El sentido real de la libre empresa (1 de 2)

Una de las grandes discusiones aún pendientes en el país se refiere al papel de la iniciativa privada en el fortalecimiento de las instituciones democráticas. Lo cierto es que este debate ni siquiera ha comenzado. Y su importancia estriba en un hecho incuestionable. Todo el esfuerzo alrededor de este rol trascendental se ha limitado a los derechos empresariales, lo que no siempre comporta un mejoramiento del clima democrático.

Como en casi toda la América Latina, en nuestro país las fallas del sistema de libre empresa no se derivan exclusivamente de la injerencia estatal, por mucho que ésta haya entorpecido en el transcurso de los años su desarrollo y crecimiento. Los defectos de nuestro muy peculiar régimen de libre mercado se deben también, y en gran medida, al propio sector privado. Responden a los predominios de grupos, a los oligopolios y castas empresariales que han explotado hasta la saciedad el paternalismo estatal, invocando para su provecho la intervención del Gobierno en la economía, a sabiendas de que muchas veces los privilegios trabajan en contra del propio sistema y de las oportunidades de los demás.

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Bastaría un poco de coraje

Las interminables quejas sobre la actitud de las autoridades frente a los casos de corrupción casi siempre pasan por alto un detalle fundamental que les otorga una dimensión desconsoladora: la complicidad de grupos privados en esa práctica viciosa y destructiva. Con frecuencia se pretende justificar la evasión bajo el alegato de que los impuestos se los robarán en el Gobierno. Lo curioso es que la evasión, especialmente la de algunas modalidades impositivas como el ITBIS por ejemplo, equivale a robarse primero lo que se dice se robarán después los funcionarios públicos.

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En recuerdo de un caso emblemático

En el país se acepta la idea de que laborar para un medio de comunicación otorga el falso derecho de poder expresarse o publicar cuanto se desee, sin tomar en cuenta la veracidad de lo que se diga o publique, sin importar a quién se ofende o humille. La despedida hace un tiempo de un comentarista de televisión por desacuerdos con la política editorial de la empresa, se debatió como un atentado a sus derechos y una violación a la libertad de expresión del afectado. Ese concepto del periodismo limita el derecho de propiedad y el clima de libertad en que debe desenvolverse la prensa, porque un medio no está obligado a aceptar posiciones y comentarios contra la honra de terceros o que riñan con sus principios o su política informativa y editorial.

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El factor confianza en la economía

El país ha vivido un largo periodo de estabilidad macroeconómica que ha fortalecido la confianza en el clima de negocios en todos los órdenes. Justo es reconocerlo y no se trata del mérito de un solo gobierno. Alentados por una estabilidad cambiaria que apenas se ha movido dentro de un estrecho rango, la mayoría de las empresas se han endeudado en moneda extranjera. Propuestas de cambios bruscos en la política económica, en la campaña electoral en marcha, pueden erosionar esa atmósfera de confianza. El resultado sería una situación de inestabilidad, pérdidas cuantiosas, mayor desempleo y la ruina de muchos negocios, con derivaciones fáciles de prever.

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La justa relación gobierno prensa (4 de 4)

El dominio del arte de la comunicación es esencial al éxito de toda estrategia de mercadeo político, no importa los objetivos que esta se forje. En realidad, la comunicación es un arte que todos practicamos en una medida u otra. Cualquiera que sea su acción, la gente está tratando continuamente de comunicarse con el resto para transmitir sus ideas, recibir información y adquirir conocimientos. Los diferentes instrumentos para hacer válida una buena comunicación se convierten, pues, en objetos esenciales de la vida de las personas, si bien la mayoría de ellas sólo requiere, por la magnitud de sus necesidades y la naturaleza de sus obligaciones, de una parte limitada de esos instrumentos.

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La justa relación prensa gobierno (2 de 4)

Soy de una escuela convencida de que la única relación aceptable entre la prensa y los poderes públicos es la forjada en un trato amistoso pero de adversarios, de amigos distantes y celosos si se quiere, en función de la necesidad de preservar la independencia de la prensa como institución.

Muchos de los problemas que entorpecen esa relación se basan en la intolerancia ante la crítica.

Olvidamos que parte de la razón de ser de la prensa es criticar. Una prensa que no responda a esa realidad, que no asuma su papel frente a las distintas formas de autoridad, pierde su esencia y el sentido de su existencia.

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La justa relación prensa gobierno (1 de 4)

Cuando los gobiernos pasan por momentos difíciles en materia de imagen, vuelve a cobrar interés lo que se entiende deben ser los marcos de una buena relación entre las distintas esferas públicas y los medios de comunicación.

Me han preguntado sobre la potestad que se atribuyen los gobiernos, y muchas veces los congresos, para decidir sobre el contenido ético de las actuaciones de la prensa. Esa pregunta sustancia el mayor de los debates alrededor del papel de la prensa. La fijación de los límites de su responsabilidad no corresponde al gobierno ni al Congreso sino a la propia prensa. La experiencia enseña que todo intento oficial de fijar los límites de esa responsabilidad, al través de medidas administrativas o la aprobación de leyes, conduce inevitablemente a la restricción y a la censura.

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El temor de figuras públicas a la prensa

El temor de las figuras públicas, políticos, funcionarios y líderes sociales, de enfrentar a los medios de comunicación cuando son objeto de acusaciones infundadas, terminará dañando a la prensa, aunque mi generación no alcance a comprobarlo.

Con el Internet y la facilidad que ofrece a todo el que quiera expresarse en las redes nadie escapa a la violación del derecho a la intimidad o de verse acusado sin pruebas, porque las personalidades públicas tienden a refugiarse en la comodidad que supone evitar las confrontaciones que alteran la tranquilidad y, muchas veces, hasta la estabilidad familiar. Pero ese temor, de cierto modo justificado, alienta la mediocridad, fomenta el desorden social y daña la reputación de la prensa, cuando la práctica invade los medios.

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