Contra toda evidencia, la prensa nacional sigue aceptando como un hecho uno de los grandes mitos de la política dominicana: la creencia de que el expresidente Juan Bosch fue el fundador de los dos grandes partidos que se han alternado en el poder desde 1996 a la fecha, el de la Liberación (PLD), y el Revolucionario (PRD). En el caso del segundo, el dato, frecuentemente citado en los medios, no se corresponde con la realidad. Recordemos, como salvedad, que el PRM, hoy en el poder, es un desprendimiento del PRD.
Las sociedades comunistas, en extinción, se han caracterizado por las enormes desigualdades sociales entre la élite gobernante y el resto de la población y esas enormes diferencias han superado las existentes en el sistema capitalista, en cualquier momento de la historia desde el triunfo de la revolución bolchevique en 1917.
Los dos más patéticos ejemplos los tenemos en las gerontocracias de Corea del Norte y Cuba, donde todo asomo de disidencia es castigado con la muerte, la cárcel o el exilio. En sociedades tan cerradas como esas, un poema, una novela crítica, un artículo o un comentario inocente, son suficientes para ser enjuiciados por traición, el mayor de los delitos bajo esas tiranías.
Las versiones conocidas del asilo en febrero de 1962 de Joaquín Balaguer en la Nunciatura Apostólica evidencian una grave falta de indagación. Se afirma que el expresidente, temeroso de una reacción airada de la multitud que protestaba en las calles y pedía su enjuiciamiento al gobierno de facto encabezado por Rafael F. Bonnelly, había escalado la verja de más de dos metros que separaba su residencia de la sede de la representación vaticana para preservar su vida. En realidad Balaguer no podía ni tuvo necesidad de saltar esa verja, muy alta, del lado norte de la residencia en la que vivió, hasta su muerte en julio del 2002.
A pesar de los cambios que han transformado la práctica del periodismo en los últimos años, algunos valores fundamentales que han hecho de este oficio una labor trascendental han sobrevivido al paso inexorable del tiempo y a las innovaciones tecnológicas.
Uno de ellos, tal vez el más importante, es el de informar con estricta sujeción a los hechos. Con frecuencia los reporteros se ven impactados por la magnitud de los acontecimientos sobre los que informan. El deseo de dar rápidamente la información al público, la ansiedad que esa prisa trae consigo, resulta en una noticia errada o imprecisa.
Las fortunas, algunas inmensas, reveladas en sus declaraciones de bienes por muchos funcionarios públicos en distintas épocas, ofrecen una excelente oportunidad a Impuestos Internos, diligente como siempre, para aumentar sus captaciones y ensanchar la nómina de contribuyentes al Fisco.
No me refiero, por supuesto, a los empresarios hartamente conocidos con larga tradición en el mundo de los negocios, como son los excepcionales casos de varios ministros designados por primera vez en el sector público en diferentes administraciones, algunos de los cuales llegaron y han llegado a ser figuras claves del entorno presidencial.
En “La herencia trágica del populismo” (2013), planteo que si se analiza con rigor científico la estructura social del país, la composición de las fuerzas que la guían, no tardaríamos en observar una curiosa suerte de estancamiento, como si la sociedad hubiera permanecido al margen de la marcha inexorable del tiempo y de la historia. Las estructuras de mando son las mismas que dominaban en los albores de los años setenta. Y muchos de los gritos y quejas de las multitudes de entonces siguen caracterizando las demandas actuales. Ese era el panorama y sigue siendo la realidad, 10 años después de la publicación del libro.
Los más recientes actos de terrorismo recuerdan cómo en septiembre de 2006 el clero musulmán reaccionó con el fanatismo acostumbrado a declaraciones del entonces Papa Benedicto en rechazo a la violencia de los grupos extremistas islámicos. El Vaticano mostró las mismas señales del nerviosismo que el terror de esos grupos infunde en Occidente. Lo curioso es que las reacciones de los clérigos musulmanes estaban llenas de diatribas contra el cristianismo y los intentos de aclaración de la Santa Sede no hicieron alusión alguna a ese hecho. Lo importante era excusarse con quienes ya habían y siguen haciendo pagar muy caro el “crimen” de publicar caricaturas del profeta Mahoma.
Fue Porfirio Díaz, el dictador, y no Benito Juárez, el Benemérito de las Américas quien dijera: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Juárez no era anti-norteamericano. Era un federalista admirador del pueblo y el sistema estadounidense. La Constitución de 1857 que hizo de México un estado laico, y las reformas que a partir de 1861, tras el cruento conflicto civil conocido en los textos mexicanos como “La guerra de los tres años”, impuso Juárez ya como Presidente, estaban inspiradas en la libertad del sistema democrático norteamericano.
Durante la guerra que siguió a la aprobación de la Constitución que despojó al clero de las riquezas e influencias políticas que hacían de la Iglesia Católica el verdadero poder en México, el apoyo de Estados Unidos a los constitucionalistas, es decir a los liberales, conocidos como los “rojos” y los “puros”, resultó decisivo y permitió finalmente su victoria sobre las fuerzas del presidente Miguel Miramón, conservador y católico. Juárez tenía la guerra perdida. Las tropas de Miramón, con el control de casi todo el territorio mexicano, le habían prácticamente confinado en Veracruz y sus fuerzas comandadas por el general Degollado estaban exhaustas y aisladas.