Inaceptable pretensión de los transgéneros

A propósito de la discusión acerca del derecho que exigen los llamados transgéneros de usar los baños de mujeres en los lugares públicos, la historia registra un incidente muy engorroso sobre el nombre de un diplomático griego y su tradición al persa que provocó el rompimiento de relaciones con Irán, durante la monarquía de Rezha el Grande, el primero de la dinastía Pahlevi, en los años veinte del siglo pasado.

El monarca persa, según sus biógrafos, era un hombre muy irascible, capaz de defenestrar incluso a sus propios ministros, como fue el caso de aquel a quien llamó directamente la atención y al no pedir este perdón, protestar y tratar de defenderse, lo asió con sus fuertes y gigantescas manos por la solapa, lo empujó hacia una ventana y lo lanzó al vacío. En otra ocasión mató a patadas a otro de sus ministros.

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El oscuro panorama escolar

Los videos que hemos visto de un tiempo a esta parte de riñas entre escolares en los planteles, obligan a una reflexión sobre el curso que ha tomado el sistema educativo dominicano. Me refiero principalmente a la enseñanza pública, si bien la privada no está exenta de esos vicios. En mis años de escolaridad situaciones como esas eran improbables. Y la diferencia estriba, indudablemente, en el concepto prevaleciente respecto al rol del docente.

Lo que pasa dentro de un recinto escolar es responsabilidad de los maestros, no tan solo del Ministerio de Educación. Y evidentemente el deplorable nivel académico que se observa en la escuela tiene relación directa con el deterioro de la calidad del magisterio que el país ha estado observando desde hace décadas.
Antes teníamos maestros, que fuimos cambiando por profesores que finalmente se convirtieron en gremialistas, dispuestos siempre a detener el año escolar y paralizar la docencia por demandas laborables.

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Una práctica tan popular como el béisbol

En el país sigue creciendo un deporte que es ya tan popular como el béisbol: el uso de los medios para acusar olímpicamente de ladrón o corrupto a políticos, empresarios e incluso a periodistas, sin prueba alguna. La práctica se hace más extensiva cada día y parece encaminada a convertirse en un modelo exitoso de periodismo; el que la descomposición social que sufre el país necesita, dirían sus defensores.

Es cierto que en el país hay todavía mucha corrupción pero esta no es cosa nueva en la historia nacional. Como también es verdad que la protección legal que la protege es parte del quehacer político y empresarial desde la misma fundación de la República.
Es importante para la salud de la nación que la sociedad se empodere y presione a favor de acciones severas contra ese terrible flagelo. Lo que no es cierto es que todos los funcionarios, políticos y empresarios sean ladrones y corruptos. Y no establecer la diferencia cuando se aborda el tema de la corrupción es una terrible injusticia contra todos aquellos que ejercen con dignidad una función pública o un negocio legítimo.

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La clave del futuro

La pregunta clave del debate sobre el futuro debería ser: “¿A qué país queremos parecernos?”, valiéndonos de una referencia al libro de Lewis Carroll, “Alicia en el país de las maravillas”. En la obra, cuando Alicia se encuentra con el Gato de Cheshire mantiene la siguiente conversación:

“¿Me podéis indicar hacia dónde debo ir?”, le pregunta al gato. “Depende de adonde quieras llegar”, le responde. “A mí no me importa demasiado”. “En ese caso”, le dice el gato, “da igual a donde vayas”. “Siempre que llegue a alguna parte”, le dice Alicia, a lo cual dice el gato: “¡Oh!, siempre llegarás a alguna parte si caminas lo bastante”.

Al final si no se sabe a dónde se va, poco importa el camino, trátese de un individuo, una empresa o una nación. El mensaje no puede ser más claro si podemos entender la moraleja aunque no podemos estar seguros de que buena parte de aquellos a quien les toca decidir leyeron en sus años de estudiante esa hermosa historia contenida en un clásico de la literatura universal. Nada más cierto, el país debe decidir hacia dónde quiere ir. A quién parecerse, si a nuestro entorno geográfico más cercano o los países más exitosos; aquellos que han alcanzado un nivel alto de desarrollo y prosperidad para sus pueblos.

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Inversiones por la paz

Las críticas a la ayuda humanitaria de gobiernos dominicanos a Haití en situaciones especiales, como en el terremoto del 2010 y tragedias posteriores, me parecen irracionales. No tienen otra sustentación que no sea el deseo de alejar toda posibilidad de entendimiento con un país sin dirección política, una economía en total bancarrota y una población hambrienta y desesperada sin más opción que la ruta que los trae hacia este lado de la frontera. Hay asuntos que no pueden evaluarse con anteojeras y las iniciativas a favor de haitianos, en la coyuntura actual, es una sólida inversión por la paz dominicana.

Se alega que esa asistencia humanitaria a extranjeros no se da a los nacionales que también la necesitan. La apreciación es injusta, porque en circunstancias de emergencia la acción de auxilio oficial llega siempre a las zonas afectadas en mayor proporción casi al unísono de los vientos y lluvias huracanados, como han testimoniado los medios, incluso algunos de marcada tendencia crítica.

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La clave del futuro

La pregunta clave del debate sobre el futuro debería ser: “¿A qué país queremos parecernos?”, valiéndonos de una referencia al libro de Lewis Carroll, “Alicia en el país de las maravillas”. En la obra, cuando Alicia se encuentra con el Gato de Cheshire mantiene la siguiente conversación:

“¿Me podéis indicar hacia dónde debo ir?”, le pregunta al gato. “Depende de adonde quieras llegar”, le responde. “A mí no me importa demasiado”. “En ese caso”, le dice el gato, “da igual a donde vayas”. “Siempre que llegue a alguna parte”, le dice Alicia, a lo cual dice el gato: “¡Oh!, siempre llegarás a alguna parte si caminas lo bastante”.

Al final si no se sabe a dónde se va, poco importa el camino, trátese de un individuo, una empresa o una nación. El mensaje no puede ser más claro si podemos entender la moraleja aunque no podemos estar seguros de que buena parte de aquellos a quien les toca decidir leyeron en sus años de estudiante esa hermosa historia contenida en un clásico de la literatura universal. Nada más cierto, el país debe decidir hacia dónde quiere ir. A quién parecerse, si a nuestro entorno geográfico más cercano o los países más exitosos; aquellos que han alcanzado un nivel alto de desarrollo y prosperidad para sus pueblos.

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Un reto para la democracia

El problema de la democracia dominicana tiene su origen en la práctica antidemocrática que a diario se da en los partidos, entes supuestos a propiciar un modelo de participación igualitaria entre sus miembros que nunca han ensayado. Las élites dominantes de las organizaciones políticas han tenido siempre la sartén por el mango y las formas de elección interna les garantizan el predominio no sólo de sus partidos, sino de un sistema prostituido a base de privilegios y métodos de perpetuación que promueven todos los vicios conocidos de nuestra actividad política.

El país ha desperdiciado excepcionales oportunidades de romper con ese anacronismo. Y si nuevamente perdemos esa oportunidad en el fondo todo seguirá igual, a despecho del partido o el candidato que resulten ganadores en futuras elecciones. La posibilidad de cambio radica en ampliar el sistema de elección de candidaturas en las primarias de los partidos. Si continuamos con el sistema cerrado, con padrones de electores restringidos, la manipulación y el dinero sucio continuarán controlando la vida política del país.

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Una esencial tarea de la escuela

Cuando el país asuma seriamente la educación como una prioridad, tarea todavía pendiente, el sistema escolar deberá enfatizar en la necesidad de que los estudiantes mejoren su dicción y aprendan a hablar bien su idioma, el español. Muchos de los problemas que técnicos y profesionales confrontan en el mercado laboral se relacionan con su incapacidad para expresarse correctamente, en especial en los casos en que el lenguaje juega un papel fundamental en el ejercicio de una profesión o un oficio.

Hablar con propiedad es un atributo que se aprende a temprana edad. Y enseñarlo adecuadamente es una tarea primordial de la escuela, desde que se ingresa a ella, porque el regionalismo insular en el habla crea vicios imposibles de superar cuando se alcanza cierta edad. Incluso es preocupante escuchar a muy buenos estudiantes de colegios muy acreditados, excelentes por ejemplo en ciencias y matemáticas, pero penosamente cortos en el hablar.

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