No todo se resuelve con impuestos

Cuesta entender las razones por las cuales los dirigentes de los países en desarrollo, como el nuestro, se resisten a aprender de las experiencias de las naciones ricas en materia de economía. La mayoría de esos países han tenido la fortuna de darse gobiernos con un sentido amplio de las realidades, que en situaciones difíciles, han asumido la responsabilidad de tomar a los toros por los cuernos.

Ronald Reagan, por ejemplo, comprimió el gasto público, achicó así el papel del gobierno, mientras reducía los impuestos. El resultado no se hizo esperar. La economía norteamericana comenzó a crecer y el nivel de vida de los estadounidenses mejoró. En más de una ocasión, la Junta de Reserva Federal de los Estados Unidos ha bajado las tasas de interés para impulsar la dinámica económica. El dinero deja de ser una mercancía de lujo, los préstamos se abaratan y la gente dispone así de mayor accesibilidad a préstamos para adquirir vivienda y resolver otras necesidades familiares o de sus empresas. Idénticas fórmulas han sido ensayadas con éxito en muchos otros países en distintas oportunidades.

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¿De qué patriotismo hablamos?

Ahora que se habla tanto de patriotismo y del peligro que representa para la nacionalidad dominicana la masiva inmigración ilegal desde el lado oeste de la isla, sería oportuno rescatar, comenzando en las escuelas, el valor de los símbolos patrios del olvido y observar rigurosamente su uso, específicamente cuando se trata de la bandera. Por años, he llamado la atención acerca de la extendida práctica de emplear en los cuadrantes azules de la insignia nacional, matices distintos que no corresponden al real de la bandera, en especial ese que los estadounidenses llaman “navy blue”, y no el azul ultramar establecido en la ley que regula su uso.

En ese afán llegue a escribirle hace unos años a los presidentes del Senado y de la Cámara de Diputados, al observar que allí se izaban banderas con distintas tonalidades del azul, unas del lado de las otras, como también podía verse el mismo día en el palacio de la Alcaldía y en la sede del Poder Judicial. Ninguna de las cartas, que entregué personalmente en la sede del Congreso, recibió respuesta. He escrito también una decena de artículos sobre el caso y ni el Instituto Duartiano, ni la Academia de la Historia, de la que soy miembro, se han interesado en el tema.

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El tirano detrás de la adulación

Se pretende presentar a Trujillo como un promotor de las letras y a él mismo como un entendido en esos asuntos, dentro de los esfuerzos para reivindicar su tiranía y promoverla como un fenómeno propio de su época. Era ruin, despreciable, y su vida fue un rosario de canalladas en el más estricto de los sentidos. Su concepción del poder no fue distinta a la de otros muchos tiranos de su tiempo, en esa oscura etapa de la vida latinoamericana. Su única frase original en tres décadas de despotismo, en la que se otorgó cuantos títulos pudo imaginarse, fue la de “y seguiré a caballo”. La frase fue pronunciada en ocasión de uno de tantos homenajes organizados por sus aduladores para reclamarle su permanencia en el poder y se unía a un voluminoso dossier de libros, canciones, poesías, artículos, conferencias y estatuas de bronce diseminadas por todo el territorio nacional, que demostraban, más que nada, su pequeñez y su avaricia sin límites de ninguna naturaleza.

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Mito del comunismo y el castrismo

Sobre la base de mitos se atribuyó a la sociedad comunista un proceso permanente de evolución social que en realidad nunca poseyó. El carácter heroico otorgado a los movimientos marxistas fue por décadas una de las leyendas más propaladas. Sin embargo, el heroísmo y el sacrificio extremo no fueron las notas descollantes en muchos de esos procesos revolucionarios.

La colectivización que provocó más de veinte millones de muertos durante el sangriento mandato de Stalin, fue el paso crucial para la consolidación de la revolución bolchevique y es imposible encontrar en ese proceso negro de la historia soviética algún rasgo de humanidad o algo que la justifique, que no sea la ganancia del poder por parte del tirano y sus colaboradores.

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La inmigración vista por juez del TC

Cuando era juez del Tribunal Constitucional, Víctor Gómez Bergés, puso en circulación en el 2016 un libro sobre los “derechos económicos, sociales y culturales en la Constitución” del 2010. Según escribí entonces, su tesis es útil a todo debate académico y político acerca de la importancia que esos elementos tienen para la vida institucional dominicana y un homenaje a su memoria.

La obra dedica un amplio capítulo al análisis del problema migratorio, el más controversial de esos derechos en el contexto actual de las relaciones bilaterales con Haití. El autor plantea el tema desde una perspectiva histórica, social y política, a la luz de las experiencias migratorias más conflictivas del fenómeno en el hemisferio, como han sido los casos excepcionales del flujo migratorio de México a Estados Unidos; de Nicaragua a Costa Rica y por supuesto del vecino estado hacia esta parte de la isla. Gómez Bergés califica esta última como la “más compleja y difícil” registrada en el continente, y señala la atención que ha atraído a nivel mundial desde la sentencia del Tribunal Constitucional de septiembre del 2013.

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La reforma y el renacer del estatismo

El Gobierno intenta desviar la atención de los graves problemas nacionales y la preocupación que genera la propuesta de reforma fiscal. La solución de muchos de esos problemas escapa a la capacidad y voluntad del Gobierno. Algunas señales han comenzado a aflorar. De pronto estamos viendo un renacer de las tendencias a conferir un mayor papel al Estado en la vida nacional. Lo que aparentemente se persigue con la reforma es un indicio.

La señal no podía ser más preocupante y desalentadora, sabido el decepcionante resultado de la gestión pública y su reducida capacidad para acometer, por una parte, las grandes tareas que la realidad internacional nos plantea y, por la otra, para encarar la crisis de los servicios y las deficiencias crónicas de los sectores en los cuales su acción se hace inaplazable, aunque brilla por su ausencia. Como ejemplos palpables de ello tenemos el estado crónico de la educación, la salud, el medio ambiente y la agropecuaria, que desfallecen aceleradamente por falta de atención oficial.

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El tratamiento de la “cuestión haitiana”

Cuando se trata de Haití, solemos dejarnos arrastrar por el fanatismo. Lo inteligente sería invitar a las organizaciones que nos acusan de maltrato a los ilegales a extender de manera conjunta su lucha por los derechos de los inmigrantes haitianos a su país. Así, un esfuerzo loable, de enorme contenido humano, beneficiaría a más de 10 millones de personas en lugar de los dos o tres millones que se dice viven ilegalmente en el país.

No podemos decir que este sea el paraíso para los haitianos que se van de su país tratando de encontrar en el nuestro una oportunidad que el suyo no les brinda. Pero si bien es cierto que miles de ellos pasan penurias aquí, muchos otros, la mayoría, logra establecerse sin extremas dificultades, copando áreas enteras del mercado laboral al que miles de dominicanos desempleados ya no tienen siquiera acceso.

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El legado democrático

Un régimen de libertades civiles plenas no es, ni podrá ser, el legado de un partido y mucho menos el de un líder. La democracia, con todas sus ventajas colaterales, no se pone en vigencia mediante un decreto presidencial o con la simple aprobación de una ley por el Congreso. Es el fruto de la experiencia de una nación y el resultado de un proceso en el que intervienen, en distintas épocas, diferentes hombres, mujeres, partidos y grupos sociales. Cada uno de ellos juega de acuerdo con su capacidad y condicionado por las circunstancias políticas, económicas y sociales del momento.

Con demasiada frecuencia los partidos que ejercen el poder se atribuyen la paternidad de la democracia en que vivimos. Además de constituir una sobrestimación de su rol en el proceso político nacional del último medio siglo, la pretensión denota una perspectiva estrecha de las causas que han impulsado los acontecimientos dominicanos, si no fuera por el hecho, por muchos conocido, de que la modestia no ha sido nunca virtud de quienes han tomado parte en dichos sucesos o dirigido a los partidos.

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