Tareas para un buen Ministerio de Cultura

Es importante, y me excusan por el atrevimiento, que desde el Ministerio de Cultura se promueva la presentación de grandes obras en el Teatro Nacional. La última gran velada fue un ciclo de tres presentaciones de La Bohemia, una ópera en cuatro actos de Giacomo Puccini, con libreto en italiano de Luigio Illica y Guiseppe Giacosa. La obra está inspirada en una novela sobre las experiencias de jóvenes bohemios del barrio latino de París a mediados del siglo XIX, y se centra en la relación sentimental entre Rodolfo (tenor lírico spinto) y Mimí (soprano lírica), y que concluye dramáticamente con su muerte por efecto de la tuberculosis, lo que hace llorar desconsoladamente a su amante quien grita desesperado su nombre (¡Mimí…! ¡Mimí…!), en un estremecedor final.

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Cómo se crean las dictaduras

A la dictadura se llega por varias vías, la más común con el uso de la fuerza. En América Latina los liderazgos mesiánicos se valen de un uso torcido de la Constitución para asaltar los poderes del Estado y perpetuarse en el gobierno, con la complacencia casi siempre de las élites intelectuales y económicas. Los ejemplos abundan.

En enero de 2011 esas élites aceptaron, siendo testigos presenciales, una de las más groseras intromisiones de un poder sobre otro, lo que puso en claro la deplorable desnudez institucional que vivíamos bajo un falso ropaje democrático. El entonces presidente Leonel Fernández convocó a legisladores, abogados y líderes empresariales a una reunión en su fundación, en la cual designó, sin reparo de los presentes, una comisión para asesorar al Congreso en el tema de la Corte Constitucional, a mi juicio, como escribí entonces, una deplorable muestra de aniquilación del principio de la separación de poderes.

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Los zares del feudalismo ideológico

Hay gente empeñada todavía en la ilusión de que el marxismo es un método eficaz de análisis de la realidad social. Estos dignos herederos del feudalismo ideológico, se empecinan en la idea de que el materialismo histórico es una regla infalible para predecir el curso de los procesos sociales. Tal obstinación les dificulta una visión justa de la realidad y de sus posibilidades inmediatas. Lenin fue incapaz de evaluar en su justa perspectiva la realidad rusa en las postrimerías de la lucha contra el zarismo. El líder bolchevique era escéptico respecto a las posibilidades de un triunfo revolucionario, en momentos en que la monarquía agonizaba.

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Tareas de un buen Ministerio de Cultura

Es importante, y me excusan por el atrevimiento, que desde el Ministerio de Cultura se promueva la presentación de grandes obras en el Teatro Nacional. La última gran velada fue un ciclo de tres presentaciones de La Bohemia, una ópera en cuatro actos de Giacomo Puccini, con libreto en italiano de Luigio Illica y Guiseppe Giacosa. La obra está inspirada en una novela sobre las experiencias de jóvenes bohemios del barrio latino de París a mediados del siglo XIX, y se centra en la relación sentimental entre Rodolfo (tenor lírico spinto) y Mimí (soprano lírica), y que concluye dramáticamente con su muerte por efecto de la tuberculosis, lo que hace llorar desconsoladamente a su amante quien grita desesperado su nombre (¡Mimí…! ¡Mimí…!), en un estremecedor final.

Desde su presentación en 1896, en Turín, bajo la dirección del joven Arturo Toscanini, La Bohemia ha sido una de las óperas más populares que figuran entre las favoritas de productores y cantantes, a pesar de que inicialmente no fue bien acogida por la crítica. Se la considera de las más representativas del compositor, cuyo legado incluye un extenso repertorio con algunas de las más famosas como Tosca, Madama Butterfly, Turandot, que dejó inconclusa al morir, Gianni Schichi, cuya aria para soprano “O mío babbino caro” es una de las más conocidas y hermosas; Manon Lescaut y La fanciulla del west, famosa sobre todo por el aria para tenor Ch’ella mi creda, de extraordinaria belleza y lirismo.

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Prioridad olvidada después de elecciones

Un imperativo del presente, y del futuro por supuesto, es encontrar la forma de conciliar los logros del crecimiento económico, alcanzado en nuestro país en las últimas décadas, con una mejor y más equitativa distribución de sus frutos. Entre la aceptación de esta realidad y la voluntad para llevarla a la práctica, han mediado abismos insondables.

Desde la fundación de la República, nos ha faltado la decisión necesaria para realizar aquellas empresas que demandan nuestras necesidades, tanto en lo político como en lo privado, entendido ese defecto no sólo como el fruto de decisiones y políticas gubernamentales, sino más bien como la falta de vocación general para acometerlas. Este es uno de los puntos, sin embargo, en que la mayoría de los políticos dominicanos, con honrosas excepciones, lucen totalmente parecidos. Por lo general saben identificar las metas sin la misma habilidad para encontrar el camino de su búsqueda. La diferencia entre la inacción, que ha sido tradicionalmente la causa de muchos de nuestros males, y el correcto encauzamiento, es una voz de marcha dictada a tiempo.

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Cuando se hurga en papeles viejos

En papeles viejos hurgando ¡qué fastidio esta sintaxis solo para no iniciar con un gerundio!, he tenido la dicha de encontrar un recorte del sábado 12 de octubre de 1996, que reproduce el texto de una conferencia dictada por el Premio Nobel de Literatura, el colombiano Gabriel García Márquez, sobre el oficio que muchos periodistas hemos ejercido con pasión y entrega a lo largo de nuestras vidas.

Al releer ese texto magistral, de uno de los grandes maestros del periodismo latinoamericano, me pareció que muchos de los jóvenes que laboran para nuestros medios pudieran encontrar en él algunas enseñanzas provechosas. Me he permitido por tanto hacer aquí una mención brevísima de esa conferencia con la esperanza de que algunos de ellos, se regale un poco de tiempo para estudiarlo.

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¡Me pasa por bruto!

Todos los días, dice un viejo dicho popular, se aprende algo. Fue lo que me sucedió hace ya un tiempo con un amable agente de la autoridad del tránsito. Mientras conducía de sur a norte por la avenida Tiradentes alrededor de las siete de la noche, un vehículo público lleno de pasajeros que venía a toda velocidad en medio de un congestionamiento del tránsito tomó la vía contraria a la dirección en que yo marchaba, dispuesto a llevarse todo lo que se le cruzara por el medio.

El agente en lugar de detenerlo y multarlo por la violación a una ley de tránsito, mandó a detener a todos los que íbamos en la dirección correcta para permitirle el paso a ese ejemplar del paleolítico inferior que conducía. Sin desmontarme del vehículo y fascinado ante tal originalidad, le pedí una explicación de por qué había procedido de ese modo, cuando decenas de vehículos que esperaban en la dirección contraria a la mía aguardaban pacientemente su turno. Con aire paternal y dentro de la más simple lógica, el buen hombre me respondió de esta manera: “Señor, si no lo hacía el problema sería peor”.

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Inolvidable conversación con Bosch

Mientras trabajaba en la investigación del libro “El golpe de Estado: Historia del derrocamiento de Juan Bosch”, tuve la oportunidad de entrevistar varias veces al líder del PLD, en la sencilla residencia donde entonces residía, en la calle César Nicolás Penson. Una de esas entrevistas fue grabada en video. En una oportunidad, entre finales de 1992 y comienzos del año siguiente, la conversación entró en un plano que nada tenía que ver con el propósito de mi investigación. Bosch me habló esa vez con entusiasmo de uno de sus temas favoritos: el de la desigualdad social, muy frecuente en sus alocuciones radiales a través del programa de su partido.

Durante su abortada presidencia, me comentó, sus esfuerzos por reducir la brecha social habían tropezado con la avaricia de las élites y la incomprensión existente entonces sobre la esencia de una verdadera democracia y la importancia de reducir los niveles de pobreza, como la vía más idónea y segura para impulsar el desarrollo y la paz y tranquilidad de la República. Aunque no fueron esas necesariamente sus palabras, eran sí el sentido de lo que él me transmitía.

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