Año que mostró nuestras debilidades

“Tocando fondo”, el título de un libro mío que abarca un período breve pero muy intenso y reciente de la vida nacional. Muchos de los hechos que ocurrieron en ese interregno fugaz, el 2003, gravitan todavía en la marcha del país y lo seguirán haciendo por años.

Fue un año que acumuló una inmensa carga de sentimientos encontrados. Una extraña e impactante mezcla de esperanzas y frustraciones marcó la marcha del país y torcieron el rumbo por el cual se encaminaba. El propósito de ese libro no es hacer juicios de valor sobre los protagonistas de esos hechos. La recreación de sus actuaciones es más que suficiente para permitir las valoraciones que la nación se hizo ya y habrá de hacerse más adelante de ellos.

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La declaración no jurada de bienes

Se ha dicho, y al parecer es cierto, de muchos funcionarios públicos electos y designados por decreto en falta de la obligación de cumplir con el requisito de presentar una “declaración de bienes”, como exige la Constitución de la República. El presidente Luis Abinader ha sido enfático en la necesidad de hacer cumplir esa obligación, pero a medida transcurre el tiempo el interés por el tema desaparece. Pasa igual en esta como en otras administraciones pasadas. El presidente ha dicho incluso, fijando plazos, que aquellos en falta serían excluidos de la nómina pública. Como ya no se habla de ello, se presume problema resuelto.

La tradición indica cuán difícil nos resulta unirnos en pro de un objetivo común cuando surgen los intereses partidistas. Se ha dado así a despecho de situaciones en las que no existían diferencias abismales e incluso en circunstancias de pareceres coincidentes. Pero la violación del requisito de presentar una declaración jurada de bienes a quienes ejercen funciones públicas, tanto en el Gobierno central como en los demás poderes del Estado, no puede seguir tolerándose, so pena de erosionar la confianza ciudadana en las instituciones públicas y en quienes las dirigen.

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Apuntes sobre la libre empresa

La especulación, el enriquecimiento rápido y desmesurado derivado de cierta actividad comercial o empresarial, son lesivos a la libre empresa y sus efectos nocivos para la sociedad. Estas prácticas, regulares en nuestro medio, conspiran efectivamente contra un régimen de libre comercio. El daño que la especulación le hace a la libre empresa se alimenta en los intentos de asociarla al sistema mismo; considerarla como algo natural y congénito, y porque, además, se han querido desacreditar las débiles campañas contra esa aberración y se la pretende señalar como ataques al sistema y no como una acción legítima de defensa social contra los especuladores.

Para muchos empresarios, desafortunadamente, el régimen de libre empresa funciona en la medida en que se muestra tolerante frente el abuso y el afán desmedido de lucro, que en nuestro ambiente se dan pronunciadamente en las esferas políticas como en la actividad comercial. Y deja de funcionar, o no existe, desde el momento mismo en que se ponen en movimiento normas o mecanismos para proteger a la comunidad de acciones vandálicas contrarias a la ley y a la más elemental ética comercial o profesional.

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Con cuál usted se quedaría

Muchos lectores atribuyen a los periodistas, y en especial a los autores de columnas como esta, un conocimiento de los asuntos nacionales y de las personalidades del país que la mayoría de ellos no posee, incluyéndome por supuesto. Presumen que no ignoramos nada, ni siquiera aquello que pertenece al mundo íntimo de las celebridades y de los presidentes. Por eso, nada tuvo de extraño que alguien me preguntara en estos días con cuál de los dos —Hipólito Mejía y Leonel Fernández— se podría pasar mejor momento. Para explicarlo en buen dominicano, cuál de ellos es o podría ser “mejor tercio”.

Lo primero, le respondí sin percatarme de la trampa, es que ninguno bebe, por lo menos no tienen fama de eso, aunque el primero se las da de gran jugador de dominó. La cosa es que todo depende de los gustos del que figurara como acompañante. Si a fulano le gusta el internet le iría mejor con Fernández, pero si le agradan los momentos relajantes lo aconsejable sería quedarse en compañía de Mejía. Aunque no son asuntos míos, la verdad es que si me encontrara con ambos en una fiesta no tendría duda alguna en la elección.

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“Abuelo…, dale a play”

Fue Gaby, la mayor de mis dos nietas, la que me advirtió que el mundo estaba cambiando y que el futuro sería de ellos. Tenía apenas casi tres años y hace ya unos 23 de esa experiencia aleccionadora. Mi hija Lara y su esposo Luis habían decidido regresar al país seis años después de haberse casado. Gaby apenas tenía poco más de un año y Andrea, su hermanita, nacería unos cinco años después. Como una de esas tantas cosas que parecen estúpidas propias de los abuelos, se me ocurrió regalarle un par de películas de la Pequeña Lulú. La idea surgió cuando me percatéde que los dibujos del personaje que le pintaba le encantaban y la hacían saltar de gozo en la cama.

No pueden imaginarse cuánto me costó conseguirle los vídeos. No había en tiendas de juguetes nada que se le pareciera y en las de películas tampoco había en existencia. Pero un amigo vale más que un peso y el dueño de una tienda de alquiler de películas prometió ayudarme. La espera fue larga pero no estéril y varias semanas después me llamó para entregármelas.

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Aprendamos a valorar el voto

El creciente deterioro de nuestras ciudades y en especial el que se observa en el entorno turístico es incomprensible. Nada lo justifica. El argumento de la escasez de recursos es sólo una excusa. Quienes han tenido la oportunidad de conocer o visitar otras ciudades en el exterior saben que lo nuestro es simplemente una cuestión de descuido, dejadez y falta de voluntad para atender las urgencias.

Dinero hay de sobra y se gasta aquí a granel. La basura se encuentra por doquier y las áreas verdes están repletas de desperdicios y restos de utensilios plásticos, cuyo proceso de degradación dura décadas con efectos nocivos sobre el medio ambiente.

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¿Inflación? ¿Qué cosa es eso?

¿Cómo hablar de inflación de apenas un dígito con los precios actuales? Los promotores de apartamentos y edificios comerciales señalan que el costo de la construcción se ha disparado a niveles inimaginables. Incluso muy parecidos o por encima de los alcanzados durante la gran devaluación provocada por la quiebra del Baninter en el 2003.

Señalaba el propietario de un inmueble de diez niveles que apenas hace un año, cuando se inició el proyecto, la varilla costaba menos que en la actualidad e igual sucede con el cemento. Los demás componentes de una obra de esa naturaleza, como ventanas, puertas, cerámica, entre otros, han experimentado alzas similares. Negar esa realidad a nada conduce. Por lógica simple, ello tiene que reflejarse necesariamente en el precio de la vivienda.

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El costo de la corrupción

En la escena final del último acto de Lucía de Lammermoor, de Gaetano Donizetti, en el momento más sobrecogedor del aria de La locura, se escuchan voces cantar:

“El amor le nubló la razón a Lucía”.

Desde la escena inicial del primer acto del drama político nacional, se han estado escuchando lamentos sobre la forma en que la corrupción le ha oscurecido el sentido de la realidad al gobierno.

Sólo que a diferencia de los minutos finales en Lucía, no habrá aquí un Edgardo que, tendido sobre el cadáver de su amada, llore su muerte…., política por supuesto.

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