De mesianismo y democracia

En la puesta en circulación de un libro del dirigente peledeísta y viejo amigo Franklin Almeyda, que recopila sus artículos en elCaribe, el entonces presidente del PLD, Leonel Fernández, comparó en diciembre del 2018 lo que, según dijo, le había tocado vivir desde que dejó la Presidencia de la República en agosto del 2012, con lo que en la historia bíblica se conoce como “la travesía del desierto”.

Para quien ha sido tres veces presidente de la nación, su caso se asemejaba a lo que padecieron Moisés y el pueblo hebreo al abandonar el reino de los faraones en Egipto en la búsqueda de la tierra prometida al pueblo elegido por Dios. De acuerdo con la reseña de los medios, Fernández dijo: “… lo que ha ocurrido con nosotros no es nada nuevo en la historia, pero uno no lo entiende bien hasta vivirlo; uno lo puede leer, lo puede estudiar, pero eso se entiende mejor cuando uno lo vive”.

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La inevitable soledad del poder

En sus memorias, Charles De Gaulle escribió: “La soledad que era mi tentación, se convirtió en mi amiga”. A qué más podía aspirar quien estuvo siempre tan cerca de la gloria.

A Balaguer, la soledad le fue igual. En ella extrajo las fuerzas que le mantuvieron en el poder y próximo a él hasta el mismo día de su muerte. No las fuerzas de las armas ni las derivadas del ejercicio del poder, sino las interiores, las que tanto al uno como al otro, guardando las diferencias, lograban levantar cuando todo parecía derrumbarse a su alrededor.

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El desafío de un lector

Un lector se molestó por mi respuesta a una pregunta suya. Me pidió opinión sobre quién ha sido el mejor compositor clásico de la historia y el más grande beisbolista dominicano. Acerca de lo primero le dije que ni Daniel Barenboim se aventuraría a responderle y como neófito en la materia yo apenas podía mencionar mis favoritos. “Beethoven, por supuesto”, respondió por mí. Claro, pero déjeme con Tchaikowsky , Mozart y Puccini, según como me sienta ese día, le acoté. “No querrá usted decir que son mejores. Le hablé de mis preferencias, me defendí. ¿Y dónde deja usted la Novena”. ¿Qué tiene que ver la Novena? ¡La de Beethoven!, me cortó con un grito de desesperación.

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Aportes diarios al pesimismo

Hay una considerable dosis de contribución de los medios al creciente pesimismo que se observa en amplios sectores de la sociedad, cuando se escucha constantemente decir que el país “está jodido”, “se jodió” o va a “joderse”. El problema radica en que el estado de ánimo resultante podría hacer que en situaciones muy adversas el mal augurio se cumpla, porque el derrotismo pulveriza las fuerzas con las que es posible y absolutamente necesario hacer que una nación se mantenga en pie o se levante cuando las rodillas flaquean.

Cuanto se escucha en la radio o se ve la televisión, especialmente en las mañanas e incluso en el espacio en que participo, es carga demasiado abrumadora, para gente que vive saltando de un problema a otro. Con ese legado diario, hay que ser en extremo optimista para ir al trabajo con deseos, o de confiar que el porvenir nos reserve cosas buenas. Al pasar balance de lo que se escucha o ve, tiendo a preguntarme muchas veces si no hay nada positivo que valga la pena resaltar, si los aportes de quienes trabajan desde sus hogares, los centros laborales y las oficinas públicas, para tratar de hacer lo mejor para el país carecen de valor noticioso, o simplemente tienen menor impacto en las mediciones de audiencia que un caso de difteria en la frontera o un ahogado a causa de las lluvias, convertidos frecuentemente en insumos de dramas mediáticos cotidianos.

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Escapando de su laberinto

La anunciada decisión del presidente Luis Abinader de postularse como candidato a la reelección no causó sorpresa alguna, salvo la relacionada con el día y la vía usada para darla a conocer. Se había extra oficialmente anunciado que el mandatario aprovecharía una visita este jueves a Cabo Rojo para dar a conocer lo que todo el mundo en el país esperaba, a lo que seguiría una caravana de automóviles oficiales desde ese lugar fronterizo hasta la capital, más de 325 kilómetros, mal contados, en otro teatral accionar de un gobierno tan dado a ese tipo de exhibicionismo.

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La pesada carga de los agravios

Por años he venido diciendo que la mayor de nuestras fatalidades, es la dificultad para echar a un lado las diferencias, que en el fondo no son tantas ni abismales, para laborar juntos y en armonía en un objetivo común. Y cuando revisamos las posiciones de los actores políticos y los del ámbito civil, es fácil encontrar una similitud de propósitos muy superior a sus desacuerdos.

Inexplicablemente ha costado mucho encontrar vías expeditas para hallar la solución de nuestros más graves problemas, por la falsa creencia de que endosar propuestas ajenas equivaldría a poner al contrario en posición de ventaja, despojándose a sí mismo de una oportunidad para brillar cuando toque estar al frente. Esa característica de la realidad nacional, revela la terca mediocridad que mueve la acción política a base de resortes estructurados para funcionar solo en sórdidas componendas de conveniencia particular.

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El chavismo: la perfección del disparate

Con cada equivocación, para los venezolanos por desgracia muy frecuentes, el presidente Nicolás Maduro se inventa una crisis con Estados Unidos y Colombia, sus enemigos favoritos. Agotado el éxito inicial de tal estratagema, legada por su antecesor, el comandante Chávez, apenas le queda el ridículo. Sus frecuentes y fallidos intentos de desviar la atención de la comunidad internacional y del pueblo sobre su mágico poder de hundir a una de las naciones más ricas del planeta en un reino de escasez, en un tiempo record y sin mucho esfuerzo, le pondrá fecha en cualquier momento a su trágico y deprimente heredado ensayo revolucionario. La paciencia venezolana pondrá la fecha. Pero está escrita ya en el calendario de la desesperación que la agobia.

El cuento más frecuente del señor Maduro es la existencia de una mafia internacional encabezada por Colombia o Estados Unidos, y en la que estarían involucrados otros países, algunos europeos, para destruir las finanzas venezolanas. Una vez la supuesta trama conspirativa consistía, según su fértil y enajenada imaginación, en acumular millones de billetes de 100 bolívares, entonces el de más alta denominación, cuyo valor real era de menos de un dólar, con el cual no se podía comprar nada, debido a la acelerada inflación que el gobierno chavista se ha resistido reconocer. A los ciudadanos se les dieron tres días para cambiar sus billetes por los nuevos de 500 y hasta 20,000 bolívares, equivalente este último a unos cinco dólares estadounidenses.

El alza de precios, por la escasez de alimentos y medicinas e insumos para la industria, es permanente y se necesita un fajo grande de bolívares para adquirir el más insignificante de los productos. Del trágico drama que ha representado por años el “socialismo del siglo XXI”, una mala copia de otro más miserable importado de Cuba, se ha pasado ahora a lo que en el fondo siempre fue: un perfecto disparate. La recuperación le costará años a Venezuela.(Reproducido con autorización del autor. Publicado en elCaribe)

Antídoto contra el pesimismo

Con delirante frecuencia, contra la administración anterior solía escucharse en los medios y en las redes que el país estaba jodido. Dentro del marco de nuestras grandes dificultades, esa sensación de frustración se hizo viral, y a punto estuvo de arrastrarnos a un estadio de pesadumbre. Su efecto político logró un cambio de gobierno, pero como sostenía entonces y sostengo todavía, el país no estaba jodido ni se joderá, aun si las grandes expectativas creadas no se cumplan y la situación se deteriore.

Lo que sí podría paralizarnos sería nuestra dificultad para trabajar por un propósito común, más allá de nuestras diferencias. Los problemas reales de una nación, escribí entonces, surgen cuando ese sentimiento de pesimismo y desconfianza en sus fuerzas y potencialidades se apodera de grandes núcleos de la población y nos hace creer que estamos sin posibilidad alguna. Como sucede en la economía y en casi todas las facetas de la vida, la pérdida de confianza paraliza primero y destruye después a las naciones.

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