De la ingratitud y la soledad del poder

En sus memorias, De Gaulle escribió: “La soledad que era mi tentación, se convirtió en mi amiga”. A qué más podía aspirar quien estuvo siempre tan cerca de la gloria”.

A Balaguer, la soledad le fue igual. En ella extrajo las fuerzas que le mantuvieron en el poder y próximo a él hasta el mismo día de su muerte. No las fuerzas de las armas ni las derivadas del ejercicio del poder, sino las interiores, las que tanto al uno como al otro, guardando las diferencias, lograban levantar cuando todo parecía derrumbarse a su alrededor.

En la tradición política dominicana la soledad proviene del alejamiento del poder; cuando las candilejas desaparecen de su entorno y el sucesor ausculta en sus pecados. Es en ese escenario, desde y a partir del cual muchos partidarios y colaboradores se alejan de su vecindad y comienzan a admitir que no todo marchaba bien y que aquello que defendieron con las uñas desde cargos públicos importantes, incluso de la mayor confiabilidad, de pronto advierten que estaban equivocados acercándose a la acera opuesta.

Lo sufrieron los que fueron, los que después estuvieron, los que acaban de irse y, en su momento, inevitablemente sucederá igual con los que están. Es la trágica historia de la ingratitud humana.(Reproducido con autorización del autor. Publicado en elCaribe)

El COVID y otras prioridades de salud

SANTO DOMINGO.- Es entendible que gran parte de la atención en el campo de la salud pública se centre en la lucha contra la pandemia, pero sería un costoso error dedicar todo el esfuerzo en esa sola dirección porque más gente ha muerto de otras enfermedades en el país que las que se ha llevado el COVID-19 desde marzo del 2020.

Las grandes alzas experimentadas en los artículos de primera necesidad que componen la canasta familiar, son, sin embargo, muy inferiores a los incrementos de precios registrados en los medicamentos para la diabetes, las enfermedades coronarias y otras dolencias que a diario matan más dominicanos que el propio virus. Por ejemplo, las medicinas de mayor demanda para el tratamiento de las dos primeras alcanzan entre un 75 y un 100%, por lo que un paciente diabético e hipertenso pudiera estar gastando entre 20 y 25 mil pesos mensuales solo para evitar que su caso se agrave.

Es importante pues que las autoridades de salud presten mayor atención a esas y otras enfermedades que figuran entre las principales causas de muerte en nuestro país, muy especialmente entre las personas de avanzada edad, que están siendo vacunadas con la primera dosis contra el virus, sin la certeza de cuándo se estará listo para la segunda dosis que se dice necesaria para la inmunización contra el COVID-19. No se olviden las autoridades que una eventual y no deseada falta de vacunas no se le atribuiría solo al Gobierno, pero sí en cambio podría tener que cargar con el peso de medicamentos y alimentos que escapen al poder de adquisición de la mayoría del pueblo dominicano.

Difícilmente multitudes salgan a protestar por defectos en el programa de vacunación, pero el alza en los precios de medicinas y alimentos, puede generar graves problemas de orden público. De manera que el alza de precios en esos renglones amerita tanta atención como las que se le presta a la pandemia.

¡Muera la minería!

En una entrevista radial un profesor universitario casi gritó: ¡Muera la minería! La expresión me golpeó con la fuerza de un huracán y me pregunté qué pasaría si el creciente fundamentalismo ambiental se impusiera en todo el mundo y los gobiernos decidieran acabar con la explotación de los recursos naturales para enfrentar los efectos del deterioro del medio ambiente y el calentamiento global del planeta. No es difícil imaginarlo. Sin petróleo, gas natural, zinc, oro, plata, aluminio, cobre, ferroníquel, mercurio y los demás minerales, al cabo de muy poco tiempo, tendríamos que cerrar los puertos y aeropuertos, porque no habrían barcos ni aviones; las industrias, los hospitales, los restaurantes y la construcción de edificios, escuelas y carreteras, ya no serían posibles.

No tendríamos cómo preservar los alimentos, las neveras no funcionarían por falta de electricidad, y no habría formar de llegar temprano al trabajo, si llegaran a quedar empresas, porque el transporte no existiría ¿de qué están hechos los buses y automóviles sino de recursos extraídos del subsuelo? La verdad es que el cierre o muerte de la actividad minera, como máxima expresión de la irracionalidad ambiental, decretaría de hecho la muerte lenta y segura de la civilización humana, como hoy la conocemos. ¿Con qué se harían las computadoras? ¿Cómo diablos podríamos preservar el teléfono, la radio, la televisión?

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Cómo ganar audiencia en los medios

Si hay algo a lo que finalmente nos hemos acostumbrado es a escuchar sin sonrojarnos cualquier vulgaridad en la radio y la televisión. Y la falta de indignación ante ese atropello al buen gusto se asemeja a la que observamos frente a la basura en nuestras calles y plazas. Ya no nos ofenden los gritos vulgares en los medios, como tampoco los montones de basura que se apilan frente a los hogares. Esa falta de respeto al buen sentido se ha extendido incluso ante los símbolos patrios y a la memoria del patricio Juan Pablo Duarte. Recuerdo como no hubo reacción contra el medio cuando un popular comentarista de la radio llamara a Duarte, “cobarde, “depresivo homosexual, histérico y canalla, carente de carácter y cojones”.

No fue la primera vez que esa clase de abusos verbales se escucharon por la radio, ni será la última, y muchos conductores de programas, que ahora se hacen llamar “comunicadores”, se han hecho populares ganando altos niveles de audiencia, a base de este lenguaje fuera de tono e irrespetuoso, sin que ninguna institución, y ni decir de las direcciones de las emisoras donde se emiten, se haya molestado en pedirles perdón al público y excusarse ante la nación.

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Un octavo pecado capital

Tomás de Aquino definió los pecados capitales como aquellos vicios “a los que la naturaleza humana está principalmente inclinada”. De acuerdo con la literatura católica son siete: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. Se le llaman capitales no tanto en razón de su gravedad, sino porque cualquiera de ellos puede originar otros males o pecados condenados por la moral cristiana. Cuentan que una vez se dio a elegir a un príncipe de la Iglesia entre los siete y escogió el segundo, la gula, caracterizada por la glotonería, el excesivo consumo de comida y alcohol, creyendo que era el menor. Así tentando al demonio asociado, Belcebú, se emborrachó y cometió los otros seis.

En el Catecismo se reconocen siete virtudes, antítesis de los pecados, como son la humildad, generosidad, castidad, paciencia, templanza, caridad y diligencia. La enumeración de unos y otros nos revelan muchas veces las causas del deterioro de la política dominicana, en los que resulta fácil observar la comisión cotidiana de los siete capitales con una ausencia casi absoluta de sus virtudes, por más misas a las que asistan los 21 de enero y los 24 de septiembre.

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Lectura sabatina

Melómanos y expertos se han dedicado a la tarea de clasificar las mejores composiciones o fragmentos de obras clásicas, difícil esfuerzo que origina a menudo controversias. Las siguientes han sido consideradas entre las más bellas jamás escritas:
Adagio para cuerdas (Adagio for the stings), del estadounidense Samuel Barber; Jesu joy of man’s desiring (Jesús, alegría de los hombres), de Juan Sebastián Bach; el décimo movimiento de la cantata Herz mund und tat und leben, que suele interpretarse en ceremonias de bodas, con un tempo lento, en contraposición con lo escrito por el autor en la partitura original. Canon, de Johann Pachelbel, composición barroca en Re mayor para tres violines y bajo, a lo que con el tiempo se le han hecho arreglos para otros instrumentos.

Barcarolle, de la ópera Los cuentos de Hoffmann, de Jacques Offenbach, inspirada en la canción folclórica (Barcarola) de los gondoleros de Venecia. Es la obra musical escrita en ese estilo más famosa y que se interpreta tanto como la de Frederic Chopin.

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Distintos modelos de comunicación

A diferencia de la frecuencia con que le habla al país el presidente Luis Abinader, su antecesor, Danilo Medina, solía resguardarse y reservaba cuanto quería comunicar a las rendiciones obligadas de cuentas establecidas en la Constitución para cada 27 de febrero, aniversario de la Independencia. Sus declaraciones se limitaban a escuetas declaraciones en cada visita sorpresa o no previamente anunciada a comunidades del interior, en las que no abordaba asuntos de debate público sino temas muy concretos vinculados al objetivo de cada encuentro. Tampoco solía ofrecer rueda formal de prensa ni se reunía frecuentemente con los medios. Sus contactos esporádicos con periodistas fueron excluyentes y de acceso restringido.

Ese modelo de comunicación le dio sus frutos y fue la norma en toda su administración de ocho años. Esa comunicación del silencio puede ser muy efectiva, si se la sabe administrar, como puede ser muy negativa la saturada presencia de un mandatario en los medios, que termina restándole interés a la palabra presidencial. Un tercer modelo de comunicación debe propiciar un diálogo diáfano y transparente.

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Los medios y el pesimismo

Hay una considerable dosis de contribución de los medios al creciente pesimismo que se observa en amplios sectores de la sociedad, cuando se escucha constantemente decir que el país “está jodido”, “se jodió” o va a “joderse”. El problema radica en que el estado de ánimo resultante podría hacer que en situaciones muy adversas el mal augurio se cumpla, porque el derrotismo pulveriza las fuerzas con las que es posible y absolutamente necesario hacer que una nación se mantenga en pie o se levante cuando las rodillas le flaquean.

Cuanto se escucha en la radio o se ve la televisión, especialmente en las mañanas e incluso en el espacio en que participo, es carga demasiado abrumadora, para gente que vive saltando de un problema a otro. Con ese legado diario, hay que ser en extremo optimista para ir al trabajo con deseos, o de confiar que el porvenir nos reserve cosas buenas. Al pasar balance de lo que se escucha o ve, tiendo a preguntarme muchas veces si no hay nada positivo que valga la pena resaltar, si los aportes de quienes trabajan desde sus hogares, más ahora con la pandemia, los centros laborales y las oficinas públicas, para tratar de hacer lo mejor para el país carecen de valor noticioso, o simplemente tienen menor impacto en las mediciones de audiencia que un caso de difteria en la frontera o un ahogado a causa de las lluvias, convertidos frecuentemente en insumos de dramas mediáticos cotidianos.

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