Lecturas imprescindibles

Debido a la diversidad de conflictos entre las naciones y la posibilidad, nunca remota de que la irracionalidad humana conduzca a nuevos holocaustos y al laberinto de una conflagración mundial con el uso primario de armas atómicas, el conocimiento de la historia puede ser un auxiliar o consuelo a la desolación y al miedo.

Los políticos dominicanos, muy dados a la polémica, nada perderían nutriéndose de algunas lecturas que ayudan a entender el proceso mental que lleva a los líderes de las grandes potencias a tomar decisiones que cambian la realidad y casi siempre ensombrecen el futuro de la humanidad. Dado el giro actual del conflicto en distintas zonas del planeta, con ideologías que intentan despertar de sus tumbas, recomiendo el estudio del norteamericano Richard Pipes titulado “Historia del comunismo”, un examen riguroso de la historia de la extinta Unión Soviética, desde la revolución de 1917. En esta obra imprescindible, se describen los oscuros períodos conocidos como el Gran Terror y la colectivización, que costaron más de 20 millones de vidas. Analiza también la Segunda Guerra Mundial, para terminar con el estrepitoso declive del régimen y su caída definitiva, que puso fin a la llamada guerra fría.

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El mundo que no conocemos

Si algo he aprendido en mis años de ejercicio periodístico es a reconocer que la realidad sobre la que escribo no puedo hallarla siempre en los escritorios de una oficina como la mía, sino en el corazón de las comunidades que la padecen. A mediados de julio del 2014, asistí a los actos de inauguración de 25 planteles escolares construidos en las provincias más lejanas del sur, encabezados por el presidente Danilo Medina, el último de los cuales se realizó en Barahona, ciudad donde nací.

El moderador dijo que era un invitado. Para ser honesto, me autoinvité. Quería ver y escuchar el significado que la inauguración de una escuela tiene para una comunidad pobre, donde no hay mucho que hacer y los jóvenes no alcanzan a ver futuro alguno.

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La realidad dominicana

Con el perdón de los actores en el marco de las bizantinas discusiones relacionadas con los ingresos en los empleos formales e informales, me permito algunas reflexiones. Las conquistas, débiles todavía, en el marco político tras varias décadas de ensayo democrático superan a las obtenidas en el plano de la distribución del ingreso. Y esto no debe ser motivo de orgullo porque estamos muy lejos de haber alcanzado un nivel de institucionalidad que garantice un total respeto de los derechos políticos de los ciudadanos.

Probablemente la caída de los mercados internacionales de los productos básicos de exportación y otros factores ajenos a la voluntad nacional, como el alza del petróleo, hayan entorpecido el avance hacia un equilibrio más o menos aceptable en la escala social. Pero tal vez por eso mismo se impone un esfuerzo que haga posible el ideal de reducir las enormes e inquietantes brechas sociales existentes que no hacen de nuestro país una sociedad justa desde el punto de vista de los valores cristianos que inspiraron la creación de la República.

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El exquisito mundo de Eduardo Villanueva

En la exasperante espera del día de las elecciones, revisando archivos recuperé una columna sobre “Los puritanos” de Bellini, que motivó un generoso comentario de Eduardo Villanueva, uno de los más cultos músicos que jamás haya tratado y cuya labor en la promoción del género musical clásico ha contribuido a mejorar el gusto por la buena música y a entenderla.

Eduardo relacionó mi breve escrito con los 15 años de la muerte de Alfredo Kraus, el legendario intérprete de esa ópera, que muy pocos tenores se arriesgan todavía a incluir en sus repertorios, y cuya partitura llegó a calificar de “inhumana”. Con su habitual agudeza, me dice que “Los puritanos” era un Monte Everest que después de Kraus “nadie se atrevería a remontar con éxito”, pero que ahora, gracias a dos tenores, el español Celso Albelo y el afroamericano Lawrence Brownlee, “se ha vuelto un llano”.

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La deuda haitiana con Haití

Los afanes nacionales por propiciar la ayuda internacional para socorrer a Haití, son absolutamente comprensibles. Solo que se necesitará mucho más allá de la caridad internacional, para estabilizar a ese país y enderezarlo por el camino de la solución de sus problemas ancestrales.

Además, es obvio que por más ayuda que reciba, no será suficiente para sanear su economía y permitirle encaminarse hacia la lenta solución de sus graves dificultades sociales y económicas, generadoras de una inestabilidad política que compromete no solo su seguridad sino la nuestra y, por ende, la paz regional.

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El triunfo impone rejuvenecer el “cambio”

Si alguien me preguntara sobre la prioridad del presidente Luis Abinader tras su amplia y contundente victoria electoral, no vacilaría en responder: rejuvenecer el Gobierno. La razón es simple. Sin importar que la balanza en términos de popularidad se incline a su favor, refrescar la cara de un gobierno próximo a iniciar su quinto año ayudaría a despejar cualquier duda sobre el deseo de transformación y cambio prometido al país.

Para muchos de sus seguidores y colaboradores, mi percepción tendría el carácter de una crítica o censura. Pero está simplemente cimentada en la experiencia observada durante los largos años de mandatos de Joaquín Balaguer. Durante ese largo periodo, el líder reformista solía encarar las dificultades nacidas de escándalos o negligencias oficiales, rotando o cambiando la composición en aquellas áreas objetos de la ira o el descontento público.

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El triunfo de la reelección

El contundente triunfo de la reelección en los comicios del domingo le da al presidente Luis Abinader el espacio político suficiente para llevar a cabo sus promesas electorales sin escollo alguno.

Su control y dominio absoluto del Congreso le facilitará la tarea de impulsar cuantas reformas desee, incluso una fiscal, por tiempo postergada, de alcance y propósitos desconocidos, cuyo objetivo y dimensión se desconocen. En ese esfuerzo, no se anticipan contratiempos a excepción de aquellos generados en los sectores que pudieran resultar los más afectados por la iniciativa.

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La infuncionalidad de las instituciones

En nuestro país las instituciones no funcionan y sólo existe un poder real, el Ejecutivo, al cual he repetido en este espacio hasta el cansancio se subordinan los demás, por innumerables razones, el miedo entre ellas.

Pero las decisiones personales pueden reemplazar esa ausencia en momentos de crisis. Tras la renuncia forzosa de Charles de Gaulle, en enero de 1946, meses después de finalizada la segunda guerra mundial, la prensa francesa ironizó la autoridad de quienes inmediatamente le sucedieron señalando que se trataba de hombres “de buena voluntad, no de voluntad”. En el caso de aquellos que dirigen muchas de las más importantes instituciones nacionales la frase tiene una aplicación entre nosotros tan extraordinaria como innegable.

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