Consecuencias de votar como borregos

A cuatro meses y medio de las elecciones pasadas, la geografía nacional luce atiborrada de afiches promocionales con los rostros de los miles de aspirantes a la presidencia, al Congreso y los municipios. Y no parece posible que esa promoción que afea nuestras ciudades y carreteras sea retirada, como sería la obligación de los partidos y candidatos que la colocaron.

Peor todavía, no he escuchado ni leído una sola propuesta de los afortunados que fueron elegidos sobre lo que piensan hacer, o acerca de su visión sobre la vida parlamentaria, el gobierno municipal o el futuro de la nación. Y dudo que se molesten en darle esa obligada explicación al electorado nacional. ¿Saben por qué? Simplemente porque muy poco les importan los deberes implícitos a las posiciones que han asumido y su compromiso se reduce a ajustarse a la línea de obediencia partidaria que se les traza, aun en situaciones en que el deber con la nación y el bienestar de la sociedad deberían estar primero.

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Un poco de historia en fin de semana

Hagamos un poco de historia. Trujillo gobernó con mano de hierro este país por 30 años. Cuando mi hija nació, Balaguer, su heredero, estaba en el tercer año de su primer mandato constitucional y su tercera presidencia. Había sido presidente desde agosto de 1960 hasta el 1 de enero de 1962, y luego por 16 días al frente de un consejo de Estado.

Mi hija se graduó de la universidad e hizo una maestría en el exterior y todavía Balaguer, ya ciego, ejercía la presidencia. Nacieron sus dos hijas y todavía el líder reformista, aunque fuera del poder, seguía como candidato al cargo y líder de la oposición. Cuando la mayor de mis nietas, nació, el hoy expresidente de la República, Leonel Fernández, estaba a mitad de su primer mandato y quién después le sucedió en el 2000, Hipólito Mejía, había sido años antes candidato a la vicepresidencia.

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El grave peso de las diferencias políticas

La mayor de nuestras fatalidades siempre ha sido la dificultad de la clase política para echar a un lado sus diferencias, que en el fondo no son tantas ni abismales, para laborar juntos y en armonía en un objetivo común. Y cuando revisamos las posiciones de los actores políticos y los del ámbito civil, es fácil encontrar una similitud de propósitos muy superior a sus desacuerdos.

Inexplicablemente ha costado mucho encontrar vías expeditas para hallar la solución de nuestros más graves problemas, por la falsa creencia de que endosar propuestas ajenas equivaldría a poner al contrario en posición de ventaja, despojándose a sí mismo de una oportunidad para brillar cuando toque estar al frente. Esa característica de la realidad nacional, revela la terca mediocridad que mueve la acción política a base de resortes estructurados para funcionar solo en sórdidas componendas de conveniencia particular.

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La tecla que nadie toca

El creciente papel de las iglesias en la discusión de los temas políticos y electorales, e incluso en los más mundanos y laicos de los asuntos, nos recuerda “el muro de separación entre la Iglesia y el Estado” que Thomas Jefferson delineó en su memorable carta del 7 de octubre de 1801 a la Asociación Bautista de Danburg, Connecticut. Un concepto que la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos usó en 1962 para validar su decisión de declarar inconstitucional la obligación de hacer oraciones en las escuelas públicas, estableciendo una línea entre la religión organizada y el Estado.

Mucho antes, a comienzos de la Reforma protestante, Martín Lutero había ya articulado los fundamentos de lo que se conoce como la doctrina de “los dos reinos”, marcando así el inicio de la concepción moderna de la separación de la Iglesia y el Estado, a lo que el país renunció al suscribir en 1954, durante la tiranía de Trujillo, un Concordato con el Vaticano, concediendo además a la católica privilegios negados a otras confesiones religiosas.

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El sentido real de la riqueza

Diariamente mi correo electrónico amanece lleno de basura que elimino sin leer. Otras veces, me trae alentadores y edificantes mensajes sobre la vida y las cosas de valor que giran a nuestro alrededor. Quisiera compartir con los lectores de esta columna uno de esos mensajes. Tiene que ver con la riqueza y las distintas definiciones que se pueden obtener de ella.

A dos grupos de personas se les hizo la siguiente pregunta: ¿Qué es la riqueza? El primer grupo respondió de la manera siguiente: El arquitecto la identificó con proyectos que generan mucho dinero. El ingeniero con sistemas útiles y bien pagados. El abogado con casos judiciales que dejen ganancias. El médico con muchos pacientes que le permitan comprar una casa grande y bonita. El gerente con una empresa en niveles de ganancias altas y crecientes. El atleta con la fama y el reconocimiento mundial, para estar mejor pagado.

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La perenne letanía que nos adormece

La oposición necesita más creatividad para alcanzar o recuperar el poder. Debería enfocarse en el análisis de los planteamientos oficiales y abandonar la costumbre de reducir las respuestas a simples e inocuas descalificaciones, cuando se trata de discursos de rendición de cuentas o de iniciativas para resolver, por ejemplo, los daños de un huracán.

Por años me ha intrigado la reacción de los partidos y de sus dirigentes sobre esos discursos y la curiosidad me llevó a revisar los pronunciamientos de los grupos de oposición y de sus dirigentes en pasadas comparecencias del jefe del Estado, tanto en gobiernos del PLD, como en las administraciones de Balaguer, las del PRD y, por supuesto, las del PRM.

Comprobé que en la mayoría de los casos no había sido necesario escuchar a los presidentes. Muchas de las reacciones leídas en una revisión que he realizado de esos años muestran una enorme similitud en las observaciones a esos discursos. Insustanciales letanías que no aportan mucho. Si se les presta la debida atención a muchas de esas reacciones, parecen calcadas de un manual de oposición que nadie, hasta ahora, se ha empeñado en escribir.

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¡Atrapemos el futuro, no lo dejemos escapar!

El sorprendente desarrollo industrial, tecnológico y cultural de Israel, Taiwán y Corea del Sur, en circunstancias muy adversas, debería servirnos de ejemplo de lo que podríamos alcanzar como país, dadas nuestras riquezas naturales y nuestra privilegiada situación geográfica, en el centro del Caribe, con fácil acceso a los grandes mercados como Estados Unidos y Europa.

Las oportunidades son incalculables si nos entregamos a la tarea de planificar a largo plazo, sin dejarlo todo al Gobierno, y echamos a un lado la intensa pasión por la retórica estéril, que agota las energías y nos hace mirar siempre por el retrovisor, no por lo que figura delante de nosotros. Nos falta tal vez vocación para concertar compromisos, mientras nos sobra entusiasmo para la improductiva tendencia a escuchar el eco de nuestras propias voces y descartar las demás, y en la falsa creencia de que el éxito del esfuerzo común sólo le pertenece al grupo que gobierna.

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El país que somos y seremos

Me han preguntado qué quiero significar cuando escribo que la imagen del país en el exterior se da principalmente por las empresas y marcas nacionales, la actuación de sus artistas y lo que logran sus atletas. La respuesta es simple. La idea que los dominicanos y ciudadanos de otros países tenemos de los Estados Unidos emana del conocimiento de sus productos, como sus vehículos, sus cadenas de comida rápida, sus bancos, Disney, Hollywood y muchos otros emblemas que lo identifican. España es para nosotros lo que sabemos de sus vinos y comidas, sus ciudades y el legado histórico de la conquista.

Nuestra imagen en el exterior se sostiene por el turismo, las inigualables marcas de cerveza y ron, el merengue, Juan Luis Guerra, Michael Camilo, los productos de zona franca y la calidad de nuestro béisbol. Cuando un presidente viaja fuera del país para promover negocios está abriendo puertas para que esos símbolos nacionales penetren a otros mercados.

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