El veneno del poder sin límites

Todo el que quiera engañarse está en libertad de hacerlo. A fin de cuentas, esa es una de las ventajas de la democracia que todavía no nos han robado, aunque en honor a la verdad no nos han dejado muchas. Endosando la interpretación constitucional del jurista Julio Cury sobre una nueva candidatura del tres veces presidente Leonel Fernández, rememoro la vergonzosa carta suscrita por 26 de los 32 miembros del Senado anticipándole al presidente el pleno respaldo a su eventual postulación para un cuarto mandato en el 2012 lo cual le estaba prohibido por la Constitución.

Lo deplorable de ese acto de sumisión, al mejor estilo trujillista, proviene no solo de los conceptos sobre los cuales los senadores sustentaban su adhesión a una nueva reelección, sino al hecho de que esos mismos legisladores hicieron posible con sus firmas un texto constitucional que prohibía tajantemente lo que después, ignorando su compromiso con la nación y el juramento de ser fieles a la Carta Magna, se ufanaban de promover.

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Evitemos lo que parece inevitable

Quien piense todavía que todo aquí seguirá igual, en relativa tranquilidad, sin grandes movilizaciones callejeras, o es muy optimista o simplemente no vive en el país. Las imágenes de las protestas ciudadanas en otros países podríamos verlas muy pronto aquí, si continúan apretándole la garganta al pueblo con nuevos impuestos y aumentos diarios de los servicios.

Podrían incluso darse en una dimensión mayor, si se toma en cuenta que las necesidades en muchos de esos países son menores en todos los sentidos que las nuestras. Allí la gente no amanece en Navidad para obtener una cajita de alimentos para un par de noches y una tarjeta para suplirse de gas y llenar otros requerimientos esenciales de la vida diaria.

Quienes están en absoluto control de los estamentos del Estado no ofrecen señales de cambio ni disposición de ceder los espacios logrados en un ejercicio del poder concebido para ellos solos. No nos engañemos porque lo que viene nos puede tomar desprevenidos. Hay que estar preparados para lo peor y no me crean un pesimista impenitente porque la pobreza lo contamina todo a nuestro alrededor y la protesta es la única forma de expresión de quienes ven agotadas sus posibilidades de crecimiento material y sufren los espasmos dolorosos de noches de hambre e insomnio.

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El buen ciudadano, según Cicerón

Hace años me referí a la evidente intención partidista de un correo electrónico con una declaración atribuida al político, orador y pensador romano Marco Tulio Cicerón, pronunciada supuestamente 55 años antes de Cristo, aplicable a la situación de entonces en el país, y que hoy encaja todavía en la realidad que enfrentamos.

Según el suelto cibernético, en aquella denuncia ante el Senado de Roma de la conspiración de Lucio Sergio Catilina (recordemos su histórica filípica: “¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia, Catilina?”), Cicerón habría dicho lo siguiente:

“El presupuesto debe equilibrarse, el Tesoro debe ser reaprovisionado, la deuda pública debe ser disminuida, la arrogancia de los funcionarios públicos debe ser moderada y controlada, y la ayuda a otros países debe eliminarse para que Roma no vaya a la bancarrota. La gente debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de vivir a costa del Estado”.

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Entre el poder y la fe

El poder, cuando se ejerce prolongadamente, e intenta perpetuarse con un regreso, viene cargado de sorpresas. Pero también hace milagros. Me refiero al de la conversión. Transforma y hace devotos a quienes una vez fueron ateos. Cambios tan radicales vienen por diferentes causas. La necesidad que impone la permanencia en la cúspide o el retorno a ella o la visión íntima y personal de pequeñez que sólo los iluminados, los verdaderamente grandes, alcanzan cuando otros se postran ante ellos en señal de sumisión.

Cualquiera sea la razón, para todo fin práctico es irrelevante, lo cierto es que la fe, al parecer, ha encontrado sitio donde antes nunca estuvo. Una consecuencia lógica del final de la guerra fría o tal vez de las peculiaridades de la política doméstica y de la enorme influencia de la religión en la vida del país.
De pronto ser buen creyente es mejor negocio que no profesar fe alguna. Lo dicen las encuestas. La profunda religiosidad del dominicano, ricos, pobres o clase media, no hay mucha diferencia, es cosa del otro mundo. Nadie ganaría la presidencia si negara a Dios, ignorara la importancia de un santuario, o si prestara oídos sordos a las necesidades de una congregación. Especialmente si ella vino acompañada de los descubridores, y se estableció entre nosotros primero y antes que en cualquier otro lugar en este nuevo mundo, todavía tierra de promisión y esperanza.(Reproducido con autorización del autor. Publicado en elCaribe)

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La irónica gracia de Sara y Pedro

Pocos intelectuales y periodistas escriben en este país con la gracia con que suelen o solían hacerlo, para disfrute de sus lectores, Pedro Conde Sturla y Sara Pérez. Y digo solían porque tengo tiempo que no veo sus escritos. La ironía cobra en sus prosas la categoría de arte en su más alta expresión. Aun cuando abordan temas tan mundanos y áridos como la política, sus artículos son de antología. Sus entregas sobre el desempeño de la administración Fernández hicieron historia en el periodismo de opinión.

Muy pocos en el ámbito de la crítica periodística se les comparan. Pero es cuando tocan otros temas, como aquel de Pedro sobre la beata enclaustrada hace años, o el de Sara titulado “Una palabra cimarrona”, para citar algunos de los que aún recuerdo, es cuando ambos alcanzan la plenitud en el manejo de la palabra escrita.

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A merced de la clase política

La mayor debilidad de la democracia dominicana, lo que la hace infuncional, estriba en la falta de una opinión pública vigorosa, que se deje sentir y tenga eco en las alturas del poder político. Es cierto que se la ha estado creando al través de las actuaciones y vigilancia de instituciones de la sociedad civil como Participación Ciudadana, Finjus e incluso de organizaciones como el Conep y la ANJE. Pero la distancia por recorrer sigue siendo muy extensa.

Los gobiernos no escuchan los reclamos de la sociedad y sólo se sienten comprometidos cuando sienten que el agua les llega al cuello. Tenemos un ejemplo histórico patético de esa realidad, con el excesivo proselitismo de que somos víctimas con vistas a elecciones presidenciales que se inician al día siguiente de haberse cerrado las urnas de los comicios anteriores. Las campañas no cesan nunca y ello agrava nuestras dificultades económicas, distrae tiempo y recursos públicos de manera exagerada e irresponsable.

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Bosch y la banda presidencial (2 de 2)

Conforme lo exigía el protocolo, durante su viaje a México días antes de su derrocamiento, el profesor Juan Bosch intercambió regalos con su anfitrión el presidente Adolfo López Mateos en el Palacio de Los Pinos, residencia oficial del mandatario azteca.

El mexicano le entregó a Bosch un estuche con dos gallos de pelea labrados en oro, plata y cobre, y una réplica de la campana de Dolores, la pequeña iglesia donde se hizo el pronunciamiento que dio inicio a la independencia de México. Bosch le entregó al mexicano una caja de puros dominicanos, una caja con arroz, trigo, granos de cacao y pequeñas porciones de dos tipos de café. El presente incluía un par de guineas vivas en una jaula rústica de madera y fibras, que motivaron comentarios en la prensa azteca, según destacaron diarios nacionales.

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Playa Caracoles, 53 años después

Cincuenta y tres años después de su muerte, quedan todavía muchas interrogantes acerca de la campaña guerrillera en la que perdió la vida el coronel Francisco Caamaño Deñó. El hecho continúa siendo objeto de  pasional controversia, respecto al papel jugado por el Partido Revolucionario Dominicano y su líder de entonces, el ex presidente Bosch, quien en esos días pasó a la clandestinidad alegando que su vida corría peligro.

Bosch incurrió en numerosas contradicciones en los meses siguientes al desembarco de Playa Caracoles, negándose a aceptar la presencia del ex oficial en el territorio nacional al frente de un pequeño grupo insurgente, al desvincularse de todo nexo con la guerrilla.

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