El país donde todo se puede

A nadie sorprenden ya los excesos en que incurren los funcionarios, en el Gobierno central como en otros poderes del Estado, porque no existe contrapeso alguno. Por ende, no hay temor a las consecuencias, simplemente porque no hay poder que los obligue a pagar el precio. Por eso, los diputados se autoaprueban millones de pesos para poder entregarles supuestamente a sus seguidores las tradicionales “habichuelas con dulce” del Viernes Santo y un ministro se gasta del presupuesto de su cartera una suma escandalosamente grande para darse el lujo de entregar una réplica de su departamento en la Feria del Libro, evento que perdió hace años la esencia por el que fue creado.

Leer más de esta entrada

Una tarea conjunta, no la voluntad presidencial

Ningún país ha sentado las bases firmes del desarrollo sin una participación activa y decidida de sus sectores productivos. Sus opiniones son de indiscutible valor para la formulación de las políticas económicas y para la toma de decisiones.

Son muchos los desafíos y más las dificultades a las que tendremos que hacer frente como nación en lo inmediato y en el futuro cercano. Un conjunto de factores externos, ajenos a nuestros deseos y voluntades y problemas por todos conocidos en la economía nacional, harán necesarias medidas y políticas dirigidas a aumentar los niveles de productividad, y eliminar así el exceso de burocratismo que afecta el clima de libertad de empresa. Ese parece el camino más corto, seguro y sobre todo menos costoso, para enfrentar los vientos que en situaciones de incertidumbre en el ámbito internacional pudieran amenazar nuestra estabilidad económica.

Leer más de esta entrada

Un tema permanente de agenda nacional

Apesar de los años transcurridos, recuerdo que un ministro brasileño se vio precisado a renunciar en el 2011 después de que un diario de Sao Paulo informó que su esposa usaba como “chofer particular” a una persona pagada por el Parlamento y días más tarde se publicó la renuncia de un legislador puertorriqueño incapaz de probar de dónde sacó el dinero para comprarse un automóvil de lujo. Estos dos hechos bastarían para derrumbar los infelices argumentos con los cuales se ha justificado por años entre nosotros la ausencia de acción para combatir la corrupción, a despecho de las múltiples y espantosas denuncias publicadas casi a diario en los medios.

Leer más de esta entrada

Los tabúes ideológicos

Hablar de enajenación del patrimonio público en el caso de la privatización de las empresas públicas pudiera ser un bonito lema político en tiempos de campaña, ya superado. Pero definitivamente esa clase de retórica carece ya de lugar en el ámbito de la moderna economía e incluso en la discusión de los temas fundamentales en las relaciones entre los estados.

Francois Mitterrand, a pesar de su muy “avanzado” y radical proyecto común con el partido comunista francés en los tiempos en que era candidato presidencial, fue después quien impulsó el traspaso de ciertas empresas y actividades públicas a la esfera privada, con excelentes resultados para los franceses. Fue otro socialista, Felipe González, quien en España libró a sus compatriotas de la tiranía derivada del control estatal de empresas de servicio público. Y fue un socialista más, el presidente Lagos, en Chile, quien promovió un tratado de libre comercio con Estados Unidos, que ha dado a ese país oportunidades que parecían imposibles antes del acuerdo.

Leer más de esta entrada

La realidad fuera de toda duda

Las autoridades han mostrado cifras para ilustrar sus argumentos sobre la recuperación nacional. La economía, dicen, creció y ello es evidencia de cambios sustanciales. Los números se dice, están avalados por organismos internacionales.

De manera que el resto del año y el próximo, afirma el Gobierno, la situación ofrecerá nuevas oportunidades de progreso y bienestar. El caso es que el crecimiento por sí sólo no significa mucho, si bien es cierto que sin él no puede haber mejoría alguna.

Leer más de esta entrada

La moderación, nuestra gran ausente

El problema real del país no se relaciona tan sólo con la economía. Se refiere más bien a la actitud a asumir como nación ante los retos del porvenir y los conflictos futuros. La obligación consiste en evitar a toda costa que las posiciones extremas secuestren el debate de los temas trascendentales. La manera irresponsable con que esos asuntos se ventilan a nivel de algunos medios de comunicación electrónicos y en las redes conduce a un laberinto del que resultaría muy difícil salir, si el país se deja arrastrar sin oponer resistencia alguna.

En los períodos difíciles, los ánimos suelen exacerbarse. Las pasiones anulan toda posibilidad de análisis objetivo sobre la realidad existente. El peligro es obvio. En situaciones tales las posiciones radicales se imponen y la moderación no encuentra espacio para expresarse. Con inusitada frecuencia vivimos en el país esas experiencias. Pero ahora que los desafíos parecen elevarse por encima de nuestras posibilidades, la moderación debe imponerse a fin de impedir que las aguas desbordadas inunden la discusión y ahoguen las oportunidades que el futuro nos depara. Entiendo que es muy fácil caer en la tentación de la superficialidad, pues esta no demanda esfuerzo alguno. Sin embargo, sus consecuencias son funestas.

Leer más de esta entrada

Un reto inaplazable

Una cosa es innegable. Los problemas son demasiado evidentes y grandes como para que no hayan podido ser identificados. Todo el mundo habla de ellos. A diario escuchamos a los dirigentes políticos sugerir fórmulas para resolverlos. Sorprenden los grados de identificación visibles en los discursos y propuestas políticas de los partidos. Y asombra la dificultad que encuentran para ponerse de acuerdo en aquellos puntos en que no guardan diferencias.

Tampoco consiste la crisis que padecemos en la falta de recursos para enfrentarla, si bien es preciso reconocer que ellos no son siempre los necesarios. Todo el mundo sabe de las prioridades. La esencia no reside en este punto.

Leer más de esta entrada

La realidad tercermundista

La insuficiencia de recursos para acometer las tareas del desarrollo fomenta un enorme escepticismo popular. Las esperanzas se marchitan y las expectativas que han sustanciado el ejercicio democrático en una extensa parte del mundo languidecen. Es evidente que en la medida en que se acentúa la crisis económica y disminuyen las posibilidades de ensanchar el porvenir social y económico, decrecen la confianza y el interés de millones de seres humanos en la defensa de los valores básicos y fundamentales de nuestro sistema de vida político.

Leer más de esta entrada