Indefensos frente a la delincuencia

El tema de la defensa de los derechos humanos ha ocupado por años buena parte de la atención de los medios por su importancia capital en la práctica democrática y ese permanente interés ha generado serios cuestionamientos a las políticas oficiales sobre la materia. Buena parte de la preocupación se ha centrado en la protección de los derechos ciudadanos de aquellos que hacen del crimen y de la violencia física una norma de conducta, sin reparar en el daño que causan a los demás ni en la desprotección con que se deja a los más vulnerables, los que frecuentemente son víctimas de la criminalidad en auge.

Por desgracia, la creatividad de los organismos de protección ciudadana no se compara con la facilidad y rapidez con la que las distintas modalidades del crimen organizado han logrado ampararse en los tecnicismos que las leyes ponen a su disposición, colocándolos cada día más lejos del alcance de las sanciones legales y haciendo más difícil y menos eficiente el combate a la criminalidad y la delincuencia. Algunas de las instituciones de la sociedad civil defensoras de los derechos ciudadanos han sido muy activas en defensa de los derechos de los criminales más que en los de sus víctimas y esta realidad es innegable, por mucho que duela y avergüence.

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Al final, los tiranos pagan sus deudas (2 de 2)

Cuando el entonces presidente Balaguer se enteró de que Ramfis había tratado de llevarse el cadáver de Trujillo, ordenó que el cuerpo fuera trasladado a la base área de Barahona, por un patrullero desde la base de Las Calderas en la provincia Peravia, para ser conducido desde allí a la base de San Isidro, donde le esperaba un alquilado jet de Panamerican para devolvérselo a Ramfis.

El oficial a cargo de la misión, realizada dentro del mayor hermetismo, requisó un camión del ingenio repleto de estiércol, lo único que al parecer encontró. El oficial no tuvo más opción que colocar detrás, al descubierto, el ataúd que Ramfis había hecho entrar en otro féretro más grande, para poder clavarlo así en el piso de uno de los salones del yate con el fin de protegerlo de los movimientos de una mar embravecida.

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Al final, los tiranos pagan sus deudas (1 de 2)

Ignoro si los líderes de la generación en el poder y la que va en ascenso, en la política como en los negocios, saben, o les ha interesado saber, que el último paseo del más grande y fiero de los tiranos dominicanos, Rafael Leónidas Trujillo Molina, ya un cadáver, por la geografía nacional, fue en la parte trasera de un camión del ingenio Barahona lleno de estiércol de vaca.

La vida tiene esas ironías y muchas veces suele el destino, o la providencia, quien sea poco importa, cobrarse ciertas deudas que los tiranos dejan pendientes con sus pueblos.

Ramfis, su hijo mayor, había sacado furtivamente el cadáver de la cripta del sótano de la iglesia de San Cristóbal donde Trujillo había sido enterrado, antes de partir al exilio en el buque insignia de la Marina de Guerra y colocado el féretro en otro buque, el yate Angelita, que partió un día después que él, el 17 de noviembre de 1961, no sin que antes cometiera el cobarde genocidio de los Héroes del 30 de Mayo.

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Ante un terrible dilema

Cuando decenas de miles de migrantes centroamericanos alcanzaron la frontera de Estados Unidos con el propósito de ingresar ilegalmente a ese país expresé por este y otros medios mi inquietud ante la posibilidad de que en algún momento pudiéramos vernos ante una situación similar, con decenas, casi cientos de miles de haitianos intentando hacerlo hacia esta parte de la isla. Tal posibilidad, entonces no tan remota, hoy pudiera plantearnos un terrible dilema, como tal vez nunca antes enfrentáramos como nación.

¿Qué hacer si esto llegara a ocurrir? ¿Cómo enfrentaríamos tan dramático cuadro humano? ¿Lo impediríamos a la fuerza, usando las armas de nuestro ejército, o los dejaríamos pasar para estar bien con la comunidad internacional y despojarnos así de las acusaciones de racismo y discriminación que incluso organizaciones y personalidades dominicanas divulgan arrojando sobre la nación el más injusto de los estigmas? Una acusación que ignora el hecho irrebatible de ser la única nación que a un alto costo le brinda a Haití la solidaridad que el resto de las naciones les niega.

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Los bonos del Congreso

El Congreso carece de potestad para gastar su presupuesto en dudosas obras sociales que solo alcanzan a beneficiar a sus miembros. La Constitución es muy clara en cuanto a las funciones que les conciernen a ese poder del Estado. Su competencia es crear las leyes que organicen la vida institucional del país y vigilar las actuaciones del Poder Ejecutivo.

La Carta Magna, que sus miembros aprobaron, condena la práctica de legislar en provecho propio, un concepto de observación obligada. Su violación, la práctica de auto aprobarse bonos por cualquier pretexto no es solamente insano sino sujeto a acciones legales.

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Sin ruido en la discusión

Si los propietarios o conductores de vehículos de lujo, que se suponen con un nivel de educación suficiente para saber la importancia del respeto a las leyes, copan las intersecciones, se suben a las aceras para rebasar y se estacionan indebidamente, cómo esperar que los del concho y las guaguas “voladoras” las observen. Si los dirigentes políticos suben la voz en la discusión de los temas fundamentales en la creencia de que el ruido los hace más creíbles. Si para ellos el “transfuguismo” se reduce a dos razones: idealismo cuando el que se va se inscribe en su partido y traición cuando es uno de los suyos el que se va; si periodistas e intelectuales usan la radio y la televisión sin el menor respeto a las buenas costumbres, creyéndose dueños de la verdad absoluta, entonces tendríamos que convenir que no toda la culpa de nuestros problemas proviene solamente de la fuente del Gobierno.

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El oficio de columnista

Fuera Oscar Wilde o José María Vargas Vila, escribo de memoria, quien dijera que es “más fácil esclavizar el alma de un hombre libre que liberar la de un esclavo”, poco importa para los fines de esta entrega, porque la obligación de redactar una columna diaria puede ser una forma benigna de esclavitud de la que no he podido liberarme por dos o tres semanas para irme de vacaciones.

El oficio de columnista no es tan difícil, pero tampoco fácil como parece, especialmente si se hace a diario, como he venido haciendo desde septiembre de 1978, porque se tocan muchos callos y se corre el riesgo de lastimar a gente a quien se quiere y admira. En los 41 años y cuatro meses como columnista he publicado alrededor de 14,000 artículos, la mayoría de ellos críticos del poder y de denuncias sobre malas actuaciones en el sector público y el único mérito que reclamo por el esfuerzo es el no haber incurrido en un desatino que motivara alguna demanda, como ocurre a menudo en nuestro ambiente político y social contra colegas de más talento.

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En el mundo del más fuerte

La mayoría de los dominicanos vive ajena a lo que ocurre fuera de su entorno, en una especie de mundo irreal y falso, como si fuera necesariamente cierto lo planteado por el genial filósofo irlandés Emund Burke y tanta gente repite sin analizarlo a fondo, que bastaría con que los buenos no hagan nada para que los malos, los perversos, se salgan con la suya. Lo cierto es que este mundo no es de aquellos que tratan de ceñirse a las reglas y las normas que la sociedad se traza para organizar la vida en comunidad y lograr de esta forma que las leyes se cumplan y se pueda coexistir con un nivel mínimo de respeto a los derechos que a todos nos corresponden, por el simple hecho, si se quiere, de haber nacido.

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