Hablemos sin tapujos

Apropósito del concepto de soberanía en boga en estos días, deberíamos ser realistas y tratar de aprender de experiencias pasadas. La estatización de la mina de oro de Pueblo Viejo, por ejemplo, no pudo ser más decepcionante. El inmenso pasivo ambiental de esa zona es el único legado de esa nacionalización, recibida en su momento como un acto de soberanía reivindicativo de nuestros recursos naturales.

No existe una sola evidencia del beneficio que esa nacionalización le trajera al país o a la provincia Sánchez Ramírez. No existe ni existió nunca una herencia material que pruebe que esa acción pueda ser catalogada como un acto positivo. Mucha gente salió ganando, es cierto, pero a un precio muy alto para el país. Otro ejemplo: la readquisición por el Estado de las empresas distribuidoras. El resultado ha sido la congelación del sistema eléctrico, con apagones y problemas en el suministro similares a los de medio siglo atrás.

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Que se “rompan las barajas”

Las fortunas, algunas inmensas, reveladas en sus declaraciones de bienes por muchos funcionarios públicos, ofrecen una excelente oportunidad a la Dirección General de Impuestos Internos, diligente como siempre, para aumentar sus captaciones y ensanchar la nómina de contribuyentes al Fisco. No me refiero, por supuesto, a los empresarios hartamente conocidos con larga tradición en el mundo de los negocios, como son los excepcionales casos de varios ministros designados por primera vez en el sector público y que son y han sido figuras claves del entorno presidencial. Con toda seguridad, y me atrevería apostar que es así, los negocios de este pequeño grupo, anteriores a la administración a la que sirven, deben estar en regla.

Pero sería un ejercicio interesante determinar si las propiedades y los patrimonios de quienes se han revelado como potentados sin una conocida tradición empresarial o exitosa carrera profesional, están al día o alguna vez han pagado los impuestos de propiedad. En otras palabras, para ser más preciso, si esos afortunados, muchos de los cuales sólo han trabajado en el sector público, están en condiciones de mostrar un expediente de fiel cumplimiento de sus obligaciones tributarias, acorde con lo que poseen, como nos ocurre al resto de los dominicanos, sin importar cuánto poseemos.

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El viejo Yankee Stadium

Cuando se anunció en agosto del 2006 la construcción de un nuevo Yankee Stadium, escribí:
“Costará mil millones de dólares, mucho más que el metro de Santo Domingo. Con él se irá uno de los monumentos que más emoción ha producido alrededor del mundo. Sus paredes guardan recuerdos que en su momento hicieron vibrar a millones de personas y lo seguirá haciendo en lo que le resta de vida. Se trata de una de las edificaciones modernas más veneradas del mundo. Una catedral del deporte. Por su recinto pasaron algunas de las más grandes glorias del béisbol. Me refiero al Yankee Stadium, hogar de los Mulos del Bronx, el más grande equipo de béisbol de la historia”.

Nueva York vibró ese miércoles, al colocarse la primera piedra con que se inició la obra inaugurada en el 2009. Visitar ese parque antes de que iniciaran sus trabajos de demolición se me hacía imprescindible, más entonces que Alex Rodríguez, vestía ya su clásico uniforme de rayas. La majestuosa obra, haría más rentable la franquicia y atraería más público al estadio, como ha sucedido. Allí jugaron mis héroes infantiles: Ruth, Mantle, Gherig, Berra, Ford, McDougal, Larsen, Maris, y tantos otros que después le hicieron honor a la más grande tradición del deporte rey.

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Soluciones unilaterales perpetúan problemas

Muchos lectores se orientan por la falsa impresión de que la defensa del derecho de Israel a existir dentro de fronteras seguras, implica desconocer el mismo derecho que le asiste a los palestinos, un pueblo tan sufrido como sus primos israelitas. El problema no es tan sencillo como muchos analistas entienden.

Intentar la búsqueda de solución sobre la base de una interpretación unilateral de la historia del conflicto solo ayuda a perpetuarlo. Si se le analiza desde la perspectiva de cada una de las partes se verá con extrema facilidad que ambas pueden esgrimir razones a su favor.

La dificultad ha consistido en buscarle una salida sobre las razones de una de las partes y no en base a los intereses comunes. A mediados de agosto del 2008, el entonces primer ministro Israelí Benjamín Netanyahu estuvo en un canal de la televisión británica. El periodista inició la entrevista preguntando cómo era posible que murieran más libaneses que israelíes en la guerra de esos días.

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Lección que ningún gobierno aprende

En diferentes momentos de la historia nacional, los gobiernos se han dejado impresionar por su propia propaganda acerca de la situación económica y la realidad social. Los voceros pagados con que inundan los medios solo consiguen ensuciarles el panorama. Así, los gobiernos llegan a labrarse una imagen irreal de la situación que sus acciones y muchas veces su inactividad propicia. El elogio excesivo le nubla las perspectivas y los hacen alejarse de una realidad casi siempre cruda y distinta a la que llegan a pintarse por efecto de la propaganda.

El abuso de la promoción puede anestesiar por un tiempo a las multitudes. Pero no por mucho tiempo. Un gobierno puede cansarse de decirle al pueblo que está bien y que todo marcha a pedir de boca, pero si ese discurso no se corresponde con la realidad que el pueblo vive, la reacción de este al final será más enérgica. Procederá con enfado ante el engaño. Un error en que frecuentemente se incurre en el ámbito del gobierno, es rechazar, automáticamente, toda forma de crítica u observación a programas o políticas oficiales, especialmente si se han depositado al respecto expectativas fuera de lo normal. Lo que hace más negativa esa práctica es el hecho de que muchas de esas reflexiones están llenas de buena fe y con un deseo manifiesto de colaboración.

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La queja de “quedar fuera”

El tratamiento mediático de ciertas informaciones de la actividad gubernamental tiende a perpetuar muchas de las falsas percepciones que de la política tienen los ciudadanos. Me refiero a cuando se escribe, por ejemplo, que varios dirigentes del partido oficialista “quedaron fuera”, al no ser designados en funciones del gabinete o en otros cargos importantes de la burocracia estatal.

El “quedar fuera” pretendería decir que se les ha violado un derecho, como si el desempeño de una función pública constituyera una propiedad privada o viniera de una herencia nobiliaria.

En una oportunidad reciente de renovación burocrática, algunos que “quedaron fuera” no tenían razón ni justificación para no quedarse donde quedaron, porque sus largas permanencias en la actividad partidaria no es un derecho por sí mismo para desempeñar una importante función pública y cada cierto tiempo, como ha ocurrido, es de renovación y oportunidades para un necesario relevo.

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La independencia del Poder Judicial

Una práctica que afecta la independencia del Poder Judicial es la tendencia a dirimir fuera de los tribunales, en los medios de comunicación, asuntos pendientes de fallo en la justicia. Algunos de los casos más sonados de los últimos años se ventilaron así en las páginas de los periódicos y en los programas de radio y televisión. Los ciudadanos conscientes de la importancia que para la vida institucional y la vigencia de un estado de derecho tiene la soberanía del Poder Judicial ven con estupor la insólita frecuencia con que abogados de personas acusadas de diversos delitos, acuden a los medios con la evidente intención de presionar a los jueces y condicionar a la opinión pública.

Muy pocos jueces están en condiciones de resistir este tipo de presión Por esta razón, en su momento, hace años, fue muy bien recibida la exhortación del presidente de la Suprema Corte de Justicia de entonces, doctor Jorge Subero Isa,” a todos los jueces del país”.

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Un legado de campañas electorales

Una de las prácticas a evitar en los próximos procesos electorales es la de atiborrar la geografía nacional con vallas, letreros y afiches promocionales de los candidatos, que afean las ciudades y carreteras y crean contaminación visual, y en muchos casos un peligro para los conductores, cuando esa promoción oculta señales de tránsito. Finalizada las campañas los partidos incumplen con la obligación de limpiar las áreas embadurnadas con su propaganda, para facilitar, por lo menos el necesario tránsito hacia la normalidad.

En la mayoría de los países la difusión de este tipo de publicidad está muy controlada y la violación de las normas se paga a veces con la anulación de candidaturas o fuertes penalidades económicas. Ese control impone los lugares donde se permite el despliegue de material promocional y su volumen. También establece plazos para el retiro, y el incumplimiento de la norma implica también sanciones para aquellas autoridades responsables de hacerlas cumplir.

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