La paloma de la paz

A comienzos de la Guerra Fría, a mediados del siglo pasado, los gobernantes de las cuatro grandes potencias se reunieron en París en un esfuerzo por poner fin a las tensiones que arrastraban al mundo a un holocausto nuclear. Los líderes allí convocados, Charles De Gaulle, Dwigh Eisenhower, Harold Mcmillan y Nikita Kruschev, abandonaron la reunión sin haber llegado a un acuerdo. El corresponsal Henry Shapiro escribió: “La paloma de la paz se posó hoy sobre el Palacio del Eliseo en París y los cuatro grandes allí reunidos aunaron esfuerzo para espantarla”.

El episodio sirve para ilustrar la facilidad, con persistencia añadida, con que aquí, nosotros, espantamos toda posibilidad real de conciliación siempre que el ave de la paz se aposenta en el ámbito de la política dominicana. No transcurre un solo día en que una declaración, o una acción partidista no arrojen sobre el panorama electoral un manto de sombras, oscureciendo con ello el panorama nacional en la vecindad de unas elecciones presidenciales convocadas dentro de lo que la Constitución dispone, pero enmarcadas en circunstancias que hacen de ellas una prueba de fuego para la aún débil democracia dominicana. Cuando no es una denuncia alegre y sin fundamento de conspiración, o amenazas de muerte contra figuras importantes, son problemas en el centro de cómputos en la JCE, o nuevas revelaciones de la práctica viciosa de uso ilegal de recursos públicos para crear un desbalance electoral.

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Más impuestos y préstamos

Cuesta entender las razones por las cuales los dirigentes de países como el nuestro, se resisten a aprender de las experiencias económicas de las naciones ricas. La mayoría de esos países han tenido la fortuna de darse gobiernos con un sentido amplio de las realidades, que en situaciones difíciles, han asumido la responsabilidad de tomar los toros por los cuernos.

Ronald Reagan, por ejemplo, comprimió el gasto público, achicando así el papel del gobierno, mientras reducía los impuestos. La economía norteamericana comenzó a crecer y el nivel de vida de los estadounidenses mejoró notablemente. En más de una ocasión, la Junta de Reserva Federal de los Estados Unidos ha bajado las tasas de interés para impulsar la dinámica económica. El dinero deja de ser una mercancía de lujo, los préstamos se abaratan y la gente dispone así de mayor accesibilidad a préstamos para adquirir viviendas y resolver otras necesidades familiares o de sus empresas. Idénticas fórmulas han sido ensayadas con éxito en muchos otros países en distintas oportunidades.

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Un gobierno rico para una nación pobre

Nuestro verdadero problema es el creciente papel del gobierno en la vida de los ciudadanos. De él se derivan los demás. A despecho de la retórica a favor de una disminución de ese rol a los asuntos fundamentales, los gobiernos terminan actuando como avaros pulperos, con el perdón de aquellos que se ganan honestamente la vida detrás de los mostradores y a los que talvez estaría ofendiendo con la infeliz comparación.

La dirigencia política se pierde en la ilusión de que un gobierno rico puede hacer de todo, e incluso remediar con aluviones de recursos las consecuencias de sus propios errores.

En naciones pobres y pequeñas como la nuestra, los gobiernos se hacen ricos a costa de empobrecer a la sociedad. No quieren darse cuenta de que un peso en buenas manos privadas genera más riqueza y soluciona más problemas que cincuenta en manos del Estado. El ogro benefactor del que hablaba Octavio Paz al censurar el gigantísimo estatal se torna cada vez más grotesco.

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Diplomacia y comunicación oficial

En esencia, los logros de los viajes presidenciales son de carácter diplomático. Su importancia radica curiosamente en esa peculiaridad. Ningún conocedor de la realidad internacional se atrevería a criticar, por ejemplo, la celebración anual de la Cumbre Iberoamericana. Si bien es cierto que muchos de los acuerdos suscritos en esas conferencias no han sido aplicados todavía, la familiaridad que al través de esas citas presidenciales se consigue abre las puertas de muchas oportunidades futuras.

Muchas salidas de los presidentes no han tenido carácter de Estado y, por ende, se ha tratado simplemente de viajes privados y políticos. Pero aun bajo esas condiciones, pueden ser provechosos si se realizan dentro de un marco de transparencia total que no tienen todavía.

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La separación de poderes inexistente

La Constitución consagra la separación de los poderes. Pero ni el Congreso, ni la Suprema Corte de Justicia tienen aquí facultades reales para vigilar las actuaciones del Ejecutivo.

La tradición ha impuesto también algunas limitaciones a los medios de comunicación en su trato con los poderes fácticos. En aras de una buena y permanente relación con esos poderes, especialmente el presidencial, lo mejor ha sido siempre no hacer demasiadas preguntas. Asuntos tan fundamentales como la salud y la vida personal de los presidentes y de los líderes nacionales, no se tratan en los medios con la libertad y transparencia con que se hace en otras naciones. Un informe del Departamento de Estado norteamericano señalaba hace ya algún tiempo que algunos medios, en mi opinión no todos por supuesto, se autocensuran.

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El mayor de los desafíos

El exceso de población adquiere singular dramatismo en los países en desarrollo. Su limitada capacidad de producción y la falta de tecnología dificultan la alimentación adecuada de millones de seres humanos, que subsisten en condiciones extremas de pobreza e indigencia.

Es precisamente en estos lugares, donde las desigualdades sociales se muestran más patéticas y las necesidades más perentorias. Y es donde paradójicamente los problemas demográficos y de escasez de alimentos no figuran en las listas de prioridades. Con todo, han planteado un desafío nuevo a los planificadores: cómo lograr un equilibrio entre la producción de alimentos, insuficiente en muchas partes, y el número de personas que habitan la Tierra.

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Catorce años después

El 2 de febrero de 2010 escribí: “Inevitablemente llegará el día en que la atención internacional sobre Haití disminuirá hasta un punto en que la ayuda humanitaria decrecerá, los médicos y socorristas volverán a sus países y los haitianos tendrán que hacer frente a la tragedia en medio de la soledad que siempre sigue a los infortunios. El momento justo para el cual los dominicanos debemos estar preparados, porque vendría acompañado de las réplicas que aún no han sacudido el suelo nativo y que se manifestará, si llegara a ocurrir, en avalanchas masivas de huérfanos y damnificados en busca de lo que ya no podrían conseguir en Haití”.

A mediados de abril de ese año se realizó en esta capital una conferencia para coordinar la ayuda que la comunidad internacional estaba dispuesta a prestar a la vecina nación en el corto, mediano y largo plazos. De esos compromisos y de la voluntad que posteriormente demuestren para cumplir con los objetivos de la recuperación haitiana, escribí entonces, dependerá el que el inevitable momento del olvido no termine de derrumbar las esperanzas que el sismo dejó débilmente en pie, sobre cimientos erosionados por la furia de la sacudida.

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El compromiso que no alcanzamos

Nada que haga el Gobierno encuentra apoyo en la oposición. Así ha sido la tradición política dominicana. Esa característica peculiar se da incluso en los temas en que teóricamente hay coincidencia de pareceres, y nos impide avanzar en la búsqueda de solución a los problemas que arrastramos desde el nacimiento mismo de la República.

Se ha escuchado decir a todo aquél que hace vida política partidaria que la educación es la clave del futuro, la magia liberadora de la esclavitud proveniente de la ignorancia y del analfabetismo. Ocurre igual con la salud pública, el medio ambiente, el transporte, los servicios públicos y cuantas cosas influyen en la vida diaria de la gente que habita este país. Bastaría una simple revisión de las propuestas electorales, las más recientes y las del pasado, para comprobar cuán similares son y han sido las de unos y las de los otros, sin que en la práctica se haya dado un concierto de voluntades para hacerlas realidad y sentar así las bases del bienestar real al que todos, por igual, tenemos derecho sin importar afiliaciones y creencias.

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