco en la prensa internacional. Muchos diarios del exterior, por el contrario, dedicaron amplios espacios para resaltar la sencillez con que Bosch y su esposa vivían.

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De minería y medio ambiente (2 de 2)

La oposición a la explotación minera fue y sigue siendo más emocional que racional. En varias oportunidades me he referido al consejo dado por el entonces presidente de Ecuador, Rafael Correa, cuando al referirse a la cuestionada actividad minera local, dijo enfáticamente: “No le digan no a la minería”.

Su argumentación tiene innegable valor porque en su gobierno la explotación racional de los recursos del subsuelo, especialmente el petróleo, fue de la más alta prioridad. La apasionada inclinación a rechazar la realidad de la actividad minera, a base de lugares comunes y descalificaciones supone una falta descomunal de conocimiento, y puede congelar nuestro proceso de crecimiento y reducir nuestras posibilidades económicas a renglones sin ningún peso en el comercio internacional.

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De minería y medio ambiente (1 de 2)

A pesar de la oposición ambientalista, sigo creyendo en la necesidad de una explotación racional de nuestros recursos del subsuelo para apoyar los esfuerzos dirigidos a ensanchar la economía y mejorar las expectativas de la población. Obviamente toda explotación de los recursos no renovables debe estar sujeta a una estricta vigilancia del medio ambiente y llevarse a cabo en condiciones contractuales ventajosas.

Cuando planteo el tema, por esta columna y otros medios, las reacciones en mi contra han sido devastadoras, con epítetos que no conocía, algunos me desean la peor de las suertes que la vida le puede deparar a un ser humano. Como el ejercicio independiente del periodismo me ha curado de todas esas cosas, no suelo prestarles atención, a excepción del comentario de una joven de Santiago, según supe de formidable formación profesional en el campo de la ingeniería ambiental, que me escribió diciendo que las mineras habían comprado mi conciencia. Admito que ese tipo de juicio descalificativo, propio de gente carente de criterio es muy común en las redes, pero al venir de una joven de vasto conocimiento en su área, me impactó. Y me impactó porque confirma la terrible enfermedad nacional de rehuir el debate serio de los temas fundamentales para reducirlos a una simple descalificación.

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Por un solo embajador en Roma

Desde la firma de los Pactos de Letrán, entre Pío XI y la dictadura fascista de Benito Mussolini, en febrero de 1929, con los que Italia reconoció la sede papal como Estado independiente, los países occidentales tienen acreditados embajadores ante el palacio del Quirinal, sede de la jefatura del Estado italiano, y el Vaticano. Sólo que muchos de ellos, por razones económicas, utilizan a un solo embajador para llenar las dos funciones. El país, en cambio, se gasta el lujo de tener allí dos representantes, es decir, dos sedes diplomáticas en una misma ciudad, con dos nóminas de personal, dos dotaciones y dos salarios altísimos para sus embajadores.

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