Cuando los genios se unen

Pocas composiciones despiertan el entusiasmo de los aficionados a la ópera como Rigoletto, el drama de venganza, amor filial, pasión y engaño en tres actos de Giuseppe Verdi (1813-1901). Para muchos verdianos el momento más emocionante se da en el acto final en el que el Duque de Mantua interpreta la famosa aria para tenor La donna é mobile a la que sigue el no menos famoso cuarteto Bella figlia dell amore.

Los entendidos consideran esta ópera, estrenada en 1851, como una excepcional e inigualable obra maestra, y al compositor como genuino exponente del tránsito entre el bel canto de Rossini, Donizetti y Bellini, y la corriente verista.

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Exigencias para alcanzar el futuro

Las preguntas cruciales del debate sobre el futuro no pueden ser otras que las siguientes: ¿A qué país queremos parecernos? ¿A Haití, Bolivia, Nueva Zelanda o Finlandia? ¿Puede la República Dominicana financiar su desarrollo con una presión tributaria del 13 o el 14 por ciento del PIB? Si nos ponemos de acuerdo en las respuestas y miramos hacia adelante y dejamos atrás ese inmediatismo que ha caracterizado la vida nacional y mal orientado las discusiones en el ámbito de la política, seguramente superaríamos las trabas que impiden una llana discusión y todo lo demás podría resultar más fácil.

Algunos cálculos económicos sugieren que un incremento del uno por ciento del PIB en las recaudaciones fiscales bastaría para superar el déficit presupuestario. Otro uno o dos por ciento de incremento podría ser suficiente para preservar las expectativas de estabilidad macroeconómica en los próximos años y aunque hay discrepancias con respecto a estos números, es evidente que un diálogo serio y representativo al más alto nivel de la sociedad, encontraría sin muchas dificultades las fórmulas de nuestro despegue definitivo.

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Cómo se puede batear 300 en política

La política y el béisbol son nuestras dos grandes pasiones y en la primera frecuentemente se olvida que el éxito y la fama en el deporte le llegan a un jugador cuando logra la cifra mágica de los 300, para lo cual sólo se necesitan tres imparables en cada diez turnos al bate. Hago mención de esto por la añeja y errada costumbre de sostener la crítica a un programa de gobierno sobre la base de que sólo se haya cumplido parcialmente lo prometido.

Sostener, por ejemplo, toda una estructura de campaña en el hecho de que no todos los compromisos formulados en las llamadas “visitas sorpresa” del presidente Danilo Medina habían sido honrados a los grupos con los que se reunía en sus años de gestión gubernamental me pareció siempre un enfoque equivocado, porque centraba la discusión en temas sobre los cuales había evidencias de resultados. Igual ocurre ahora con ciertos proyectos, al pretender que han fracasado porque no todos los objetivos han sido alcanzados y resulten evidentes las fallas de gestión. Pero sostener que todo marcha al revés mientras el país funciona y ninguna de sus instituciones colapsa, no ayuda a lograr los objetivos reales del desarrollo al que todos, Gobierno y oposición, aspiran.

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Cuando pienso en el retiro

Cuando pienso en el retiro, siento que ese día me enfrentaré a una de mis decisiones más difíciles. Después de una larga reflexión, no necesariamente medida en el tiempo, y ante la imperiosa necesidad de dedicar cada minuto de lo que me reste de vida útil a la búsqueda de solución de los grandes problemas materiales del diario quehacer familiar, sufriré probablemente la impresión de que dilaté por demasiado tiempo la sabia decisión de echar a un lado todos los pasatiempos improductivos.

Uno de ellos, la columna diaria que he mantenido en este periódico desde septiembre de 1978, con muy ligeras interrupciones, la más prolongada e involuntaria de las cuales ocurrió con los cambios que hicieron de El Caribe el modelo de periodismo actual, para dicha de sus lectores. Admitiré entonces que la experiencia de tantos años resultó muy grata y aleccionadora y el recuerdo conspirará para hacer la retirada más odiosa y torturante.

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La moral bolchevique (2 de 2)

La explotación de un negocio del “capitalismo decadente” por Stalin en Georgia, no hería los sentimientos revolucionarios de Lenin. “Nada me importa que tengas o no asuntos con las mujeres ni que cambies de mujer con tanta frecuencia como de camisa”, escribió Lenin a Stalin. “Pero lo que sí me importa es el buen nombre de nuestro Partido Bolchevique”.

En esa perla de la herencia literaria leninista, el líder bolchevique prevenía sobre la necesidad de guardar las apariencias: “No estoy de acuerdo en que sea la mejor política para nuestro partido el estar abiertamente conectado con los burdeles que tú y Koresku organizasteis, los cuales están prosperando. Aunque comprendo muy bien que debemos obtener los fondos para nuestra lucha por el procedimiento que sea, ya que los precisamos imperiosamente, creo, sin embargo, que debería hacerse en forma tal, que jamás pueda acusársenos de valernos de la prostitución como un medio de conseguir los ingresos para sufragar nuestra obra revolucionaria”.

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La moral bolchevique (1 de 2)

En el período previo a la Revolución de 1917, y tras su regreso a Bakú después de haber escapado con una identidad falsa del confinamiento en el Norte, José Stalin encontró la organización de los bolcheviques de Georgia virtualmente diezmada. Sufrían sobre todo una aguda escasez de fondos. Para salvar al movimiento, el futuro “Zar de la Rusia Soviética”confeccionó una lista de comerciantes ricos, con la ayuda de algunos delincuentes convictos por robo, a los que exigió un pago de protección. Los que resistieron el chantaje no tardaron mucho en lamentarlo, pues sus establecimientos fueron objeto de ataques o incendios nocturnos.

Muy pronto Stalin llegó a la conclusión de que esto no era suficiente para mejorar las finanzas del partido en Georgia y recurrió a su amigo Lajos Koresku, fichado en la policía como traficante de drogas y muy conocido en el mundo de la prostitución. Con la ayuda de Koresku “consiguió” reunir a un grupo de prostitutas y montó una serie de prostíbulos en Tiflis, Bakú y otras ciudades. Parte del dinero de esas actividades era entregado a Stalin para el partido. Durante algún tiempo el negocio de la prostitución constituyó la principal fuente de ingresos de los bolcheviques de Georgia y de todo el Cáucaso, lo cual le permitió al futuro amo de Rusia reactivar el aparato bolchevique en esa vasta y agitada región.

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Obligada reflexión de fin de semana

Si algo podemos aprender de nuestra propia experiencia histórica, y de la ajena, es que el declive de una nación suele tener un punto de partida, difícilmente localizable en el tiempo. Y eso hace en extremo difícil frenar la decadencia. Pasa a menudo cuando las sociedades abandonar la custodia de lo esencial, porque esa amnesia hace olvidar el justo lugar y el momento en que, emanados, tradiciones y valores se van sin que nos percatemos de ello.

Cuando el fervor patriótico se impuso sobre la tiranía e iniciamos la construcción de un estado de derecho y respeto a las libertades ciudadanas, el ruido alrededor no permitió observar que con la destrucción de símbolos de la dictadura, con cada caída de una valla, letrero, busto o emblema del viejo régimen, echábamos a rodar, sin darnos cuenta, o tal vez por negligencia, valores propios de nuestra esencia. Cosas tan sencillas y de tan alto valor en el diario y duro trajinar, como la cortesía, el respeto a los mayores, el amor a los símbolos patrios, el cuidado de la naturaleza y la observancia de las reglas que hacen posible una armónica y respetuosa convivencia.

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El proyecto país que no tenemos

En la presentación de mi libro “Tocando fondo”, sobre la crisis bancaria del 2003 dije hace años que si bien puede verse como un año de frustración, y en efecto el frío examen de las realidades vividas en ese lapso conduce irremediablemente a aceptarlo de ese modo, creía, y aún creo, que en la profundidad de una crisis podemos encontrar la esencia de todo aquello por lo que hemos luchado. La visión cercana de la tragedia nos enseñó no sólo nuestras debilidades, de antemano perfectamente conocidas, sino el potencial que disponemos para superar las grandes calamidades.

Lo que perfila a una nación, como a los individuos, no es lo que hace en circunstancias normales, sino lo que es capaz de hacer cuando cae. Levantarse de un tropiezo hace grande a una nación, no importa cuán pequeña sea en territorio y recursos naturales.

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