Nos pasa por votar como borregos

Históricamente, con cada proceso electoral, aumenta el número de ciudadanos deseosos de escuchar las propuestas de los candidatos y las bases o causas en las que se fundamentan. Pero a despecho del abuso promocional que maltrata la apariencia de plazas, ciudades y carreteras, nada de sustancia se extrae de sus discursos y esa es causa, no la única, del desengaño periódico de los electores con sus “líderes”.

La mayoría de ellos, incluso quienes tienen largos ejercicios en el Congreso o en la vida municipal, actúa sin plena conciencia de las responsabilidades adquiridas con el voto ciudadano. Y, peor aun, no he visto la intención en muchos de ellos de reciprocar el favor del voto, con el que adquieren ventaja sobre futuros oponentes, con privilegios, como es el caso de los legisladores con fondos auto asignados con el pretexto de una ayuda social, que no encaja en las funciones de un congresista.

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Una pregunta sin respuesta

Cuesta no hacerse hasta el cansancio la pregunta ¿Cómo se explica el sorprendente desarrollo industrial, tecnológico y cultural de Israel, Taiwán y Corea del Sur, en circunstancias tan adversas, y los problemas de un país como el nuestro, rico en recursos naturales y geográficamente situado en el centro del Caribe, con fácil acceso a los grandes mercados, como Estados Unidos y Europa?

No pretendo hacer comparaciones, por lo general enojosas. Pero la respuesta pudiera estar en la incapacidad como nación para planificar a largo plazo y en la intensa pasión por la retórica estéril, que agota las energías y nos hace mirar siempre por el retrovisor, no por lo que figura delante de nosotros. Nos falta tal vez vocación para concertar compromisos, mientras nos sobra entusiasmo para la improductiva tendencia a escuchar el eco de nuestras propias voces, descartando las demás. Cuando les llegó el momento de asumir grandes decisiones, los israelíes, taiwaneses y surcoreanos no vacilaron. Parecería, en cambio, que a los dominicanos nos faltan voluntades para hacer lo que precisa necesario, cuando la oportunidad se presenta a nuestras puertas.

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¿Somos acaso una nación de cleptómanos?

La ocurrencia interminable de robos de cosas sin valor aparente, conlleva irremisiblemente a la pregunta: ¿Nos estamos convirtiendo por la crisis económica en una nación de cleptómanos? La idea es aterradora. Pero crece en la mente de muchos dominicanos desazonados por estos hechos insólitos que evidencian, sobre todo, el poco respeto que existe entre nosotros por la propiedad ajena.

Hace un tiempo se publicó la desmoralizadora noticia de que alguien había hurtado la placa de bronce con la que el país recordaba al mundo el lugar donde el almirante Cristóbal Colón había amarrado una de sus naves al descubrir la isla. Las calles y plazas de la ciudad están llenas de huecos producidos por el robo de alcantarilladas y tapas de hierro. Numerosas personas, de distintas edades, han sufrido las consecuencias de esta malsana y deshonrosa práctica, al caer en los hoyos dejados al descubierto por la sustracción de esos objetos metálicos, que no estaban allí sólo con fines ornamentales sino cumpliendo con una función de indiscutible utilidad para los ciudadanos.

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Cuando seis son mejores que ocho

No hay una democracia tan parecida a una dictadura como la mexicana. Pero México ha logrado con ello extirpar el peor y más dañino cáncer de la política hispanoamericana, que es la reelección presidencial y el liderazgo personal perpetuo. Un presidente azteca gobierna con poderes omnímodos, pero el país sabe que si bien seis años pueden parecer una eternidad, un día terminan y el gran señor desaparece del escenario político para siempre.

Por eso tal vez ayude a mejorar y adecentar la política dominicana una futura reforma constitucional que la prohíba, aunque se haga necesario prolongar el mandato a cinco o seis años, si bien este último sería muy pernicioso en el caso de una mala administración o un periodo de corrupción que supere las frías y escalofriantes alturas del Everest, nada extraño en nuestro historial gubernamental.

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¿Para qué sirven si no se explotan?

La República Dominicana, como todo país, tiene derecho a explotar racionalmente sus recursos naturales, incluso los no renovables. Y puede hacerlo en condiciones amigables con el medio ambiente. El fundamentalismo ambiental podría frenar los planes de desarrollo de la economía si llegara a pautar las reglas del debate. Por eso, la mayoría de las naciones lo han encarado aprovechando con racionalidad su petróleo y otras riquezas del subsuelo.

¿Por qué los dominicanos no podemos hacer lo mismo? Es cierto que toda explotación conlleva un riesgo ambiental, pero éste puede ser perfectamente neutralizado con las tecnologías existentes y la explotación de Pueblo Viejo es un buen ejemplo de ello. La oposición radical a la minería de gran escala puede convertir, como ya fue el caso de Loma Miranda, un tema del más alto interés nacional, en mero asunto de opinión pública.

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Esa rara cosa llamada corbata

Aunque en las más altas esferas políticas, e incluso diplomática, la corbata dejó de ser una prenda masculina de obligado uso protocolar, hubo tiempos en que llevarla era signo del buen vestir masculino y necesaria en toda actividad oficial de importancia. Ceñirla al cuello de una camisa blanca se imponía aun en los peores y más extraños momentos.

Fue el caso ocurrido en la madrugada del 25 de septiembre de 1963, horas después del golpe de Estado. El entonces secretario de Finanzas, Jacobo Majluta, visitó al depuesto presidente Juan Bosch quien se encontraba detenido en su despacho del Palacio Nacional. Majluta, de 27 años, nunca olvidaría la reacción de Bosch, según me confesara en las varias entrevistas que sostuve con él durante la investigación para mi libro sobre el golpe.

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La diplomacia de Trujillo (2 de 2)

Debido a la mala memoria de los dominicanos, causa de muchas de nuestras desgracias, existe todavía en algunos sectores la intención de replantear moralmente el tema de la tiranía, con el insano propósito de justificarla como una necesidad histórica de su época. Se nos pone de ejemplo el servicio exterior como muestra de la superioridad de la tiranía trujillista sobre la democracia.

Al advertir sobre el riesgo que eso supone para el sistema democrático, me atrevo a asegurar también que todo tiende a justificar ante las generaciones presentes y futuras actuaciones que de otra manera resultarían imposibles de explicar histórica , moral y políticamente. Con honrosas y conocidas excepciones, el servicio exterior durante la llamada Era de Trujillo constituyó uno de los peores y más degradantes aspectos del régimen.

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La diplomacia de Trujillo (1 de 2)

Seis décadas y media después de su muerte, se sigue afirmando que las relaciones internacionales experimentaron su máximo esplendor durante la Era de Trujillo, sólo porque hombres educados, con grandes conocimientos de las formas protocolares a la usanza de entonces y dotados de un gran dominio de la oratoria, les sirvieron al tirano en el exterior, sin tomar en cuenta los objetivos de esa política.

Esos señores estaban mejor preparados para la faena que los que llegaron después, pero no eran mejores, ni estuvieron nunca guiados por razones éticas y morales. Por el contrario, contribuyeron con su talento a perpetuar la tiranía y a justificar en el plano doméstico y en el escenario internacional, algunas de las peores atrocidades cometidas por ese régimen. No entiendo por tanto dónde radican los méritos de esa diplomacia y mucho menos la afirmación de que esa política exterior fuera certera y que en su ejecución se usaran a “los mejores hombres”.

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