La deshumanización de servicios básicos

Somos sin duda un país de sobrevivientes. El dominicano promedio se encuentra total y absolutamente desprotegido cuando acude en busca de asistencia médica a los hospitales. Prácticamente sin excepción, en esos centros, incluso los construidos y sostenidos por el Estado, se les exige a los pacientes un depósito o una garantía previa antes de prestarles la primera atención básica.

El grado de deshumanización a que se ha llegado trasciende todos los límites, despoja a los núcleos de menores ingresos, e incluso a la clase media, del derecho de protección. Como regla general, no se entregan los cadáveres de los pacientes que fallecen bajo cuidado hospitalario, si antes no se saldan por completo las cuentas. Algunas historias recientes muestran el inhumano nivel de insensibilidad que norma la atención al público en esos centros.

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Crítica, antídoto contra el mal gobierno

La calidad de un gobierno se mide no por quienes lo critican sino por quienes lo defienden de manera irracional. Y son estos últimos lo que definen y resaltan, no otros, la ruta de la bancarrota moral. A lo largo de nuestra historia esa ha sido una constante, que se acentúa en la medida en que el tiempo se les acorta y el deterioro hace mella en su sentido del equilibrio, a partir de lo cual pierden contacto con la realidad y se muestran incapaces de diferenciar entre lo claro y lo oscuro, y se creen por encima de todo interés público.

Cuando esta situación se da en aquellos casos en que hubo alguna vez expectativas en la población, el sentimiento popular resulta en una confusa mezcla de compasión e ira. A su vez, esto hace que la adhesión se exprese solamente en gritos, ruidos que lastiman los oídos y llenan de estupor los ambientes mediáticos, porque a partir de ese momento los espacios de moderación y el buen sentido se reducen.

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La verdadera fortaleza de un gobierno

Escribí una vez, y lo repito a pesar de la inconformidad creciente, que la verdadera fortaleza del gobierno, la que finalmente cuenta, no procede del partido que lo sustenta. Proviene de la mayoría ajena a las luchas partidistas que votó por el presidente en las elecciones pasadas. Así ha sido siempre.

La fuerza que la alimenta emana del profundo deseo nacional de que la situación mejore y que la administración del presidente quien sea, encuentre el camino adecuado y más corto para encarar con éxito los acuciantes problemas del país. Nadie en su sano juicio quiere el fracaso del mandato actual, como tampoco quería esa suerte para el anterior o para los que estuvieron antes. Por el contrario, la gente ora para que la economía mejore y este año sea un período de progreso y crecimiento.

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Pagar por lo no cobrado

La iniquidad del sistema tributario dominicano no reside solamente en los orificios del sistema que permiten la evasión en grados alarmantes en los estratos de mayores ingresos, sino en la aplicación de ciertas normas que amenazan a los grupos empresariales emergentes, como a las medianas y pequeñas empresas. El cobro, por ejemplo, del anticipo y el ITBIS por la facturación, lo devengado contablemente hablando, y no por los ingresos físicos, lo percibido, acabará arruinando a muchas de ellas. De hecho, las sume en situación delicada, en un punto cercano al cierre o desaparición en ciertos casos.

Lo que significa este sistema es que a esas empresas se les obliga pagar por dinero que no han recibido y que no están seguras de recibir. Como la mayoría de las grandes compañías a las que prestan servicio o venden mercancías o insumos por lo regular pagan entre noventa y ciento veinte días, cuando reciben en abril, supongamos, el pago correspondiente a enero, ya han tenido que entregarle a Impuestos Internos el ITBIS por la facturación de cuatro meses. Con el Número de Comprobante Fiscal se están dando casos más curiosos aún. Empresas a las que se le han devuelto facturas de meses pasados sobre las que ya han pagado esas tasas, se exponen a tener que pagar de nuevo por el mismo concepto, mientras se averigua, al rehacer la factura devuelta, por efecto de la información cruzada resultante de la aplicación del Comprobante Fiscal.

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Permanente irrespeto a la bandera

Nos independizamos de Haití, no de la Metrópoli. Tenemos tres, no un padre de la patria. Nuestro himno nacional es un canto épico, no de amor ni de exhortación al trabajo, y si nos fijamos bien en lo alto de los pendones ondean lo que parecen dos banderas.

Según los documentos y testimonios conocidos sobre el tema, el rojo de la enseña nacional es bermellón y el azul el de ultramar. No debería haber pues lugar a confusiones sobre algo tan solemne como es el color de la bandera, el mayor de los símbolos de la patria. Sin embargo, hasta en las más importantes oficinas públicas, a veces en los mismos cuarteles militares y policiales y en determinados momentos en la propia sede del Congreso Nacional y en el Palacio Nacional, se observa el uso de otra tonalidad azul, mucho más oscuro, en los cuadrantes del emblema.

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La culpa de los anteriores

La insoportable letanía del oficialismo sobre la crisis económica, me trae a la memoria la novela “Moisés y el señor Leví”, de las más leída de Dino Segre, conocido por el seudónimo de Pitigrilli, publicada en 1948, el año más productivo del genial escritor italiano. En el epígrafe de la obra, ambientada en la Italia fascista y antisemita de preguerra, Pitigrilli cuenta una imaginaria conversación de dos ancianos sentados en un parque de Roma. Uno de ellos se lamenta que habrá inevitablemente guerra y los judíos serían los responsables. El otro le responde: “Tienes razón, los judíos y los ciclistas”. ¿Y por qué los ciclistas?, le cuestiona el primero. ¿ Y por qué los judíos”, le riposta el otro.

Al exonerarse de los problemas existentes, atribuidos todavía a los gobiernos anteriores, exceptuando por supuesto el anterior inmediato que es una prolongación del actual, el oficialismo se ufana de sus logros reclamando méritos por la forma en que se ha manejado la economía desde mediados de agosto del 2020. El hecho de que casi cinco años después, todavía se trate de venderle al país ese argumento, es una ofensa inadmisible a la inteligencia nacional, sin ofrecer respuestas a las muchas inquietudes sobre el futuro que cada día se nos hace más distante.

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Buena vecindad no depende de nosotros

La buena vecindad determinará el curso presente y futuro de las relaciones bilaterales con Haití y probablemente la calidez de nuestros nexos con organismos hemisféricos. Pero ese estadio de relación óptima entre dos naciones no depende solo de la actitud de una de ellas.

Los gobiernos haitianos han mantenido una actitud muy hostil hacia la República Dominicana y esto no ayuda a sus nacionales, miles de los cuales han sido favorecidos con el Plan Nacional de Regularización de Extranjeros en situación de ilegalidad. Sus acusaciones han encontrado eco en organismos internacionales, muy activos en sus críticas al país, que nos atribuyen intenciones xenofóbicas, como la presunción de promover deportaciones masivas indiscriminadas. Lo cierto es que nuestros gobiernos, este y lo anteriores, dilataron las repatriaciones, flexibilizaron sus planes en interés de evitar un conflicto que Haití no parece tan interesado en evitar.

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La inutilidad de los foros y seminarios

Los avances en la lucha contra la pobreza, por significativos que parezcan, son insuficientes para acallar los gritos de reformas y mejoras que brotan de las gargantas y estómagos de millones de personas, de todos los confines de Latinoamérica, desprovistos de los derechos elementales de alimento, vivienda, educación, transporte y trabajo.

La tragedia nuestra no radica tanto en la magnitud de sus problemas, como en la ausencia de voluntad de sus dirigentes para afrontarlos. Tampoco consiste la crisis en la falta de recursos para enfrentarlos, si bien es preciso reconocer que ellos no son siempre los necesarios.

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