Nuestro enorme desequilibrio social

Viajar a la zona fronteriza en vehículo propio cuesta menos de 200 pesos por carreteras construidas con cientos de millones de dólares del presupuesto. Este pudiera ser el único país en el que se paga una sola vez por el paso dos veces por un mismo peaje y según estadísticas oficiales el 52% del parque vehicular lo forman motores de dos ruedas que no pagan el derecho de tránsito por carreteras. Alrededor del 63% de los ingresos fiscales provienen del consumo, lo cual significa que la mayor parte del financiamiento del Estado recae sobre la clase media y los grupos de menores ingresos. Además, las exenciones fiscales a los sectores más favorecidos equivalen entre el siete y el ocho por ciento del PIB, suma que supera los 250 mil millones de pesos, un monto cercano a la quinta parte del presupuesto nacional.

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Los aspirantes a la presidencia

Al observar el panorama preelectoral y el tono de la discusión en las redes, me pregunto, sin encontrar respuesta, si los aspirantes a la presidencia ignoran o saben lo que les espera si llegaran a conseguirla. Tendrían que lidiar con desafíos para los que no están probablemente preparados emocionalmente, incluso aquellos que ya ejercieron el cargo.

El presidente Luis Abinader y el expresidente Danilo Medina saben a lo que me refiero. Hasta la actual administración no existían normas de control para el manejo de los recursos públicos, por lo menos en la cantidad y con el rigor de los establecidos en el presente mandato. Los gobernantes anteriores jamás imaginaron lo que sería tratar con las redes. Ya no existen los contratos de grado a grado y quienes evaden la restricción se exponen a verse ante la Justicia. Esa es una realidad, a despecho de que la Justicia no funcione y los controles se pasen por alto.

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Al rescate del sarcasmo en el debate

¿Qué sería del debate nacional, ya aburrido y gris, si por prejuicios de la era moderna nos viéramos obligados a renunciar al sarcasmo y la ironía en la discusión de los problemas nacionales?

Lo primero es que esa discusión carecería de sentido, por su falta de contenido y elegancia. Y lo segundo, peor aun, sería la imposibilidad de una discusión pareja en el ámbito mediático. Vayamos al grano. Supongamos que las elecciones se limitaran a la confrontación de dos candidatos, uno de los cuales fuera una mujer. ¿Qué sucedería, fuera cierto o no, si el varón dijera públicamente que su oponente, la mujer, es incompetente, desconocedora de la realidad, e ignorante de los asuntos de Estado, sin capacidad alguna para manejar la crisis por la que atraviesa la nación?, un discurso típico en la política dominicana. ¿Cómo lo tratarían los medios? ¿Y cuál sería el caso si ese mismo tono viniera de la candidata contra su oponente? ¿Tendría el beneficio de criticarle a su contrario lo que él no pudiera usar contra ella?

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La ocupación a través del vientre haitiano

El Gobierno ha claudicado ante las presiones internacionales para hacerse cargo de la situación haitiana. El reiterativo discurso presidencial en sentido contrario, no es más que una estratagema para ocultar una realidad imposible ya de ocultar.

De hecho, existen en comunidades fronterizas lo que pudieran llamarse campamentos de refugiados con otro nombre. Campamentos ideados para albergar a más de medio millón de haitianos en la eventualidad de que la crisis haitianas alcanzara, como parece ya obvio, dimensiones incontrolables, diseñados en el proyecto sobre trata y migrantes que el presidente Luis Abinader envió y luego retiro temporalmente del Congreso, pendiente todavía sobre el ambiente.

En el siglo XIX los dominicanos tuvieron con el invasor haitiano 16 años de sangrientas guerras, en cuatro campañas militares desde marzo de 1844 hasta enero de 1856, pero la amenaza seguía latente al punto de mover a un grupo de traidores a anexar la República a España, ante el temor que entonces todavía Haití representaba.

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La más peligrosa campaña contra RD

Activistas haitianos, con el apoyo de grupos y ONG locales, patrocinadas por organismos internacionales, están promoviendo la tesis de que la República Dominicana formó parte en el pasado de la República de Haití, que el territorio nuestro les fue usurpado y que por tanto legalmente le pertenece a esa nación con la que compartimos la isla.

La afirmación, propalada verbal y en folletos impresos en el país, ha sido impulsada incluso en charlas impartidas en escuelas primarias con el consentimiento de profesores y directores dominicanos y, aparentemente también, por el Ministerio de Educación. Toda esa campaña, sin base histórica, ha sido emprendida con el propósito de ir sembrando en la mente nacional y en los dominicanos del futuro, la idea falsa de que el país debe ser parte de Haití y que el rechazo a la inmigración ilegal descontrolada no es más que una expresión del racismo que supuestamente nos caracteriza por esa causa.

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Un grito por la escuela

Como ninguna otra, la vieja y deprimente escena puesta a rodar en las redes de dos muchachas peleándose presuntamente por un novio en un recinto escolar, ante la presencia entusiasta de decenas de sus compañeros sin que ninguno intentara separarlas y sin un supervisor o profesor que impusiera el orden, proyecta la imagen real de la escuela que estamos obligados a cambiar. En mis años de escolaridad una situación como esa era improbable. Y la diferencia estriba en el concepto prevaleciente respecto al rol del docente.

Lo que pasa dentro de un recinto escolar es responsabilidad de los maestros, no del Ministerio de Educación. Y evidentemente el deplorable nivel académico que se observa en la escuela tiene relación directa con el deterioro de la calidad del magisterio que el país ha estado observando desde hace décadas. Antes teníamos maestros, que fuimos cambiando por profesores que finalmente se convirtieron en gremialistas, dispuestos siempre a detener el año escolar y paralizar la docencia por demandas laborales.

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A soñar, que nada cuesta

La sociedad civil, la verdadera, no la que usurpa el título, entiende cuán injusto sería cargar sobre la población y no sobre los responsables, el peso del enorme déficit producto del gasto excesivo e irresponsable de la administración anterior y de la actual. Y como los congresistas se resisten a renunciar a sus irritantes privilegios, asignados supuestamente para cumplir obligaciones sociales con sus electores, lo cual no encaja en el rol de un legislador, se le haría difícil al Gobierno convencer a la gente de la necesidad de nuevos impuestos sin ofrecer señales convincentes de reducción en el gasto público.

Como la Presidencia, por respeto a la independencia de los poderes, no podría reducir administrativamente los salarios de los legisladores y eliminar sus canonjías, bien podría apelar a sus sentimientos patrióticos, si existieran, para persuadirlos a renunciar voluntariamente a sus “barrilitos”, con el compromiso de resarcirlos incluyendo a los beneficiarios indirectos de la ayuda legislativa en sus programas de ayuda social.

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Un escenario para grandes obras

Es importante promover la presentación de grandes obras en el Teatro Nacional. Para eso fue construido. La última gran velada, hace años, fue un ciclo de tres presentaciones de La Bohemia, una ópera en cuatro actos de Giacomo Puccini, con libreto en italiano de Luigio Illica y Giuseppe Giacosa. La obra está inspirada en una novela sobre las experiencias de jóvenes bohemios del barrio latino de París a mediados del siglo XIX, y se centra en la relación sentimental entre Rodolfo (tenor lírico spinto) y Mimí (soprano lírica), y que concluye dramáticamente con su muerte por efecto de la tuberculosis, lo que hace llorar desconsoladamente a su amante quien grita desesperado su nombre (¡Mimí…! ¡Mimí…!), en un estremecedor final.

Desde su primera presentación en 1896, en Turín, bajo la dirección del joven Arturo Toscanini, La Bohemia ha sido una de las óperas más populares, figuró durante años como una de las favoritas de productores y cantantes, a pesar de que inicialmente no fue bien acogida por la crítica. Se la considera como una de las obras más representativas del compositor, cuyo legado incluye un extenso repertorio en el que figuran algunas de las más famosas como Tosca, Madame Butterfly, Turandot, que dejó inconclusa al morir, Gianni Schichi, cuya aria para soprano “O mío babbino caro” es una de las más conocidas y hermosas, Manon Lescaut y La fanciulla del west, famosa sobre todo por el aria para tenor Ch’ella mi creda, de extraordinaria belleza y lirismo.

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