Un legado de atraso compartido

Los cinturones de miseria se han expandido por todas las capitales de esta parte del mundo en desarrollo. Es el gran legado común del atraso y la corrupción que ha caracterizado el ejercicio político en nuestros países. América Latina posee en conjunto uno de los mayores potenciales energéticos, hidráulicos, minerales y agrícolas del mundo. No obstante, el desempleo, el analfabetismo, la insalubridad y la falta total de identidad son sólo algunas de las dificultades todavía lejos de ser resueltas.

Los empeños por encontrar solución a esos problemas al través del esfuerzo conjunto han fracasado. La Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) que una vez simbolizó el sueño iluso de una América Latina grande, unida, próspera y solidaria, se desvaneció en medio de la apatía, el cansancio y la desilusión. Igual ocurrió con otros esfuerzos de integración subregional. La cruda realidad nos lleva ahora con mejores expectativas, a pesar de las dudas, hacia un libre comercio con los Estados Unidos, que deja atrás décadas de prejuicio y populismo.

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Un falso modelo de éxito periodístico

En periódicos escritos y digitales, en las redes y en programas de radio y televisión se lee y escucha a cualquiera llamar ladrón o corrupto a políticos, empresarios e incluso a periodistas, sin prueba alguna. La práctica se hace más extensiva cada día y se convierte en un modelo exitoso de periodismo; el que la descomposición social que sufre el país necesita, dirían sus defensores. La sufrieron las autoridades anteriores y la sufren las actuales. Era cuestión de tiempo.

La corrupción no es cosa nueva en la historia nacional. Como también es verdad que la protección legal que la resguarda es parte del quehacer político y empresarial desde la misma fundación de la República. Lo que no es cierto es que todos los funcionarios, políticos, periodistas y empresarios sean ladrones y corruptos. Y no establecer la diferencia cuando se aborda el tema de la corrupción es una terrible injusticia contra todos aquellos que ejercen con dignidad una función pública o un negocio legítimo.

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La historia real del comunismo (y 2)

En nuestra entrega anterior señalábamos cómo a base de infinidad de mitos se atribuyó a la sociedad comunista un proceso permanente de evolución social que en realidad nunca poseyó, ni en la Unión Soviética ni en ningún otro lugar. El carácter heroico otorgado a los movimientos revolucionarios marxistas era y continúa siendo uno de los mitos más propalados.

Sin embargo, el heroísmo y el sacrificio extremo como se cuentan en las historias oficiales de esos movimientos, no fueron las notas descollantes en muchos de esos procesos revolucionarios. La colectivización, que provocó más de veinte millones de muertos, fue el paso crucial para la consolidación de la revolución bolchevique y es imposible encontrar en ese proceso negro de la historia soviética algún rasgo de humanidad o algo que la justifique, que no sea la ganancia del poder por parte de Stalin y sus colaboradores, convertidos en su tiempo en los nuevos zares de Rusia. Finalmente, la sociedad que pretendía ser perfecta e igualitaria se derrumbó en Rusia por efecto de sus propias contradicciones y carácter totalitario, no a consecuencia de una conspiración exterior del occidente capitalista.

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La historia real del comunismo (1 de 2)

La noche del 7 de noviembre de 1917 (octubre en el calendario adoptado después por los bolcheviques), unas dos horas después de que el crucero Aurora disparara su primera descarga en blanco contra el Palacio de Invierno de Petrogrado (después Leningrado y ahora San Petesburgo) y una hora escasa después de que el batallón de mujeres que lo defendía entregara sus armas, el buque disparó nuevamente contra el edificio en que se encontraban los ministros del gobierno provisional de Alejandro Kerenski.

El historiador Robert K. Massie describe esos momentos cruciales de la historia de la humanidad: “A las once, otras treinta o cuarenta descargas silbaron sobre el río desde las baterías de la Fortaleza de Pedro y Pablo. Sólo dos proyectiles tocaron levemente el palacio dañando el revoque. De todos modos, a las dos de la mañana del 8 de noviembre, los ministros se entregaron”.

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El temor a un ¡Cállese muchacho!

Una de nuestras grandes debilidades, que arrastramos del hogar y de la escuela, es la resistencia a hacer preguntas. El temor a un “¡Cállese muchacho!”, en la casa, y a una reprimenda del profesor, le cerró los labios a esta sociedad; una herencia que creció en el largo periodo de opresión del trujillismo, cuyo legado de autoritarismo está aún presente en muchas de las actividades de la vida nacional, sea en la esfera política, como social, económica, artística y deportiva.

La tradición de permanecer callado incluso ante los más grandes enigmas de nuestro acontecer ha mantenido en el más hermético de los secretos detalles importantísimos de nuestra historia pasada y reciente. Ignoramos, por ejemplo, el final de la vida del patricio Juan Pablo Duarte. Sabemos que murió en Venezuela rodeado de escasez y olvidado del reconocimiento de sus compatriotas. Pero no podemos asegurar cómo vivió esos años, de quiénes se rodeó y si tuvo finalmente descendientes, como afirman sin prueba alguna muchos estudiosos venezolanos.

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Preservemos la paz social

Quien piense todavía que todo aquí seguirá igual, en relativa tranquilidad, sin grandes movilizaciones callejeras, o es muy optimista o simplemente no vive en el país. Las imágenes de las protestas ciudadanas en otras grandes ciudades, podríamos verlas muy pronto aquí, si continúan apretándole la garganta al pueblo con nuevos impuestos y aumentos diarios de los servicios.

Podrían incluso darse en una dimensión mayor, si se toma en cuenta que las necesidades en muchos de los países donde se producen son menores en todos los sentidos que las nuestras. Allí la gente no amanece en Navidad para obtener una cajita de alimentos para un par de noches y una tarjeta para suplirse de gas y llenar otros requerimientos esenciales de la vida diaria.

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El presidente no lo sabía

Muchos lectores se quejan porque los columnistas critican más las acciones del Gobierno y no centran la misma atención en la oposición. La causa es que el comportamiento del primero afecta directamente a la población, para bien o para mal, y no sucede en idéntica intensidad lo mismo con los dirigentes y partidos contrarios al régimen de turno.

Cuando se censura el uso desmedido de recursos en campañas políticas el énfasis recae sobre el Gobierno porque es el que posee la capacidad para recurrir a fondos del presupuesto de la nación. Lo que de sus bolsillos gasten los candidatos del lado opuesto, si bien constituye una práctica censurable cuando sobrepasa los límites razonables, son asuntos realmente suyos.

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La realidad del mundo en que vivimos

El descalabro moral de una nación no se presenta de golpe. Es el resultado de un paulatino pero firme proceso de degradación que se manifiesta de distintas maneras. La más ominosa se observa en las calles, con su fatídica carga de tensión que colma de temor los hogares y la rutina ciudadana y que titulan sin cesar los medios llenando de tinta roja sus páginas y espacios en la Web

Se da en el frenesí de las drogas, la prostitución y otras modalidades del crimen organizado, tan presentes por desgracia en la vida de nuestra nación. Pero también se expresa con la vulgaridad y la ofensa, que invaden los medios, sustituyendo el debate de las ideas con la retractación que multiplica los espacios de odio y siembra en el ánimo nacional las simientes de la confrontación y la guerra civil, que tantos llevan en su corazón haciendo sonar sus latidos más fuertes que el rugido de un cañón. La intolerancia  expresada de esa forma nace de un fanatismo político inducido, con una carga en el presupuesto.

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