Por una justicia verdadera

La insistencia en celebrar que en cada cambio de administración, como ocurre desde el 2020, se tenga la oportunidad de enviar a la cárcel a quienes el ojo escrutador de la opinión pública señale como autores de actos indecorosos contra el patrimonio nacional produce escalofríos. Viniendo de abogados y periodistas, la observación sacude a quienes creemos que una buena justicia, basada en la aplicación del Derecho, no necesita de atajos.

Me asusta que alcancemos un nivel de desconfianza tal en la independencia de los poderes, cuya única posibilidad de ganarle terreno a la corrupción consista en vulnerar el principio de independencia consagrado en la Constitución. Sea el actual o el que le reemplace en las elecciones de este año, la responsabilidad del Gobierno es cuidar que los bienes públicos sean religiosamente guardados y de reunir las pruebas necesarias para llevar a la justicia a los responsables de violar las normas de un pulcro ejercicio de las funciones públicas. Determinar la culpabilidad final es una tarea de los tribunales. Son estos los que deben dictar las sentencias, sean de culpabilidad o de absolución.

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La pesadilla del tránsito urbano

Los esfuerzos para mejorar la fluidez del tránsito vehicular recibirían un fuerte respaldo si los conductores respetáramos las señales y las leyes de tránsito y dejáramos en nuestras casas los afilados cuchillos entre los dientes con los cuales salimos cada día, dispuestos a pelearnos con todo aquel que intente adelantársenos, sin importar que estemos llevando a los hijos a la escuela.

La solución del trágico y ancestral problema del tránsito es del mayor interés porque no se trata solamente de la efectividad de la planificación, sino del comportamiento de los ciudadanos. Y por eso se requiere de campañas de educación ciudadana bien diseñadas y mejor ejecutadas que promuevan sobre todo la importancia del respeto a las normas, que todos estamos en la obligación de observar, porque el costo del irrespeto ha sido enorme en vidas humanas.

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Hacer lo que tanto se criticaba

Empecinarse en restarle méritos a cuanto hace un gobierno, como si todo fuera negativo, es un error común a la oposición en la tradición política dominicana. Ocurría durante los gobiernos de Balaguer, en los del PRD, luego en los del PLD y sigue ocurriendo con el del PRM, que creció criticando precisamente acciones del gobierno anterior y que la realidad le ha obligado preservar, a las que les cambió los nombres y se apropió así de un mérito ajeno.

Esa actitud les quita a los partidos opositores el respaldo y la simpatía de aquellos sectores beneficiarios de muchos de los planes de carácter social que puedan ser puestos en marcha por una Administración.

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Oportunidades que ofrece el año electoral

Las elecciones de este año demandan un esfuerzo de la comunidad política dominicana para alcanzar acuerdos que trasciendan las diferencias que por años han obstaculizado la aprobación de pactos en áreas fundamentales como la educación, la salud, el medio ambiente y, sobre todo, el transporte público. La complejidad del proceso hacia esos comicios obliga a darle prioridad a esa búsqueda, sin que ello signifique renuncia alguna por parte de la oposición o del Gobierno.

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Oportunidades que ofrece el año electoral

Las elecciones de este año demandan un esfuerzo de la comunidad política dominicana para alcanzar acuerdos que trasciendan las diferencias que por años han obstaculizado la aprobación de pactos en áreas fundamentales como la educación, la salud, el medio ambiente y, sobre todo, el transporte público. La complejidad del proceso hacia esos comicios obliga a darle prioridad a esa búsqueda, sin que ello signifique renuncia alguna por parte de la oposición o del Gobierno.

Nuestro problema radica en la falsa creencia de que la colaboración da a un gobierno el respiro necesario para sortear las crisis. Todas las administraciones que han ejercido el poder desde el desmembramiento de la tiranía a finales de 1961, las han sufrido. Al actuar sobre esa base, hemos perdido tiempo y oportunidades irrecuperables. También ha sido la causa de que lleguemos tarde a las reformas, razón por la que una vez aprobadas se requiera reformarlas. Desde comienzos del presente siglo se discute sin llegar a ninguna parte, la imperiosa e impostergable necesidad de alcanzar acuerdos que ayuden a eliminar las trabas y prejuicios partidistas que arrojamos en el camino, lo que al final siempre nos aleja de la meta que perseguimos.

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Mayo visto en el retrato de febrero

Las elecciones municipales celebradas el domingo reflejan la realidad política que el país ha estado viviendo de un buen tiempo a esa parte. La abstención estimada en un 70% del padrón hábil para el sufragio, no dice mucho a favor del apego nacional al voto como instrumento idóneo para la solución democrática de los problemas implícitos en la ruta hacia el desarrollo.

Las viejas prácticas viciosas de compra de votos y uso de los recursos públicos para promover candidaturas oficialistas no son nuevas en el historial electoral dominicano y dudo que nuestra cultura electoral las desarraigue y no imperen nuevamente cuando nos toque concurrir en mayo próximo para formar un nuevo Congreso y escoger entre reelegir al presidente o llevar un nuevo inquilino al Palacio Nacional. Pero sí muestran una terca y odiosa preferencia por los oscuros métodos del pasado, reeditados bajo promesas de “cambio” moral en la forma de hacer política y proteger el patrimonio público.

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El abandono paulatino de la frontera

La inmigración ilegal desde el oeste hacia esta parte de la isla, que desborda desde hace años nuestra capacidad para asimilarla, no es la única amenaza que enfrentamos. Hay otra migración que ha dejado desprotegida nuestra frontera. Es el abandono de sus habitantes hacia la zona céntrica y el este del país, en busca de mejores condiciones de vida.

Esa migración terminará dejando una amplia zona territorial despoblada. Y seguirá generando consecuencias de la más diversa índole que de hecho se han estado viendo desde hace años. Es menester para evitar que ese fenómeno siga creciendo, que el Gobierno, como parte de su política migratoria, emprenda en comunión con inversiones privadas, grandes proyectos para promover el regreso de la gente a las provincias fronterizas.

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Démosle mañana valor al voto

Mañana domingo, 18 de febrero, los dominicanos tendrán nuevamente la oportunidad de ejercer un derecho cívico consagrado en la Constitución: el de votar por quienes dirigirán y administrarán las ciudades y pueblos donde viven. Votar no es una obligación sino un derecho y como tal el ciudadano puede usarlo a su discreción.

A despecho de su importancia para la vida democrática, el voto en nuestro país sigue siendo una mercancía y así se le trata, explota y usa en el ambiente partidario y en los circuitos electorales. Infinidad de veces en nuestro historial democrático, el ascenso al poder de un grupo, en desmedro de otro, ha descansado en su capacidad para adquirir más votos, muchos de los cuales se entregan a cambio de un mendrugo de pan, un pica pollo o 500 pesos.

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