Era domingo y estaba hambriento

Lo conocí una tarde en la redacción, donde se presentó empapado por el fuerte aguacero. En la madriguera donde vivía, la pobreza había dejado en él su marca indeleble. A causa del barro y la dureza del pavimento, sus pies, siempre descalzos, se habían hipertrofiado al punto de que ya no resistía zapato alguno. De todas formas, la vez que los tuvo los perdió la tarde que los dejó a orillas del charco para bañarse porque el agua nunca brotaba por el viejo grifo que su padre, la última vez que estuvo en casa, golpeó salvajemente con una piedra.

Para sobrevivir aprendió a hurtar. Comenzó llevándose una naranja de un puesto de frutas en el mercado que estaba a pocas cuadras del barracón donde él, su madre y sus dos hermanitos compartían ilusiones y estrechez huérfanos de esperanzas. Con el tiempo desarrolló inverosímiles habilidades. Trepando paredes descubrió un frutal donde sació su hambre más de una vez, a cambio de una costilla y una deformidad en su antebrazo izquierdo.

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El escenario ideal para redentores

Juan Bosch solía referirse al “atraso político” del pueblo y en gran medida su afirmación posee vigencia todavía, a pesar del tiempo transcurrido y el de su muerte. Pero parte de la responsabilidad por ese atraso corresponde a los partidos políticos y a sus dirigentes, porque una de sus misiones ha debido ser siempre la de educar a la gente en materia cívica y política. Esa es una faceta relevante de sus responsabilidades como líderes que la mayoría de los políticos, ha desestimado, tanto en el gobierno como en la oposición a lo largo de las últimas décadas. La labor educativa dentro del ejercicio de la actividad política nacional ha sido deprimente; virtualmente nula.

Si la mayoría de la población carece de un conocimiento sólido de sus deberes y responsabilidades se debe en parte a que sus dirigentes no le han conferido valor a ese elemento vital de la formación democrática del pueblo. Probablemente también, porque muchos de ellos mismos desconocen los límites individuales de esos deberes y derechos, razón que explica la facilidad e impunidad con que aquí se violan, se pisotean o se pasan por alto en situaciones decisivas para la nación, esos atributos del sistema. Casi todo el esfuerzo de instrucción de las militancias ha sido dirigido a enseñarles su “obligación” de acudir periódicamente a mítines y desfiles y a palmotear consignas carentes de sentido.

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La miopía que nos impide ver el futuro

¿Cómo se explica el sorprendente desarrollo industrial, tecnológico y cultural de Israel, Singapur, Taiwán y Corea del Sur, en circunstancias tan adversas, y la situación de un país como el nuestro, rico en recursos naturales y geográficamente situado en el centro del Caribe, con fácil acceso a los grandes mercados como Estados Unidos y Europa?

No pretendo hacer comparaciones, por lo general enojosas. Pero la respuesta pudiera estar en la incapacidad para planificar a largo plazo y en la intensa pasión por la retórica estéril, que agota las energías y nos hace mirar siempre por el retrovisor, no por lo que figura delante de nosotros. Nos falta tal vez vocación para concertar compromisos, mientras nos sobra entusiasmo para la improductiva tendencia a escuchar el eco de nuestras propias voces, descartando las demás.

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La transparencia no transparente

En cumplimiento de una ley aprobada en el 2009, el gobierno español publicó en el boletín oficial del Estado de octubre de ese año, el patrimonio de todos sus ministros y altos funcionarios. Aquí existe una vieja legislación similar que no se acata, porque a diferencia de España un cargo público en este país es una patente de corso; una licencia para hacer de las influencias y poderes derivadas de las funciones en el gabinete o en altas funciones del Estado cualquier cosa.

Y cuando digo esto último todos saben a qué me refiero: a la capacidad de actuar como si se tratara de una propiedad privada o un feudo personal. El patrimonio de los altos cargos españoles de entonces nos proporcionaba una idea de la situación en que nos encontrábamos y estamos en materia de transparencia y pulcritud. El más rico entonces de los miembros del gabinete español era entonces la ministra de Ciencia, Cristina Garmendia, con un patrimonio de 7.4 millones de dólares (cinco millones de euros), fortuna probablemente inferior, no posterior, a la de cualquier funcionario nuestro de bajo nivel llegado al puesto en condiciones de estrechez extrema, tradición de la política nacional que todos los gobiernos han respetado bajo la añeja máxima de “hoy por ti, mañana por mí”.

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En busca de quien ponga cascabel al gato

Nadie en su sano juicio se hace la ilusión de que el Senado, en un improbable gesto de lealtad al país y de respeto a la pobreza de los dominicanos, revoque las aberrantes decisiones que han elevado, entre incentivos y salarios, sus ingresos mensuales muy por encima del millón de pesos.

Hay que ser extremadamente ingenuo para pretender que el sentido de la razón se imponga en ese caso. Pero hay todavía muchos ciudadanos confiados en que aún en ese ambiente existan excepciones. La del representante del Distrito Nacional, un joven con potencial para alcanzar la presidencia, que tiene la excepcional oportunidad de mostrarle a la nación otra cara de la política dominicana, que renuncia a esa infame e injustificable remuneración y la denuncia como una práctica viciosa.

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El paraíso en que vivimos

Vivimos en el paraíso, se dice en los ambientes oficiales para resaltar la opinión del Gobierno sobre la situación del país. La percepción no es del todo incorrecta. Si no atenemos a la versión bíblica del paraíso terrenal donde Dios envió a Adán, el primer ser de la creación concebido a su imagen y semejanza, y a su compañera Eva, la visión oficial se acerca mucho a la realidad que confrontamos.

En aquel paraíso, por ejemplo, no había electricidad ni acueductos. La forma en que aquí funcionan las escuelas y hospitales equivaldría a su no existencia, tal como era en aquel predio en que la humanidad dio sus primeros pasos. El parecido sería mayor si se observa que muchos dominicanos tienen dificultades para conseguir techo, como sucedía con aquella pareja bíblica inolvidable, forzada por mandato divino a vivir en la intemperie.

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El dilema de nuestros tiempos

¿En qué medida está el país en capacidad de superar su elevado nivel de pobreza y qué fórmulas, dentro de parámetros democráticos, tienen los partidos y sus líderes para plantear solución a ese problema tan acuciante? La realidad es que la democracia dominicana es todavía insustancial a un número elevado de la población. Esto hace que la mayoría se sienta poco ligada a su porvenir y menos entusiasmada con su supervivencia. Por eso, a pesar de los espejismos y las perniciosas tendencias nacionales al auto-engaño y la auto-sugestión, hay tan poca relativa militancia democrática real en este país.

Para aquellas legiones de hombres y mujeres que carecen de trabajo, de seguridades económicas y sociales y, por tanto, imposibilitados de hacer a sus hijos profesionales y los servicios de salud se encarecen cada día, la democracia es una palabra hueca; vacía, sin sentido. No nos engañemos creyendo que es incierto porque caeríamos en el error imperdonable de perpetuar una situación a la que podríamos en cambio dar remedio a mediano o largo plazos.

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Los castrato en la historia de la ópera

En los siglos XVII y XVIII era muy frecuente que en las cortes europeas los potenciales cantantes masculinos de ópera se castraran desde niños con el propósito de que la voz no les cambiara antes de llegar a la pubertad, cuando regularmente la voz tiende a oscurecerse. El cambio preservaba la voz aguda de los niños con una potencia mayor muchas veces con el timbre agudo de soprano o de contralto.

En aquella época esa práctica gozaba de mucha popularidad en las cortes y continuó hasta mediados del siglo XVIII. Aunque existieron castratos muchos años después como se les llama todavía, y todavía existen, sus actuaciones se limitaron a festejos religiosos y a composiciones especialmente escritas para ellos.

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