El rol del Gobierno en la economía

La realidad indica la importancia de promover una mayor dosis de iniciativa individual, tanto en la economía como en las demás facetas del quehacer cotidiano. Y dos ejemplos muy cercanos, Cuba y Venezuela, resaltan esa imperiosa necesidad. Los mercados bien abastecidos han sido siempre aquellos dejados en situaciones normales a la libre competencia y a las fuerzas naturales del mercado.

La experiencia demuestra que las economías centralizadas o cualquiera de sus hijastros generan estrechez y pobreza. Constriñen el desarrollo y degeneran en el planeamiento de la vida ciudadana. También es cierto que una economía de mercado sin restricción alguna impide la justicia social. De manera que lo ideal es un modelo intermedio para garantizar el principio de la distribución del poder y propiciar oportunidades más equitativas dentro de un sistema de libre concurrencia.

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La consigna del atraso

La izquierda latinoamericana, todavía sembrada en la guerra fría, no escatima esfuerzos para desacreditar la inversión extranjera en los países democráticos, pero guarda un sospechoso silencio frente a las cada vez mayores concesiones del gobierno castrista para atraerse capital foráneo, que aumentaron con el restablecimiento de relaciones con Estados Unidos.

Muchas de esas concesiones serían difíciles de imaginar aún en aquellas naciones en donde, según esa izquierda, existen regímenes de extrema derecha, sometidos a la voluntad del poder imperial estadounidense. Han sido muy escasos los grandes proyectos de inversión emprendidos en la República Dominicana, para citar un ejemplo, en los que esos grupos no se hayan movilizado para desacreditarlos y motorizar campañas de opinión con el propósito de ahuyentarlos.

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El deterioro viene de lejos

En un reportaje en abril del 2007, El Caribe resumía la opinión de los periodistas Juan Bolívar Díaz y Huchi Lora acerca del deterioro de la calidad del periodismo nacional. Me permito agregar a esas calificadas opiniones que el lado más oscuro y ominoso de ese fenómeno no radica solamente en la falta de talento de quienes ejercen el oficio.

Algunos de los ejemplos más deprimentes provienen de gente que sabe escribir y entiende los secretos del oficio. Gente que ha renunciado al ejercicio puro para poner su talento y experiencia del lado de proyectos políticos. Y cuyo papel queda reducido así a la penosa y estéril tarea de tratar de refutar lo que otros periodistas dicen. Los rastreadores de talento periodístico, en su esfuerzo por anular el derecho a la crítica, han hecho de este modo tanto daño al periodismo dominicano como otras formas más brutales de censura, no por eso más efectivas, que dominaron en el pasado.

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El nuevo paradigma de la radio

Los excesos en los medios suelen ser tan dañinos para la moral pública y los derechos ciudadanos como las restricciones al ejercicio de la libertad de expresión. Hace un tiempo, me tocó escuchar por la radio un espectáculo vergonzoso, impropio entre profesionales del periodismo. Ocurrió en medio de una violenta discusión sobre las diferencias de criterio de funcionarios del área económica.

Le llamaron por cuantos epítetos uno pueda imaginarse, con vocablos groseros e insultantes. El programa tiene fama de burlarse de los escuchas, pero en la citada oportunidad no se respetaron límites.

Momentos hubo en que pensé que la discusión, cada vez más agria, con ofensivas referencias personales, llegaría a vías de hecho. Las malas palabras, pronunciadas en un tono que herían los oídos, se sucedían sin parar una detrás de la otra. Fue estremecedor escuchar todo aquello.

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Amigos y colaboradores de presidentes

La creencia de que el poder conlleva privilegios especiales ha sido transferida de gobierno a gobierno en el curso de nuestro desarrollo democrático. No es sólo que así lo hayan creído los mandatarios. El problema es que a eso lo arrastran también casi siempre sus colaboradores.

El resultado conlleva por lo general un proceso de deterioro gradual de las imágenes de esas administraciones, con un alto costo político para el presidente. Así ocurrió en la administración reformista, luego durante el mandato de Antonio Guzmán, se repitió en el efímero lapso de la transición que encabezó Jacobo Majluta y se ha impuesto sin cesar después.

Con muy contadas excepciones, nadie se acerca a un presidente con el ánimo exclusivo de ayudarle, lo cual, además, resultaría en extremo difícilEn el reino de la adulación sólo se admiten los que están dispuestos a seguir la práctica.

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Las fallas de una comunicación excesiva

Pretender que un gobierno pueda hacer bien todo cuanto hace o que por el contrario sea negativo cuanto realiza me parece irracional. Lo razonable es que tenga aciertos como también muchos errores. El balance sobre el desempeño depende en gran medida del nivel en que se le juzgue, pues el pasivo social suele ser mayor que la capacidad de un país para encararlo y superar las enormes desigualdades existentes.

Suele creerse que el problema radica en la comunicación, pero una buena comunicación necesariamente no surge ni se la mide en función de su volumen. Como todo en la vida, la saturación con ella puede tener un efecto contrario al que se persigue. Lo que vale e importa es la calidad, como en cualquiera otra actividad humana.

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El valor de la opinión pública

De las muchas tareas que los dominicanos deberíamos tener en agenda, las más importantes se relacionan con la necesidad de establecer normas lo suficientemente claras en el campo de los derechos ciudadanos. Nos esperan pues grandes batallas de opinión pública.

Sin ánimo de exageración, no me cabe duda alguna de que del éxito de esas luchas dependerá el futuro de las libertades. Si queremos vivir en paz y sin miedo a los excesos de la autoridad estatal, debemos construir una corriente de opinión capaz de derribar la intolerancia propia de los poderes públicos. Los gobiernos no pueden continuar actuando a espaldas de las realidades nacionales ni del interés de la población. En una democracia real, los gobernantes responden a las demandas del público. En nuestra peculiar forma de entenderla, los ciudadanos estamos subordinados al capricho de quienes ejercen funciones públicas, sea por mandato popular o por designación administrativa.

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El irracional fanatismo islámico

SANTO DOMINGO.- En la prensa dominicana se publicaron escritos y verbales de intentos de justificación de la matanza de los redactores y caricaturistas del semanario satírico parisino Charlie Hebdo, con los pretextos más absurdos e infantiles. Se ha alegado que el medio se burlaba de la fe de millones de musulmanes, y tratándose en su mayoría de periodistas, moralmente obligados a defender la libertad de expresión, la argumentación resulta penosa.

Algunos se enredaron en su propia trampa al señalar que si bien condenaban la matanza a sangre fría de las doce periodistas franceses, en una acción de cobarde irracionalidad, propia de dementes y fanáticos, no se debía permitir ni aceptar lo que han llegado a calificar como excesos y posiciones irreverentes contra una religión.

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