Oscuro dinero en campañas electorales

Si se llegara al ideal de transparentar el financiamiento de las campañas electorales, dudo que el país pueda ser el mismo y que los partidos y líderes reclamantes resulten ilesos. La demanda sobre el uso de dinero de dudosa procedencia en campañas se centra principalmente sobre dos de las tres últimas para cuestionar sus resultados. Pero para nadie sería extraño que algunos sanedrines de la política dominicana pierdan la virginidad si llegara a lograrse esa meta, porque si algo se acepta como una verdad inconmovible como el pico Duarte es que el dinero llega a todas partes, en proporción a las posibilidades de partidos y candidatos.

De manera pues que con toda seguridad, y muy pocas excepciones, la transparencia relacionada con el financiamiento de las campañas dejaría al país estupefacto, y no encuentro otra palabra para describir la sensación que sentiríamos en caso de que ese necesario ejercicio de moralización política se hiciera sin prejuicios y, por supuesto, sin excepción alguna.

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¡Salvemos la escuela para no perder el país!

Recuerdo la deprimente escena de dos muchachas peleándose por un novio en un recinto escolar. Las imágenes muestran la presencia entusiasta de sus compañeros sin que ninguno intentara separarlas y sin un supervisor o profesor que impusiera el orden. Deprime pensar que esa sea la real situación de la escuela que estamos obligados a cambiar.

En mis años de escolaridad una situación como esa era improbable. Y la diferencia estriba en el concepto respecto al rol del docente.

Lo que pasa dentro de un recinto escolar es responsabilidad de los maestros, no del Ministerio de Educación. Y evidentemente el deplorable nivel académico que se observa en la escuela tiene relación directa con el deterioro de la calidad del magisterio que se observa desde hace años. Teníamos maestros, que fuimos cambiando por profesores que finalmente se convirtieron en gremialistas, dispuestos a detener el año escolar y paralizar la docencia por demandas laborables.

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Mentira como arma de ascenso político

En los países más democráticos, Estados Unidos por ejemplo, la mentira es un delito. En el nuestro es una eficaz arma política llevada a la categoría de arte por los líderes más exitosos. Las carreras más brillantes en el campo de la política nacional han sido catapultadas por enormes cofres de mentiras repetidas una y otra vez, por años incansablemente, sin consecuencia alguna.

El uso repetido de ese instrumento de ascensión en la política, como en otras actividades de la vida nacional, se ha convertido en una práctica común. Se trata ya de una costumbre a la que se está obligado a apelar para garantizarse el éxito. La mentira es parte de la cultura nacional. Mentimos en el hogar, en la escuela, en el trabajo. Hablamos de mentiras piadosas, como creo haber escuchado alguna vez en letras de una canción. El liderazgo nacional nos miente el lunes a sabiendas que el martes puede desdecirse sin que nadie le reproche ni se le pida cuentas.

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El pobre debate sobre la pobreza

Para muchos que vivimos de este lado del planeta es prácticamente imposible la existencia sin libertad.

Sin embargo, en infinidad de ocasiones me he formulado la pregunta. ¿Están millones de hispanoamericanos en condiciones de formularse el mismo planteamiento? Es una pregunta inquietante por cuanto la democracia es el más probado de los sistemas políticos y el único capaz de garantizar a la mayoría de la población sus más elementales derechos políticos y sociales.

Como la distribución del ingreso presenta escalas perturbadoras, una de las tareas más prioritarias debería consistir en procurar cierto grado de equidad social. Hemos insistido en que los niveles de distribución de la riqueza deben marchar parejos con los adelantos en materia de desarrollo político y fortalecimiento democrático. Años de fracasos en el campo de la acción económica y social han contribuido a profundizar las diferencias abismales entre minorías privilegiadas y mayorías postergadas.

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La amenaza real

El manto de miseria que envuelve a millones de personas es un fardo demasiado pesado sobre el prestigio del sistema democrático. Tantos niños en completa indigencia, desamparados, desprovistos de alimentación, escuelas y viviendas no son los espejos adecuados para reflejar las virtudes del sistema.

La pobreza, con su enorme secuela de desmoralización y desequilibrio social, es una espina clavada en las mismas entrañas de la democracia continental. Durante años se ha tolerado y auspiciado la corrupción, el saqueo del patrimonio público, se permitió que los bienes comunes fueran sólo usufructuados por un puñado de privilegiados adheridos, como verdaderas sanguijuelas, al poder político. Cambios dramáticos, profundos si se quiere, son indispensables a breve y mediano plazos, para preservar los logros alcanzados en el ejercicio de los derechos individuales. Protegidos por una especie de paraguas de bienestar material, muchos hispanoamericanos suelen abstraerse de la realidad e ignorar el peligro que esta situación de desequilibrio social significa para la estabilidad futura de cada una de sus repúblicas.

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Repoblación fronteriza, el muro necesario

Cuando se anunció la construcción del muro, advertí que la falta de oportunidades en la frontera ha provocado una migración de sus pobladores hacia el centro y la parte oriental del territorio nacional de una intensidad no similar a la inmigración haitiana hacia esta parte de la isla, pero sí tan perjudicial como ésta a los esfuerzos por defender nuestra integridad territorial. El abandono por décadas de esas provincias es, probablemente, la causa de la debilidad que ha permitido una inmigración ilegal frente a la cual no ha habido resistencia real alguna.

Por eso he venido sosteniendo que el muro más sólido que podríamos construir para detener el éxodo masivo haitiano hacia suelo dominicano sería una muralla de oportunidades, que estimule el regreso de los que se han movido de allí a causa de la falta de empleo y de futuro. No sugiero que una verja a lo largo de la frontera no sea necesaria para contener la avalancha ilegal haitiana. Pero sí es evidente que un muro físico, como el que se propone, no sería suficiente.

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¿Tiene derechos el violador de derechos?

¿Qué espacio puede reservarse a un sujeto que a sangre fría le quita la vida a un ciudadano para despojarle de un pequeño aparato telefónico? ¿Qué utilidad para un país puede representar quien procede con tanta violencia, quien llena de zozobra a la comunidad con sus actos vandálicos? ¿Es justo que a esos antisociales se les reconozcan derechos que ellos les niegan a sus víctimas? ¿Por qué les resulta tan fácil a esos criminales evadir la persecución policial y el puño de la justicia?

Con frecuencia el temor que invade a la sociedad por la repetición de hechos de esa naturaleza cambia los hábitos de vida de sus miembros, debido a la inquietud que les produce la posibilidad de ser los próximos. El daño social de estas acciones criminales termina siendo muy superior a los efectos físicos que les causan a las víctimas.

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El pobre debate sobre la pobreza

Para muchos que vivimos de este lado del planeta es prácticamente imposible la existencia sin libertad. Sin embargo, en infinidad de ocasiones me he formulado la pregunta. ¿Están millones de hispanooamericanos en condiciones de formularse el mismo planteamiento? Es una pregunta inquietante por cuanto la democracia es el más probado de los sistemas políticos y el único capaz de garantizar a la mayoría de la población sus más elementales derechos políticos y sociales.

Como la distribución del ingreso presenta escalas perturbadoras, una de las tareas más prioritarias debería consistir en procurar cierto grado de equidad social. Hemos insistido en que los niveles de distribución de la riqueza deben marchar parejos con los adelantos en materia de desarrollo político y fortalecimiento democrático. Años de fracasos en el campo de la acción económica y social han contribuido a profundizar las diferencias abismales entre minorías privilegiadas y mayorías postergadas. Sólo si se superan los niveles heredados de miseria e indigencia en esos estratos mayoritarios de la población, se evitará la amenaza de un caos social.

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