El imperativo del presente

Uno de los grandes imperativos del presente, y del futuro por supuesto, es la necesidad de encontrar la forma de conciliar los logros del crecimiento económico, alcanzado en el país, con una mejor y más equitativa distribución de sus frutos.

Entre la aceptación de esta realidad y la voluntad para llevarla a la práctica han mediado abismos insondables.

Tal vez uno de los más grandes defectos de la nación ha sido siempre la carencia de voluntad política para realizar aquellas empresas que demandan sus propias necesidades, y entender ese defecto no sólo como el fruto de decisiones y políticas gubernamentales, sino más bien como la falta de vocación general para acometerlas.

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El pobre debate sobre la pobreza

Para muchos que vivimos de este lado del planeta es prácticamente imposible la existencia sin libertad. Sin embargo, en infinidad de ocasiones me he formulado la pregunta. ¿Están millones de hispanooamericanos en condiciones de formularse el mismo planteamiento? Es una pregunta inquietante por cuanto la democracia es el más probado de los sistemas políticos y el único capaz de garantizar a la mayoría de la población sus más elementales derechos políticos y sociales.

Como la distribución del ingreso presenta escalas perturbadoras, una de las tareas más prioritarias debería consistir en procurar cierto grado de equidad social. Hemos insistido en que los niveles de distribución de la riqueza deben marchar parejos con los adelantos en materia de desarrollo político y fortalecimiento democrático. Años de fracasos en el campo de la acción económica y social han contribuido a profundizar las diferencias abismales entre minorías privilegiadas y mayorías postergadas. Sólo si se superan los niveles heredados de miseria e indigencia en esos estratos mayoritarios de la población, se evitará la amenaza de un caos social.

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La amenaza real al futuro democrático

El manto de miseria que envuelve a millones de personas es un fardo demasiado pesado sobre el prestigio del sistema democrático. Tantos niños en completa indigencia, desamparados, desprovistos de alimentación, escuelas y viviendas no son los espejos adecuados para reflejar las virtudes del sistema.

La pobreza, con su enorme secuela de desmoralización y desequilibrio social, es una espina clavada en las mismas entrañas de la democracia continental. Durante años se ha tolerado y auspiciado la corrupción, el saqueo del patrimonio público, se permitió que los bienes comunes fueran sólo usufructuados por un puñado de privilegiados, adheridos como verdaderas sanguijuelas al poder político. Cambios dramáticos, profundos si se quiere, son indispensables a breve y mediano plazos, para preservar los logros alcanzados en el ejercicio de los derechos individuales. Protegidos por una especie de paraguas de bienestar material, muchos hispanoamericanos suelen abstraerse de la realidad e ignorar el peligro que esta situación de desequilibrio social significa para la estabilidad futura de cada una de sus repúblicas.

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El interminable debate sobre el celibato

Como hombre formado en la fe católica me he preguntado acerca de la autoridad que se atribuye la iglesia para dar lecciones sobre la unión familiar, la importancia del matrimonio y el amor a los hijos. Más después que el Vaticano desmintiera en el 2009 versiones de que consideraba permitirles a los sacerdotes, supongo que también a obispos y cardenales, reconocer a sus hijos fruto de relaciones extra conyugales.

La declaración fue una admisión de que dentro de ella se violan las normas más estrictas, en este caso la del celibato, que obliga a los curas a una abstinencia que sólo algunos santos, como muchos sacerdotes que conozco, observan durante toda su vida. La discusión sobre el tema se ha extendido en toda Europa, desde el momento mismo en que las presiones internacionales abogaron por el uso del ADN para identificar a los hijos de sacerdotes.

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Ante una ola delincuencial

La crisis de valores en nuestro país no se refleja únicamente como se alega en la actividad política. Afecta a toda la sociedad y ha alcanzado niveles sin precedentes, inimaginables décadas atrás. Se mata, atraca y viola por un aparatito de teléfono celular. Se hurtan alambres del sistema de televisión por cables a hogares, el tendido eléctrico y de telefonía, las bombillas del alumbrado público y de los puentes.

En las mañanas, se descubre de pronto que alguien desenterró los llamados ojos de buey que ayudan a iluminar los carriles de las carreteras y las verjas de los parques, acciones que requieren de mucha paciencia y tienen alto riesgo. Dueños de oficinas privadas han confesado que desistieron de colocar sus anuncios de bronce, porque muy pocos de ellos han sobrevivido a la ola delincuencial que nos afecta.

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En el más sagrado y conflictivo lugar

Rodeada de murallas tan antiguas como el hombre, una gigantesca mezquita se levanta sobre un pequeño monte en el centro de Jerusalén, la ciudad sagrada de las tres religiones monoteístas. Es la mezquita de Omar o Domo de la Roca, lugar venerado por los musulmanes. Al fondo, en la planicie del Monte Moría, se encuentra la mezquita de El Aska, un templo islámico menor, en cuyo alrededor se ve siempre a cientos de ciudadanos árabes, unos andrajosos otros potentados, que lucen túnicas de mil colores. La tradición cuenta que desde el interior de la mezquita de Omar, rodeada por una baranda, Mahoma ascendió al cielo montado sobre una mula blanca.

Ante esa roca sagrada sobre la cual muchos metros más arriba se levanta la cúpula enorme de la mezquita, se arrodillan miles de fieles a implorar a Alá, su Dios. En prueba de sumisión y reverencia dejan sus zapatos a la entrada de los cuatro portales de la fachada, cubierta de lozas de mármol de llamativos colores en las que hay escritas citas del Corán. En el crepúsculo, su cúpula forrada de oro lanza resplandecientes rayos de luz sobre los tejados de piedra de la antigua ciudad, que ha logrado sobrevivir al tiempo y resurgir de la destrucción por sanguinarios conquistadores.

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El discurso boomerang del gobierno

Nunca le vi gracia a la insistencia oficialista de que el país estaba quebrado, al inicio de esta administración en el 2020. Si bien ese discurso fue muy útil en los días febriles de campaña, dudo que lo fuera y lo sea en el gobierno. Y como siempre sucede, lo que ayer usó a su favor, ahora se emplea en su contra.

Dada la prolongada crisis sanitaria aparentemente superada, es casi seguro que muchos dominicanos sientan todavía los efectos de una quiebra. Pero ningún país atrae el interés de los capitales e inversionistas extranjeros, e incluso de los nacionales, con esa clase de discurso. Nadie es tan tonto para arriesgar lo que tiene en una economía destruida. Esa era mi queja al comienzo de esta administración y hoy es la oposición la que alega que el país está como el gobierno decía que lo había encontrado.

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“La ilusión del indulto” en la política

En la psiquiatría se denomina “ilusión del indulto” a un estado de ánimo caracterizado por una especie de mecanismo de amortiguación interna percibida por los condenados a muerte, justo antes de su ejecución. Viktor Frankln, en su obra “El hombre en busca de sentido”, considerado por la biblioteca del Congreso de Estados Unidos como uno de los diez libros de mayor influencia en ese país, dice que en ese preciso momento los condenados “conciben la infundada esperanza —sin apoyadura en ningún dato real— de ser indultados en el último minuto”.

Esta “ilusión” se da también en muchos otros aspectos de la vida y en nuestro país se repiten los ejemplos. Tomemos, para citar tal vez la que mejor lo refleja, la situación de los partidos y las esperanzas que muchos dirigentes infunden en sus seguidores. Sabemos cuán delicada es y el peligro escondido detrás de la ilusión de que el triunfo electoral es solo cosa de tiempo. La gente se aferra así a la idea de que está próximo el momento en que todo le cambiará en la vida. Y esa posibilidad, tan remota a veces como ganar la lotería, para muchos nunca llega y la frustración se les torna desesperante, lo cual agrega más soldados a un ejército de frustrados, lo que no ayuda a mejorar la vida política del país.

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