Que alguien me diga qué ha cambiado

Esta sociedad, las organizaciones que la representan, tienen la obligación, moral si se quiere, de defender los valores en los que cree y pagar el precio que conlleve, sin importar cuán alto resulte. Los plazos se nos agotan. Haber rehuido por tanto tiempo esa responsabilidad, incluso cuando se la ha asumido a medias, ha traído todos los males que hoy sufrimos e intentamos enfrentar sin atrevernos a correr los riesgos que las circunstancias exigen.

La crisis energética, cada vez más penosa, los exorbitantes niveles de discreción de los funcionarios públicos, el inmenso poder presidencial, muchas veces superior a la ley y la Constitución misma, la debilidad del poder judicial, la pobreza institucional, la absoluta falta de transparencia en el sector público, el deterioro de la educación, el descalabro de la salud, la crisis de los servicios básicos, la corrupción imperante en la esfera estatal y en muchas privadas, la marginalidad social, el irrespeto a la ley, el auge del narcotráfico, la complicidad de esferas oficiales con el crimen organizado y el lavado de dinero, admitidas en su propio ámbito, son apenas algunas de las conocidas consecuencias de una indiferencia colectiva que ha permitido el surgimiento de clanes políticos sin más ambición que la del lucro personal a cualquier costo.

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Temas para una larga discusión

Por mucho que a veces nos irriten ciertos hábitos en la esfera política y en especial en el ejercicio del poder, y me confieso un crítico persistente de esos ambientes, lo cierto es que en sentido general esa clase tan denostada ha hecho su papel en la vida democrática y casi siempre es posible encontrar en ella más tolerancia y vocación de consenso que en la escena privada.

El hecho es que aún reconociendo la necesidad de achicar el Gobierno, esa reducción de roles no implica ni debe conducir a una eliminación de la presencia de los partidos y del liderazgo político en las grandes decisiones nacionales. Con todo y lo que se le pueda criticar a la acción del gobierno, genéricamente hablando, intentar que los intereses económicos controlen la vida política del país y pauten las decisiones que afectan directa e indirectamente al resto de la sociedad implicaría un retroceso en la vida institucional.

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El político más admirado

A propósito de las reacciones provocadas por encuestas en las que el expresidente Joaquín Balaguer figura como el político más admirado, recuerdo las más airadas generadas en el 2007 en la universidad estatal por un mural en el que se veía de manera preponderante su figura. El mural, que creo fue destruido, revivió el recuerdo de algunos episodios fundamentales en la historia de esa academia, la más vieja de su género en el continente.

La paradoja consistía en que irónicamente fue Balaguer quien, en los primeros días de enero de 1962, le concedió a la universidad la autonomía y fuero que aún posee, lo que le permitió al centro ampliar desde entonces su antiguo nombre de Universidad de Santo Domingo por el universidad autónoma UASD. No se trató tan sólo de un cambio de nombre, lo que hubiera resultado intrascendente, sino de un enorme paso adelante.

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Cuando la exageración alcanza el clímax

En nuestro país la capacidad de exageración no tiene límites. Como para muestra vale un botón fundamentaré la apreciación en un mito farandulero. Diva, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, se usa como sinónimo de diosa o “divina”, para exaltar el talento especial de una voz femenina.

Por eso, en el ámbito operático se suele llamar así a las grandes cantantes líricas, a aquellas voces en cualquier registro, grave o agudo, especialmente en este último, que muestren incomparable talento para alcanzar los más altos niveles artísticos. A María Callas se le llamaba Diva, como también solía decirse de Renata Tebaldi, Anna Moffo, Rosa Poncelli, Monserrat Caballé y muchas otras que deslumbraron los escenarios con sus timbres de extraordinaria potencia y belleza.

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El irredento camino de redención

La llamada izquierda revolucionaria se resiste a aceptar cuán equivocada estuvo siempre. No le basta con lo sucedido a los países del llamado Bloque Oriental europeo, la destrucción del Muro de Berlín por los alemanes ansiosos de libertad y aire puro, la triste realidad de Corea del Norte y el tímido y vergonzoso tránsito de Cuba a un modelo rupestre del capitalismo, después de más de medio siglo denostándolo como un sistema incapaz de exaltar la dignidad humana.

Casi sesenta años se necesitaron para convencer a regañadientes a los líderes de la revolución castrista de que la propiedad privada y la libre iniciativa individual son valores inherentes a la existencia misma y no señales oprobiosas de un sistema basado en la explotación del hombre por el hombre. La prometida redención del pueblo cubano se da allí con la autorización oficial para moverse con alguna libertad dentro del propio territorio de la isla, tener a título de concesión un conuco propio, una barbería, un automóvil, una computadora o una pequeña bodega para vender víveres y alimentos cocinados.

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La defensa de los derechos humanos

Por años, el tema de la defensa de los derechos humanos ha ocupado buena parte de la atención de los medios por su importancia capital en la práctica democrática y ese permanente interés ha generado serios cuestionamientos a las políticas oficiales sobre la materia. Buena parte de la preocupación se ha centrado en la protección de los derechos ciudadanos de aquellos que hacen del crimen y de la violencia física una norma de conducta, sin reparar en el daño que causan a los demás y la desprotección con que se deja a los más vulnerables, los que frecuentemente son víctimas de la criminalidad en auge.

Por desgracia, la creatividad de los organismos de protección ciudadana no se compara con la facilidad y rapidez con la que las distintas modalidades del crimen organizado han logrado ampararse en los tecnicismos que las leyes ponen a su disposición, colocándolos cada día más lejos del alcance de las sanciones legales y haciendo más difícil y menos eficiente el combate a la criminalidad y la delincuencia.

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Reflexión de comienzos de año

Nada produce más hilaridad que escuchar a los políticos e intelectuales dominicanos hablar de burguesía y pequeña burguesía en términos despectivos para referirse a los movimientos sociales o políticos que adversan a sus contrarios, porque en el más literal de los sentidos la mayoría, si no todos, son también burgueses y pequeños burgueses.

De acuerdo con la definición universalmente aceptada, la burguesía es la clase social formada por los grupos más acaudalados. Es decir, por aquellas personas que poseen capital, propiedades y bienes materiales con cuales viven. De modo que nada tiene de malo ser un burgués o pertenecer a ese mundo al que tanto se denigra y al cual anhela penetrar aquellos que lo detractan.

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La realidad del mundo en que vivimos

Vivimos una cruda falsedad creyendo, como planteara Emund Burke y tanta gente repite sin analizarlo a fondo, que bastaría con que los buenos no hagan nada para que los malos, los perversos, se salgan con la suya. No he citado el dicho entre comillas a propósito, porque hacerlo equivaldría a aceptar lo que precisamente la realidad desmonta.

Lo cierto es que este mundo no es de aquellos que tratan de ceñirse a las reglas y las normas que la sociedad se traza para organizar la vida en comunidad y lograr de esta forma que las leyes se cumplan y se pueda coexistir con un nivel mínimo de respeto a los derechos que a todos nos corresponden, por el simple hecho, si se quiere, de haber nacido.

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