El arte de negociar para evitar acuerdos

Después de la ocupación soviética de Checoslovaquia, un partido comunista local divulgó un comunicado de respaldo a la intervención en el que también se condenaba “al gobierno yanki-balaguerista de Alexander Dubcek”. En aquella época de guerra fría, era frecuente leer en los diarios nacionales y en los periódicos de la extrema izquierda, toda clase de vituperios contra el régimen “Truji-Johnson” de Israel y cualquier otro con tendencia a valorar sus vínculos con los Estados Unidos.

La genialidad de esos grupos se daba más pronunciadamente cuando de demandas al gobierno se trataba. Por años conservé recortes en los que varios de esos grupos aparecían pidiendo, como condición para poner fin a una huelga contra el presidente Balaguer, la liberación de los presos políticos en la Nicaragua de Somoza, la retirada de las tropas israelíes de los territorios ocupados en la Cisjordania y el cese de la represión en Corea del Sur.

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La febril e inaceptable idea de fusión

Mientras se deterioraba la imagen del país y se le acusaba de promover políticas racistas contra los ilegales haitianos en su territorio, creció la tesis sobre una conspiración de las grandes potencias para fusionar los dos estados. La idea siempre me pareció irrealista, producto de un excesivo pero comprensible celo nacionalista y de un total desconocimiento de las causas que condujeron a la fragmentación de países europeos cimentados en la fusión de nacionalidades caracterizada por la supremacía de unas sobre las demás.

Tal fue el caso de la Unión Soviética, donde el predominio ruso se basó en la supresión de lenguas y tradiciones de otras repúblicas que la integraban y que al primer sólido sacudimiento de la unidad se disgregó en infinidad de estados independientes.

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Regalos navideños: práctica corrupta

Por años he criticado el uso de fondos públicos por parte de los funcionarios, en cualquiera de los estamentos del Estado, para la compra de regalos navideños que generalmente se intercambian entre ellos o se envían a periodistas y a los ahora llamados comunicadores para pagar buenos tratos mediáticos. Y la vecindad de la época es apropiada para recordarlo.

Ese hábito, convertido con el tiempo en una tradición de la época, ha sido otra forma de corrupción, porque, como dice la ley, nadie tiene derecho a usar la propiedad pública en beneficio privado. El dinero del presupuesto solo tiene un uso correcto y es el que la ley que lo aprueba cada año señala y debe estar centrado en la solución de los problemas nacionales o en la debida aplicación para el que se destina.

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Chavismo, penitencia venezolana

El chavismo tiene que ser la penitencia que los venezolanos se han visto obligados a sufrir por algún pecado imperdonable. Soportar a Hugo Chávez tuvo que ser un fastidio, especialmente para aquellos con un concepto definido de la democracia. Pero lo de Nicolás Maduro es inaguantable. De todas maneras, si no fuera por el efecto nocivo de sus actuaciones en la vida institucional de ese hermoso y grande país, el ejercicio presidencial de ambos resultaría de lo más divertido.

Algunos intentan hacer diferencia entre uno y otro. A Maduro se le apareció un pajarito para confiarle un mensaje de Chávez desde el más allá. Pero Chávez fue quien trazó las líneas. Cómo olvidar aquél discurso del comandante al reanudar sus interminables alocuciones semanales en su programa “Aló Presidente”, que tenía suspendido debido al mundial de fútbol y su gira posterior al extranjero. En esa intervención se refirió a la salud de Fidel Castro diciendo que el líder cubano estaba recuperándose de la operación que lo obligó a entregar provisionalmente todos los poderes a su hermano Raúl. La pieza es toda una joya de la literatura política latinoamericana.

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No se trata de hurto sino de saqueo

El hurto de propiedades públicas, cuya importancia al parecer no alcanzamos a apreciar en su justa dimensión, constituye un grave delito contra la ciudad. La sola mención de los objetos robados produce una enorme pérdida de ánimo, porque podría llevar a la falsa conclusión de que somos una sociedad de cleptómanos. Las hazañas incluyen el robo de bustos de próceres, tapas del alcantarillado, alambres de teléfonos y del cable, así como de las redes de electricidad.

La lista es mayor todavía. En zonas comerciales y residenciales quedan ya muy pocos letreros de bronce y las preferencias de los hábiles delincuentes dedicados a esa tarea incluyen las verjas de metales que rodean edificios y parques públicos, como llegara a ocurrir hace ya un tiempo el lugar turístico de Los Tres Ojos, el Jardín Botánico y el antiguo parque zoológico, entre otros. Lo más grave de todo esto es que las autoridades, que se sepa, no han podido dar con esos maleantes, por más que la lógica sugiera que estos objetos robados sólo pueden comercializarse en unos cuantos, muy escasos, establecimientos industriales. Las versiones más socorridas dicen que estos objetos, todos de metal, se funden en fábricas dominicanas para ser exportados a China, que importa toda clase de material para su industria creciente.

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Cubriendo trifulcas en saco y corbata

Bajo determinadas circunstancias, un buen saco y una corbata pueden ser el mejor aliado de un reportero en épocas de convulsión. Lo comprobé personalmente en los años setenta, mientras cubría siendo muy joven para la agencia internacional de noticias de la que era corresponsal a tiempo completo, una huelga violenta de protesta contra el gobierno de Balaguer en San Francisco de Macorís.

Usualmente iba trajeado a la pequeña oficina donde operaba la agencia en la calle Mercedes, a pocas yardas del parque Independencia, frente a una funeraria, porque en mis diarios recorridos visitaba el Palacio Nacional y cuando lo requería el Congreso. Mi urgente traslado ese día al centro de la trifulca no me permitió detenerme en casa para cambiarme de ropa para estar más a tono con lo que sucedía. Allí, en medio de una refriega, me encontré de pronto en el dintel de la puerta de entrada de una residencia en un barrio donde tenía lugar una verdadera batalla campal.

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El balance, clave del buen gobierno

Pretender que un gobierno pueda hacer bien todo lo que hace o que por el contrario sea negativo cuanto realiza me parece irracional. Lo razonable es que tenga aciertos como también muchos errores. El balance sobre el desempeño depende en gran medida del nivel en que se le juzgue, pues el pasivo social suele ser mayor que la capacidad de un país para encarar o superar las enormes desigualdades existentes.

Suele creerse que el problema radica en la comunicación, pero una buena comunicación necesariamente no surge ni se la mide en función de su volumen. Como todo en la vida, la saturación con ella puede tener un efecto contrario al que se persigue. Lo que vale e importa es la calidad, como en cualquiera otra actividad humana.

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La visión del futuro

Necesitamos definir lo que queremos ser y cómo deseamos vernos dentro de quince o cincuenta años. Tal esfuerzo no corresponde a una administración ni mucho menos a una fuerza política. Se trata de un ejercicio de conjugación de voluntades, por encima de toda confrontación o prejuicio partidista.
Si las diferencias prosiguen obstaculizando la búsqueda de ese objetivo común inaplazable, las posibilidades de un futuro promisorio serán escasas.

En sociedades democráticas las disparidades de criterio enriquecen el debate y ayudan a encontrar senderos seguros hacia el desarrollo y el fortalecimiento institucional. La imperiosa necesidad de encontrar vías de consenso para enfrentar los desafíos del porvenir de manera alguna significa una renuncia a esas diferencias. Una cosa es la diversidad de opinión, que es la esencia misma de una sana práctica democrática, a la rencilla que ha caracterizado el juego político en el país.

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