La envidia descrita por un seudónimo

Maravillado por un texto sobre la envidia, publicado en el Listín Diario el 21 de mayo del 2014, encontré en mis archivos la columna con la que traté entonces sin éxito de conseguir que alguien me informara acerca de la identidad de ese exégeta que escribía periódicamente en ese medio con el seudónimo de “Félix Bautista”, sin que nadie pudiera sacarme de mi infame ignorancia.

Confieso que nunca antes había tenido ante mis ojos un recuento tan detallado de las diferentes interpretaciones que figuran sobre ella en la Biblia, y en otros textos de famosos autores, y me dije a mi mismo fascinado: “He ahí, por fin, a un verdadero autor; a un exquisito intelectual en pleno y absoluto dominio de la literatura universal”. Con qué finura y precisión este hombre pone al descubierto la maldad humana y la forma en que ella nos corrompe, con su enorme capacidad para desconocer el éxito del contrario, a aquél que milagrosamente logra superar un mundo de escasez y restricción y elevarse a las alturas, apenas con la sola y única oportunidad que se deriva de una función pública.

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El día que dejé el Conservatorio

Al rememorar los que fueron mis años de infancia y adolescencia, siento en esta etapa de la vida que tal vez mi verdadera pasión, no mi vocación, fue siempre la música. Aún recreo aquellos lejanos tiempos de escasez, cuando el miedo a la tiranía normaba la vida familiar, en aquella pequeña y modesta casa de la calle Fabio Fiallo, entonces Benefactor, en las que tendido sin camisa en el piso para amortiguar el calor, solía quedar maravillado escuchando a los grandes compositores clásicos. Fue tal vez el concierto número uno para violín de Paganini o Introducción y Rondó Caprichoso de Saint Saënz interpretados por el francés Zino Francescatti, en el programa que transmitía todas las tarde HIZ, lo que produjo esos primeros escalofríos, que se sienten en la espalda, y de cuyo recuerdo nunca me he podido liberar.

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De pecados y virtudes capitales

Tomás de Aquino definió los pecados capitales como aquellos vicios “a los que la naturaleza humana está principalmente inclinada”. De acuerdo con la literatura católica son siete: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. Se le llaman capitales no tanto en razón de su gravedad, sino porque cualquiera de ellos puede originar otros males o pecados condenados por la moral cristiana. Cuentan que una vez se dio a elegir a un príncipe de la Iglesia entre los siete y escogió el segundo, la gula, caracterizada por la glotonería, el excesivo consumo de comida y alcohol, creyendo que era el menor. Así tentando a Belcebú, el demonio asociado, se emborrachó y cometió los otros seis.

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Las oportunidades perdidas

Las elecciones de este año demandan un esfuerzo de la comunidad política dominicana para alcanzar acuerdos que trasciendan las diferencias que por años han obstaculizado la aprobación de pactos en áreas fundamentales como la educación, la salud, el medio ambiente y, sobre todo, el transporte público. La complejidad del proceso hacia esos comicios obliga a darle prioridad a esa búsqueda, sin que ello signifique renuncia alguna por parte de la oposición o del Gobierno.

Nuestro problema radica en la falsa creencia de que la colaboración da a un gobierno el respiro necesario para sortear las crisis. Todas las administraciones que han ejercido el poder desde el desmembramiento de la tiranía a finales de 1961, las han sufrido. Al actuar sobre esa base, hemos perdido tiempo y oportunidades irrecuperables. También ha sido la causa de que lleguemos tarde a las reformas, razón por la que una vez aprobadas se requiera reformarlas. Desde comienzos del presente siglo se discute, sin llegar a ninguna parte, la imperiosa e impostergable necesidad de alcanzar acuerdos que ayuden a eliminar las trabas y prejuicios partidistas que arrojamos en el camino, lo que al final siempre nos aleja de la meta que perseguimos.

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Espíritu del placer y entierro de valores

Si algo podemos aprender de nuestra propia experiencia histórica, y de la ajena, es que el declive de una nación suele tener un punto de partida, difícilmente localizable en el tiempo. Y eso hace en extremo difícil frenar la decadencia. Pasa a menudo cuando las sociedades abandonan la custodia de lo esencial, porque esa amnesia hace olvidar el justo lugar y el momento en que, emanados, tradiciones y valores se van sin que nos percatemos de ello.

Cuando el fervor patriótico se impuso sobre la tiranía e iniciamos la construcción de un estado de derecho y respeto a las libertades ciudadanas, el ruido alrededor no permitió observar que con la destrucción de símbolos de la dictadura, con cada caída de una valla, letrero, busto o emblema del viejo régimen, echábamos a rodar, sin darnos cuenta, o tal vez por negligencia, valores propios de nuestra esencia. Cosas tan sencillas y de tan alto valor en el diario y duro trajinar, como la cortesía, el respeto a los mayores, el amor a los símbolos patrios, el cuidado de la naturaleza y la observancia de las reglas que hacen posible una armónica y respetuosa convivencia.

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Después puede hacerse tarde

Definir una política hacia Haití sobre la base de un respeto mutuo, que tome en cuenta el historial de nuestros vínculos y las características de esa relación, es una de nuestras prioridades. La inmigración ilegal es un tema pendiente de abordar con seriedad y profundidad.

No se sabe cuántos haitianos viven ilegalmente en el país. Sobre la cifra se ha hecho infinidad de cálculos. Se habla hasta de dos y hasta tres millones y medio, lo que representaría alrededor de entre un 20 % y un 25 % de la población adulta dominicana, según el censo nacional. Sean reales o no las estimaciones, lo cierto es que el aumento de la inmigración agrava los problemas sociales, por efecto de su impacto en el empleo, los servicios hospitalarios, la enseñanza pública y otras áreas de la vida nacional.

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Las dudas de Lenin

El marxismo no fue nunca un método eficaz de análisis de la realidad social. Pero hay quienes creen que el materialismo histórico es una regla infalible para predecir el curso de los procesos sociales. Es esa obstinación la que les dificulta una visión justa de la realidad y de sus posibilidades inmediatas. Lenin no fue capaz de evaluar en su justa perspectiva la realidad rusa en las postrimerías de la lucha popular contra el zarismo. Era escéptico respecto a las posibilidades de un triunfo revolucionario, en momentos en que la monarquía agonizaba.

Unas semanas antes de la abdicación de Nicolás II, Lenin había dicho, abatido por la desilusión en su exilio en Suiza, que no creía en las perspectivas de una victoria cercana. Exactamente el 22 de enero de 1917 declaró en una reunión pública: “Los hombres mayores no viviremos para ver las batallas decisivas de la revolución”.

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Cuando la luz de una gran estrella se apaga

Yma Súmac fue una de las voces femeninas más prodigiosas que jamás haya existido.

Tenía 86 años cuando murió y se dice que aún a esa edad su voz se asemejaba a la de un arpa, cuando subía a escalas donde pocas podían y pueden alcanzar.

Su carrera no se desarrolló únicamente en el campo clásico, también incursionó con éxito en diversos géneros populares. Sus agudos eran de una extraordinaria belleza que alcanzaba las cinco octavas, desde cuyas alturas podía pasar a registros graves con enorme facilidad y rapidez. Dominó como muy pocas la técnica de la coloratura, que le permitía sucesiones de notas rápidas, que extendían una misma vocal a varias notas sucesivas, una poco común condición requerida en las óperas de Bellini, como es el caso de Norma y La Puritana; Rossini, en El Barbero de Sevilla, Una italiana en Argel y La cenicienta; y Donizetti, en Elixir de Amor y La hija del regimiento, entre otras.

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