Un país quebrado

No le veo gracia a la insistencia oficialista de que el país está quebrado. Si bien ese discurso fue muy útil en los días febriles de campaña, dudo que lo siga siendo en el gobierno. La prolongada crisis sanitaria ha tenido un fuerte impacto en la economía y es posible, casi seguro, que muchos dominicanos sientan los efectos de una quiebra. Pero ningún país atrae el interés de los capitales e inversionistas extranjeros, e incluso de los nacionales, en estado de quiebra. Nadie es tan tonto para arriesgar lo que tiene en una economía destruida.

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La esencia del patriotismo

Ahora que se habla tanto de patriotismo y del peligro que representa para la nacionalidad dominicana la masiva inmigración ilegal desde el lado oeste de la isla, sería oportuno rescatar del olvido, comenzando en las escuelas, el valor de los símbolos patrios y observar rigurosamente su uso, específicamente cuando se trata de la bandera. Por años, he llamado la atención acerca de la extendida práctica de emplear en los cuadrantes azules de la insignia nacional, matices distintos que no corresponden al real de la bandera, en especial ese que los estadounidenses llaman “blue navy”, y no el azul ultramar establecido en la ley que regula su uso.

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Los excesos en los medios

Los excesos de la prensa suelen ser muchas veces, en determinadas circunstancias, tan o más perniciosos para la libertad que los de un gobierno. Y sus muestras de arrogancia compiten con la prepotencia que ella le atribuye a sectores oficiales y políticos no siempre en ejercicio de funciones públicas, envanecidos con la ilusión de un poder que a la postre resulta tan efímero como la vida misma.

Tengo años advirtiendo sin éxito del peligro que para la existencia de la prensa independiente tienen algunas muestras del peor periodismo que se da en algunas estaciones de radio y televisión, con gente de escasa preparación, y con otras con muy alta educación académica, lo cual es más penoso todavía. Gente convencida de que la obscenidad es la mejor manera de llegar al público y alcanzar notoriedad en los medios; que no escatima palabras para ofender a terceros y hacer acusaciones de toda índole, sin posibilidades de probarlas. Espacios cedidos por dueños de medios a quienes se creen creadores de presidentes y a otras furiosas voces, para los cuales no hay límites de ninguna especie. Propietarios ignorantes de que la ley les hace también responsable de esos excesos.

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Los nuevos amos del periodismo

El periodismo sufre una transformación desde el momento mismo en que intereses económicos ajenos a ella se interesaron por la propiedad de los medios. El fenómeno resultó en una mejoría técnica de periódicos y estaciones de televisión y en una importante ampliación de oportunidades para los profesionales del área. Pero las noticias dejaron de ser el insumo principal para darle paso a otro componente que cada día aumenta su poder de influencia en los contenidos de los medios. Me refiero al nacimiento de una dependencia tan letal para su esencia básica como cualquier otra distinta a su objetivo esencial de preservar la noticia y la opinión editorial como las funciones principales de un medio de comunicación.

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De corruptos y ladrones

Por las redes, en periódicos escritos y digitales y en programas de radio y televisión se lee y escucha a cualquiera llamar ladrón o corrupto a políticos, empresarios e incluso a periodistas, sin prueba alguna. La práctica se hace más extensiva cada día y se convierte en un modelo exitoso de periodismo; el que la descomposición social que sufre el país necesita, dirían sus defensores. La sufrieron las autoridades anteriores y la sufrirán las actuales. Es cuestión de tiempo.

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La política migratoria

A pesar de las críticas de una parte de la comunidad internacional y las presiones internas contra la política migratoria, el país puede apreciarse del trato a los inmigrantes extranjeros, diferente al de muchas de las naciones que nos presionan por esa causa. Los gobiernos que hemos tenido y sufrido las han encarado no siempre con mesura e inteligencia. El anterior desplegó una intensa campaña en el exterior para reivindicar los planes de naturalización y regularización de los nacionales extranjeros en situación de irregularidad, con el propósito de dar a conocer sus alcances y valores, evitando así el camino incierto de la confrontación.

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Los demonios de las redes

Muchos periodistas, y también políticos, por qué no decirlo, han vivido con la angustia resultante del intento de degradación moral puesto a cargo de un ejército de lisiados mentales, cuya única misión en las redes es denigrar a todo aquél con entereza moral suficiente para exponer sus ideas y defenderlas aún a costa de marchar en la dirección contraria a la de la corriente. Y como entregarse a la manada y a quienes las arrean, les permite a muchos dormir tranquilo y hacerse el simpático, esta gente se sale muchas veces, aunque no siempre, con la suya.

Los epítetos que me han lanzado por mis posiciones sobre los temas objeto de discusión, trátese de la política, la economía, el medio ambiente, el deporte y la cultura, llenarían una enciclopedia, pero el impermeable que calzo sobre mi cabeza me protege de esas aguas sucias. Muchos dominicanos temen decir lo que piensan, no tanto por temor al Gobierno, sino para no hacerse el blanco de una crítica o una burla en las redes por gente que apenas sabe escribir y con escaso sentido, si lo tiene, de urbanidad. Por esa causa periodistas, políticos y ciudadanos temen endosar posiciones buenas de un gobierno o las de un adversario político. En mi caso apoyo lo que entiendo correcto venga del Gobierno o de la oposición, porque no todo lo que hace el primero es malo y bueno cuanto dice el segundo.

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Entre el triunfo y el fracaso

Por años he dicho que el fracaso del gobierno, a menos que se trate de una dictadura, es el peor y más costoso de los tropiezos que puede sufrir un país. Apostar y alentar a que se hunda o se quiebre en las aguas procelosas de sus errores es, por tanto, demencial. Y no porque pueda perjudicar en el plano personal, como puede ser evidente en los casos de muchas personas que dependen de él, sino porque con ello se descalabra la economía, el progreso se paraliza, el ánimo sucumbe ante la realidad, las esperanzas fallecen y el panorama del futuro se nubla, retardando la llegada de un amanecer que traiga consigo de nuevo la luz.

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