La inversión española

El hecho de que en algún momento supuestos inversionistas españoles, en complicidad con políticos locales, se salieran con la suya, no significa que todos los demás sean de la misma calaña y que por ellos juzguemos los aportes de la comunidad española a la sociedad dominicana.

Las diferentes olas de inmigrantes provenientes de la península Ibérica establecidas en el país a todo lo largo del siglo pasado han dejado una impronta de inmenso valor entre nosotros. Revolucionaron las artes, el periodismo, la literatura y trajeron consigo una mística del trabajo y del ahorro que los dominicanos no conocían y la mayoría despreciamos aún.

Las riquezas acumuladas por la mayoría de las familias españolas han sido el fruto de mucho sacrificio y trabajo personero. Todavía al cabo de decenas de años de dedicación y esfuerzos, laboran como si fuera el primer día. Como si de los resultados de cada jornada dependiera el éxito de sus negocios. Tal vez por los rigores de la guerra civil y las restricciones derivadas de una Europa enfrascada en conflictos bélicos permanentes, muchos de ellos aprendieron el valor de la austeridad, joya esta que nos sigue haciendo mucha falta a todos los niveles.

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La actitud ciudadana en el tránsito

El éxito de las políticas gubernamentales no depende sólo de quien las pone en práctica, sino de quienes están obligados a cumplirlas. Nuestra tradición indica la resistencia de los ciudadanos a valorar las acciones y programas que muchas veces se conciben para mejorar su calidad de vida estableciendo niveles de organización indispensables al buen funcionamiento de una ciudad o del país.

Pongamos, por ejemplo, el tránsito. Todos sabemos que se trata de uno de los más serios problemas que hoy, y desde hace décadas enfrentamos y no precisamente por falta de voluntad de las autoridades. Los dominicanos dejamos ver el primitivismo que todo ser humano lleva dentro cuando estamos al frente de un volante.

Si se hiciera obligatorio un examen riguroso a todos aquellos que ya tenemos licencia de conducir, incluyendo el de naturaleza sicológico requerido para una licencia de arma de fuego, probablemente una buena parte la perdería. Y no porque desconozcan la forma de conducir e incluso las señales de tránsito, sino por la conducta que exhiben cuando conducen, se vuelan semáforos, se estacionan en sitios prohibidos, copan las intersecciones y se suben a las aceras.

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Los herederos del marxismo

Este es uno de dos o tres países donde aún quedan marxistas confesos. Dudoso privilegio merecedor de un estudio antropológico. Marxistas muy originales que hablan con curiosa mezcla de desparpajo y autoridad de principios económicos tan poco revolucionarios como oferta y demanda, costo de reposición y libertad de mercado.

La caída de la URSS originada en sus propias contradicciones y no por efecto de agresiones capitalistas foráneas, echó a rodar todas las predicciones que a lo largo de ese prolongado y oscuro período de la historia moderna llegaron a convertirse en “verdades oficiales” de una ideología imperial que alcanzó a reinar tiránicamente sobre vastos territorios europeos.

El régimen comunista derivado de la aplicación práctica del marxismo constituyó la gran mentira y el peor de los engaños del siglo veinte. La promesa de redención que ilusionó a millones en todo el mundo degeneró en una vulgar tiranía, no dictadura del proletariado, en la que una burocracia partidaria suplantó las élites económicas y sociales que el empuje de la revolución había desterrado del poder en los países en donde se implantó. “La nueva clase”, según Milovan Djilas.

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Cuando el fuego se apaga

Una vez leí que el amor es la única sensación capaz de hacernos olvidar “la triste desventura de haber nacido”. Y es posible que sea así. Y que millones de seres humanos hayan encontrado aliento y deseos de seguir viviendo porque en algún momento encontrarán en otro una razón de sus vidas; esa luz que suele alumbrar los espacios más oscuros de la existencia humana.

Siempre he creído, sin embargo, que esa sensación a la postre no es más que pasión y deseo carnal y no ese sentimiento profundo interior, que nadie ha sabido explicar bien, y que no todos los seres humanos experimentan del mismo modo. Por supuesto, el amor se expresa de distintas maneras. Tal vez el más puro es el filial cuando la familia crece y se llega a comprender que existe una obligación más allá y urgente que la propia existencia personal.

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“Kriiga bundolo, mata Tarzán”

A mediados de los años setenta, recibí una llamada de los hermanos Cedeño, dueños del periódico El Sol, ya desaparecido,  con una queja  en mi calidad de representante  en el país de la agencia de noticias United Press International (UPI). Se quejaban de un atraso en el envío de las tiras cómicas que entonces eran de las secciones más leídas de los diarios nacionales.

Los lectores solían llamarle a esas tiras “la página de los muñequitos”. Incluían el Pato Donald, Mickey Moose, Avivato, Dic Tracy, Red Riders, Popeye el marino,  Castorcito,  Mandrake el mago, Supermán, La pequeña Lulú, Caperucita Roja,Tarzán, el rey de la selva, y muchas otras.

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Un espejo en el que deberíamos mirarnos

Finlandia debería servirnos de ejemplo. A pesar de ser un país pequeño con apenas poco más de seis millones de habitantes, los estudiantes finlandeses de secundaria alcanzan siempre los primeros lugares en las competencias mundiales de matemáticas y lenguaje. En las clasificaciones de competitividad figuran usualmente en el primer puesto.

La prensa internacional se ha interesado por averiguar las causas de este fenómeno. Los diarios más importantes del mundo han enfocado editorialmente el tema. La pequeña nación europea ha registrado uno de los crecimientos económicos más altos en las últimas décadas, con un consiguiente aumento del nivel de prosperidad de sus habitantes. Su sistema de seguridad social es uno de los mejores del mundo, con un per cápita sólo por debajo de un puñado de naciones.

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Como corresponsal en Haití

A comienzos de 1973 me tocó cubrir para este diario y la agencia internacional de noticias para los que trabajaba, la inauguración de la hidroeléctrica de Peligre, en el mismo corazón de Haití. De las calles de Puerto Príncipe fueron retirados los Ton Ton Macoutes, para borrar el aspecto de cárcel abierta que en vida de Papa Doc, el padre del entonces presidente Jean Claude Duvalier, ofrecía la capital del vecino estado. Pero el largo recorrido por una estrecha y sinuosa carretera hasta Peligre estaba lleno de esos agentes represivos. Se les veían ataviados con sus chillones uniformes y pañuelos rojos ceñidos al cuello. Muchos de ellos llevaban viejos revólveres o largos machetes al cinto.

Cuando se paró de su asiento en la tribuna frente a la hidroeléctrica a pronunciar el discurso de inauguración, Jean Claude, también conocido como “Baby Doc”, sostenía una pistola alemana en la mano derecha, de la que nunca se separó mientras se dirigía después hacia un punto de la obra donde cortó la cinta para dejarla en servicio. A los periodistas extranjeros se nos obligó a permanecer de pie bajo un intenso sol por horas, hasta que el último de los invitados de la familia al acto abandonara el lugar.

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El victorioso rol de la mentira en la política

Cada día estoy más convencido del papel de la mentira como instrumento estratégico en la política nacional. La razón es simple: nadie ha pagado jamás el precio de engañar al país. A causa de ello, la mentira ha jugado un papel de primer orden en la carrera de la mayoría de los líderes que han alcanzado el poder o aspiran a conseguirlo.

La verdad es que en nuestra cultura la mentira no es un pecado, ni razón para avergonzarse. Se aprende en los hogares y en las escuelas. Los padres mienten para justificar la inasistencia de sus hijos en un día de clases. Mentimos para explicar la llegada tarde al trabajo. Y hacemos de ella un instrumento de la vida diaria. Pero en la actividad política, la mentira ha servido para preservar privilegios, liderazgos y programas económicos nefastos para la población, pero increíblemente beneficiosos para una clase arrimada al poder con la fuerza de un buen cemento.

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