La realidad fuera de toda duda

Las autoridades han mostrado cifras para ilustrar sus argumentos sobre la recuperación nacional. La economía, dicen, creció y ello es evidencia de cambios sustanciales. Los números se dice, están avalados por organismos internacionales.

De manera que el resto del año y el próximo, afirma el Gobierno, la situación ofrecerá nuevas oportunidades de progreso y bienestar. El caso es que el crecimiento por sí sólo no significa mucho, si bien es cierto que sin él no puede haber mejoría alguna.

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La moderación, nuestra gran ausente

El problema real del país no se relaciona tan sólo con la economía. Se refiere más bien a la actitud a asumir como nación ante los retos del porvenir y los conflictos futuros. La obligación consiste en evitar a toda costa que las posiciones extremas secuestren el debate de los temas trascendentales. La manera irresponsable con que esos asuntos se ventilan a nivel de algunos medios de comunicación electrónicos y en las redes conduce a un laberinto del que resultaría muy difícil salir, si el país se deja arrastrar sin oponer resistencia alguna.

En los períodos difíciles, los ánimos suelen exacerbarse. Las pasiones anulan toda posibilidad de análisis objetivo sobre la realidad existente. El peligro es obvio. En situaciones tales las posiciones radicales se imponen y la moderación no encuentra espacio para expresarse. Con inusitada frecuencia vivimos en el país esas experiencias. Pero ahora que los desafíos parecen elevarse por encima de nuestras posibilidades, la moderación debe imponerse a fin de impedir que las aguas desbordadas inunden la discusión y ahoguen las oportunidades que el futuro nos depara. Entiendo que es muy fácil caer en la tentación de la superficialidad, pues esta no demanda esfuerzo alguno. Sin embargo, sus consecuencias son funestas.

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Un reto inaplazable

Una cosa es innegable. Los problemas son demasiado evidentes y grandes como para que no hayan podido ser identificados. Todo el mundo habla de ellos. A diario escuchamos a los dirigentes políticos sugerir fórmulas para resolverlos. Sorprenden los grados de identificación visibles en los discursos y propuestas políticas de los partidos. Y asombra la dificultad que encuentran para ponerse de acuerdo en aquellos puntos en que no guardan diferencias.

Tampoco consiste la crisis que padecemos en la falta de recursos para enfrentarla, si bien es preciso reconocer que ellos no son siempre los necesarios. Todo el mundo sabe de las prioridades. La esencia no reside en este punto.

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La realidad tercermundista

La insuficiencia de recursos para acometer las tareas del desarrollo fomenta un enorme escepticismo popular. Las esperanzas se marchitan y las expectativas que han sustanciado el ejercicio democrático en una extensa parte del mundo languidecen. Es evidente que en la medida en que se acentúa la crisis económica y disminuyen las posibilidades de ensanchar el porvenir social y económico, decrecen la confianza y el interés de millones de seres humanos en la defensa de los valores básicos y fundamentales de nuestro sistema de vida político.

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Nada ganamos distribuyendo pobreza

La dignidad nace en una democracia del derecho a vivir en libertad en un clima de oportunidades para todos los ciudadanos, lo cual mejora de forma sustancial el ambiente en que se desenvuelven. Quien no vive a gusto con lo que posee o en su medio, jamás se sentirá comprometido a defenderlo. Esa es una de las cuestiones vitales a las que se debe responder enfática y rápidamente en América Latina, para consolidar el proceso político y social y asegurar cierto grado de supervivencia del sistema.

Las desigualdades sociales en la región son demasiado profundas como para que no estén presentes con carácter permanente, los elementos capaces de coaligarse para poner en peligro los avances que en el campo de las libertades humanas y los derechos materiales, es decir, el acceso a los bienes y riquezas que produce la sociedad, se ha alcanzado a través de un largo y accidentado proceso todavía en fase de maduración en la mayoría de los países latinoamericanos.

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Prioridades en el mundo en desarrollo

El sentido de las prioridades que suele tenerse en los países en desarrollo encaja en la descripción de las urgencias médicas atribuida por una cadena de correo en Internet a un Nobel de Medicina, quien al quejarse de la escasa inversión en la búsqueda de la cura del Alzheimer en comparación con lo mucho que se gasta en medicamentos para la virilidad y en silicones, dijera que a ese ritmo tendremos “muchas viejas con senos grandes y viejos con penes duros, sin que ni unos ni otros pudieran recordar para qué sirven”.

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El papel de las élites en la democracia

Por naturaleza, aun bajo la tradición más democrática, los gobiernos poseen una marcada vocación autoritaria y tienden a ser intolerantes. De ahí siempre la necesidad de que las sociedades se mantengan en actitud de vigilancia para preservar la libertad y el respeto de los derechos ciudadanos. Las élites intelectuales juegan, y deben jugar, un papel determinante en ese esfuerzo y es su responsabilidad comandar la crítica y señalar los errores y las desviaciones en el campo del ejercicio democrático.

Con frecuencia instancias gubernamentales prestan importancia desproporcionada a observaciones puramente académicas de conocedores de nuestra realidad social y legado histórico. Es una práctica que hemos presenciado, sin excepción alguna en todas las administraciones. Si bien algunas afirmaciones críticas resaltan lo que la inteligencia nacional pudiera considerar debilidades y defectos de la personalidad de presidentes o funcionarios, en el fondo, a mi entender y analizado en el contexto en que por lo general se producen, muchas de esas críticas o exposiciones no reflejan una actitud irracional en contra de un gobierno.

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“A evadir a evadir…”

Cuando leo cada cierto tiempo la declaratoria o la intención de una amnistía general  fiscal, me pregunto si es justo ser un ciudadano respetuoso de las leyes y fiel cumplidor de las obligaciones tributarias. Si es justo que las empresas paguen puntualmente sus impuestos, porque tanto para unos como para los otros, la práctica frecuente de los gobiernos de perdonar la evasión pone a los delincuentes en ventaja sobre aquellos negados a ponerse al margen de la ley, no por temor a las represalias, porque no hay precedentes, sino por respeto a sí mismo.

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