La amenaza real

El manto de miseria que envuelve a millones de personas es un fardo demasiado pesado sobre el prestigio del sistema democrático. Tantos niños en completa indigencia, desamparados, desprovistos de alimentación, escuelas y viviendas no son los espejos adecuados para reflejar las virtudes del sistema.

La pobreza, con su enorme secuela de desmoralización y desequilibrio social, es una espina clavada en las mismas entrañas de la democracia continental. Durante años se ha tolerado y auspiciado la corrupción, el saqueo del patrimonio público, permitiendo que los bienes comunes fueran sólo usufructuados por un puñado de privilegiados adheridos, como verdaderas sanguijuelas, al poder político. Cambios dramáticos, profundos si se quiere, son indispensables a breve y mediano plazos, para preservar los logros alcanzados en el ejercicio de los derechos individuales. Protegidos por una especie de paraguas de bienestar material, muchos hispanoamericanos suelen abstraerse de la realidad e ignorar el peligro que esta situación de desequilibrio social significa para la estabilidad futura de cada una de sus repúblicas.

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Entre los mejores no hay un mejor

Hace unos años, la BBC de Londres reunió a expertos para escoger los 20 mejores tenores de todos los tiempos, lo que desató una controversia a nivel mundial. El grupo colocó a Plácido Domingo en el primer lugar. Si bien Domingo reúne todas las condiciones para merecer la distinción, en mi profana creencia no es justo embarcarse en una tarea de esa naturaleza por la sencilla razón de que muchos de los más grandes nunca fueron escuchados por el jurado, como Hipólito Lázaro, Giacomo Lauri Volpi, Miguel Fleta, Enrico Caruso y Beniamino Gigli.

Tampoco me parece correcto mezclar voces líricas ligeras, como la del gran Luciano Pavarotti, Alfredo Kraus, Tito Schipa y Luigi Alva, con la de tenores spinto y dramáticos como el propio Domingo, Mario Del Mónico, Giuseppe Di Stefano y Franco Corelli, o el de heldentenores como Vickers. La selección incluye al joven peruano Juan Diego Florez, lo que me pareció muy prematuro, porque a pesar de su hermoso timbre y extraordinaria extensión, como lírico ligero no es voz adecuada para muchas de las grandes partituras de los grandes maestros.

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Un enfoque ciudadano de la inmigración

En referencia al creciente flujo migratorio desde el vecino país, un lector me expone las causas de su preocupación por la inmigración ilegal hacia esta parte de la isla. En su correo, cuenta una experiencia propia, de manera muy gráfica: “En su columna sobre este tema, usted cita tres puntos que para mí son de extrema importancia”, dice. “El número (de haitianos) que ya tenemos, el conflicto entre los dos países, que la situación lo hace más visible cada vez y, la pregunta clave ¿qué hacer con los que se encuentran en el país? Y añade ser testigo presencial de cómo aumenta cada día la presencia de haitianos.

Dice tener cinco años viviendo en Metro Country Club de Juan Dolio y desde entonces emplea un jardinero haitiano. En ese tiempo ha traído a tres hermanos, un sobrino, tres primos y varios compatriotas más. Antes del terremoto trajo una mujer con la que ya tiene dos niños y después del terremoto la mujer fue a Haití y trajo a un hermano y tres hijos que tenía con otro hombre. Un hermano del jardinero se trajo a su mujer con una niña y su cuñado. Esto es solo una pequeña muestra. El jardinero le cuenta que en Los Conucos (un poblado cercano) “ viven tantos haitianos como en Puerto Príncipe”.

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RD, un país atiborrado de impuestos

Todavía hay funcionarios capaces de decirnos que la carga tributaria es baja en nuestro país en relación la de otras naciones de economía similar, razón por la cual estaría justificada una nueva reforma impositiva. Se necesita de mucho coraje para tal atrevimiento.

En este país las empresas pagan cuatro veces impuestos al mes, equivalentes a 48 al año. A esto súmasele la liquidación anual y las tres cuotas de anticipo, para un total de 52, lo que dividido en los 301 días laborables del año, incluidos los sábados, hacen un promedio de un impuesto por cada 5.7 días. Si el cálculo se hiciera sobre los impuestos que se pagan cada mes, un total de siete, tendríamos la suma de 88, o sea el pago de impuesto cada 3.4 días, un récord mundial imposible de superar.

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La singular democracia dominicana

Nada me parece más horripilante que ese lugar común al que apelan diariamente los dirigentes del país para justificar los vicios de la política vernácula. Eso de “pagar el precio de la democracia” no es más que una vulgar falacia para legitimar cuantas barbaridades ha padecido la nación para mantener los irritantes privilegios de una clase que controla todos los resortes de la vida política. Como si se trataran de derechos nobiliarios, adquiridos por herencia, olvidándose de que al igual que la realeza europea, que se casa entre familia, los genes de la dirigencia política nacional han dejado ver desde hace tiempo sus estragos.

Pongamos un ejemplo que sufrimos cada año. Mientras se aduce falta de recursos para atender los principales requerimientos de nuestras grandes e inaplazables prioridades, y el país vive a oscuras a causa de la falta de pago por el gobierno a los generadores, se destinan anualmente cientos de millones de pesos del presupuesto para financiar a los partidos. Partidos en su mayoría carentes de representación real y sólo son diminutas parcelas sin estimación pública alguna.

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Para librarme de la monotonía política

Para amar la ópera no se necesita inicialmente entenderla. Basta con aprender a escucharla. Tal vez por eso ninguna composición ha ganado más fanáticos para el género que La Bohemia, una ópera en cuatro actos de Giacomo Puccini, con libreto en idioma italiano de Luigio Illica y Giuseppe Giacosa. La obra está inspirada en una novela sobre las experiencias de jóvenes bohemios del barrio latino de París a mediados del siglo XIX, y se centra en la relación sentimental entre Rodolfo (tenor lírico spinto) y Mimí (soprano lírica), y que concluye dramáticamente con su muerte por efecto de la tuberculosis, lo que hace llorar desconsoladamente a su amante quien grita desesperado su nombre (¡Mimí…! ¡Mimí…!), en un estremecedor final.

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El exceso en la comunicación oficial

Pretender que un gobierno pueda hacer bien todo lo que hace o que por el contrario sea negativo cuanto realiza me parece irracional. Lo razonable es que tenga aciertos como también muchos errores. El balance sobre el desempeño depende en gran medida del nivel en que se le juzgue, pues el pasivo social suele ser mayor que la capacidad de un país para encarar o superar las enormes desigualdades existentes.

Suele creerse que el problema radica en la comunicación, pero una buena comunicación necesariamente no surge ni se la mide en función de su volumen. Como todo en la vida, la saturación con ella puede tener un efecto contrario al que se persigue. Lo que vale e importa es la calidad, como en cualquiera otra actividad humana.

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El error de dejarlo todo al Gobierno

Es un error que hemos pagado con creces, la costumbre de dejar todas las soluciones al Gobierno. Los ciudadanos tenemos una cuota de responsabilidad en esa tarea. Por su naturaleza muchos de los conflictos y problemas que hacen difícil la vida cotidiana pueden ser resueltos con una mejor actitud ciudadana. El del tránsito, por ejemplo, tal vez uno de los que más nos irrita, tiene en parte su origen en el desprecio a las normas y el desconocimiento de la ley. Aunque el parque vehicular ha crecido al punto de generar congestionamientos que antes nadie se imaginaba, la forma en que conducimos agrava la situación.

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