El elefantismo oficial

Por la irrefrenable tendencia a crecer, los gobiernos se enfrentan a su ostensible incapacidad para atender con eficacia sus responsabilidades esenciales. A causa de ello, el Estado ha ido expandiendo de forma tan brutal que interviene en la vida de cada ciudadano, de manera directa e indirecta, una carga muy difícil de sobrellevar. No existe de hecho una actividad social o económica de impacto que no esté de alguna forma ligada, atada, comprometida o asociada con el Estado, o paralizada por él.

Así, mientras falla en dotar adecuadamente a las escuelas de pupitres, pagar a tiempo a los servidores públicos, muchos de los cuales no desempeñan una función útil, y no encuentra cómo darle ocupación a miles de médicos desempleados, no obstante las terribles deficiencias de los servicios de salud que presta, los gobiernos se empeñan en ensanchar su radio de acción y se convierten en instrumentos abrumadoramente dominantes. Asumen tareas que en sus manos resultan tan amplias como absurdas.

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Bueno que me pase

Un lector se molestó por mi respuesta a una pregunta suya. Me pidió opinión sobre quién ha sido el mejor compositor clásico de la historia y el más grande beisbolista dominicano. Acerca de lo primero le dije que ni Daniel Barenboim se aventuraría a responderle y como neófito en la materia yo apenas podía mencionar mis favoritos. “Beethoven, por supuesto”, respondió por mí. Bueno, déjeme con Tchaikowsky, Mozart y Puccini, según como me sienta ese día, le acoté.

“No querrá usted decir que son mejores. Le hablé de mis preferencias, me defendí. ¿Y dónde deja usted la Novena”. ¿Qué tiene que ver la Novena? ¡La de Beethoven!, me cortó con un grito de desesperación.

Bueno, amigo, no entremos en esa discusión. Le hablé de mis favoritas, le respondí un poco a la defensiva. ¿Cuáles, por ejemplo?, parecía un interrogatorio. Si le interesa tanto me quedó con la Patética, la sexta sinfonía de Tchaiskovsky, no la sonata no. 8 de Beethoven del mismo nombre. Su reacción parecía indicar que me creía medio loco. Usted es aficionado a la ópera, según tengo entendido ¿qué me dice? Ya le dije que Puccini, pero para cerrar esto mi favorita no es ninguna de las suyas, sino Cavalleria Rusticana, a lo que agregué que el cuarteto final de Rigoletto, de Verdi, me deja sin aliento.

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El mito de una revolución

La complicidad de los gobiernos con la tiranía castrista y su injustificable indiferencia ante las violaciones de los derechos humanos en Cuba, es tan espantosa que año tras año se intenta justificarla con el eterno pedido de supresión del selectivo embargo comercial estadounidense, como si los problemas generados por la revolución residieran en ese hecho u obedecieran a factores externos. Es decir, la presunta permanente conspiración del imperialismo y la burguesía, que aún califican de “gusanería”, en una retórica digna de la edad de piedra.

Cuando escucho a la izquierda abogar por la eliminación del embargo a Cuba, que no incluye alimentos ni medicinas, me vienen a la memoria los gritos de la multitud en las calles de nuestras ciudades pidiendo el mantenimiento de las sanciones impuestas al régimen de Trujillo por la OEA.

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La vulgaridad en los medios

No me cansaré de repetir la fascinación que me produce el que algunos propietarios de medios electrónicos pretendan ignorar que son moralmente responsables de cuanto se diga o haga en sus estaciones de radio o televisión. Que las ofensas y alegres insinuaciones lanzadas sobre honras o tranquilidades hogareñas tienen su precio. Que si bien la popularidad que esa obscena práctica genera produce por un tiempo mucho dinero, en algún momento se transforma en descrédito y rechazo.

En definitiva, que nadie es tan tonto para creer que esas cosas suceden sin el consentimiento o visto bueno de sus dueños o empleadores. Lo peor de todo este fenómeno es que las permanentes competencias de vulgaridad que por algunos medios se escuchan y ven, están creando modelos y pautas en el oficio periodístico. Muchos jóvenes talentosos y otros que no lo son, han visto en ello una vía fácil de alcanzar metas, y desdeñan el buen decir y la ecuanimidad que tanta falta le hacen a una sociedad dominada por el afán desmedido de lucro y fama. Además, el que esas atrocidades se originen en horas inapropiadas es algo intolerable, por el daño irreparable que supone.

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El periodismo y la economía en Cuba

Recuerdo que en agosto de 2009, un número apreciado de becados prefirió a Cuba para estudiar periodismo y economía. Dos áreas del conocimiento en las que supongo aprendieron muy poco, debido a que allí no existe prensa independiente y ha sido el arrojo de una gran periodista, Yoani Sánchez, la que desde hace años intenta romper ese cerco sobre las libertades cubanas. Igual puede decirse en lo referente a la economía, por cuanto el círculo cerrado de la tiranía no consiente la libre discusión sobre los temas económicos ni hay posibilidad alguna de apertura en ese campo, a pesar de tímidas reformas recientes.

Las escuelas de esa especialidad en naciones con economía centralizada, es decir bajo control absoluto del Estado, deben ser sumamente aburridas y los profesionales salidos de allí probablemente tendrían dificultad para entender la flexibilidad que las fuerzas del mercado les imponen a las políticas económicas en países donde prima la iniciativa privada y el Estado sólo juega un papel regulador, como le corresponde.

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La imperiosa búsqueda del futuro

El país tiene una tarea ineludible, definir lo que queremos ser y cómo deseamos vernos dentro de quince o cincuenta años. Tal esfuerzo no corresponde a una administración ni mucho menos a una fuerza política. Se trata de un ejercicio de conjugación de voluntades, por encima de toda confrontación o prejuicio partidista. Si las diferencias prosiguen obstaculizando la búsqueda de ese objetivo común inaplazable, las posibilidades de un futuro promisorio serán escasas.

En sociedades democráticas las disparidades de criterio enriquecen el debate y ayudan a encontrar senderos seguros hacia el desarrollo y el fortalecimiento institucional. La imperiosa necesidad de encontrar vías de consenso para enfrentar los desafíos del porvenir de manera alguna significa una renuncia a esas diferencias. Una cosa es la diversidad de opinión, que es la esencia misma de una sana práctica democrática, y otra la rencilla que ha caracterizado el juego político en el país.

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Dejemos que el pasado lo siga siendo

Todo en la vida tiene un ciclo, como lo tienen los gobiernos y los liderazgos, hayan sido buenos o mediocres. Las elecciones del 2028 nos ofrecerán la oportunidad de confirmarlo. Si la tozudez de un liderazgo o la insensatez de los electores se resisten a esa realidad, el país podría entrar en barrena. Desafiar las leyes de la historia y de la naturaleza equivale a modificar el orden natural de la vida.

Los cambios en el mundo, las señales de una nueva guerra fría por la hegemonía mundial, exigen que los dominicanos se den la oportunidad de un nuevo relevo político, cualquiera sea el precio a pagar por ello. El progreso no se construye con los restos del fracaso o con visiones providenciales, basadas en mitologías de éxitos que los años han destruido.

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El fatal pesimismo dominicano

Apesar de la sonrisa de los dominicanos, en el fondo, en la mayoría de nosotros late una tendencia a verlo todo entre el gris atardecer de un día lluvioso de otoño y la ominosa oscuridad que antecede al paso de un huracán. Si alguien duda bastaría preguntarle a un ganador de la lotería cómo le va y después de pensarlo con un ligero mohín en sus labios, le dirá: “Bueeno.., más o menos”.

Una vez me encontré en una entidad bancaria con un viejo y estimado empresario con propiedades en tres centros de recreación, una lancha, un negocio de exportación e importación y un apartamento de 500 metros en el más lujoso sector de la ciudad. Se quejó de “lo mal que están las cosas y lo peor que podrían ponerse”. Tuve intención de proponerle un cambio con mi situación pero lo consolé diciendo que si en efecto no todo está como quisiéramos en definitiva el país será el resultado de lo que todos los dominicanos hagamos, cada uno dentro del universo en que se desenvuelve. Por supuesto, no le gustó mi observación.

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