La necesaria distancia frente al poder

Por años he advertido que la más importante lección que deben aprender los jóvenes que intentan encauzarse en el periodismo es la obligación moral de mantenerse alejados de aquello sobre lo que informan e investigan. El peor error es entregarse a un líder o presidente, sea por afecto, afinidad o encanto, especialmente de aquellos que exigen de sus seguidores una lealtad incondicional.

En política, la entrega del corazón va irremediablemente seguida de la pérdida del cerebro. El sentido de la proporción se pierde y con ello la objetividad y la independencia. Muchos programas, en la radio como en la televisión, son más escenarios de confrontaciones y sumisiones políticas que canales reales de orientación y comunicación con el público. La obscenidad que esto significa sólo tiene su par en la vulgaridad que se escucha y se observa en muchos de ellos.

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El legítimo derecho a la abstención

En diversos ámbitos políticos crece la vieja pretensión de que en la regulación de las campañas se establezca un reglamento que prohíba promover la abstención electoral. La idea me parece monstruosa y antidemocrática. El derecho que los dominicanos se han ganado de escoger libremente a sus gobernantes, implica el derecho de cada ciudadano de votar por la opción electoral que entienda más beneficiosa para el país o más afín con sus intereses, sean ideológicos, políticos, religiosos o económicos.

Por lógica elemental ese derecho garantiza la facultad ciudadana de abstenerse cuando entienda que ningún candidato o partido llena sus expectativas. Como la abstención no constituye delito, promoverla no puede ser objeto de sanción, con el perdón de los honorables abogados y políticos entusiastas de esa idea.

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La falsa leyenda del Che

Las ya viejas quejas de Omar Sharif sobre su caracterización del Che Guevara, me recuerdan que la figura gallarda y arrogante que la leyenda revolucionaria nos ofrece del todavía popular guerrillero, dista de la que describió cincuenta años después de su muerte, el oficial boliviano que lo apresó.

Por aquel entonces capitán, el oficial Prado afirma que el Che pidió clemencia al entregarse a las tropas que él dirigía, exclamando que valía más vivo que muerto. No fue precisamente un final heroico para una trayectoria revolucionaria que la propaganda ha querido convertir en un mito.

Según Prado, Guevara presentaba un aspecto desgarrador. Lucía extremadamente delgado y exhausto, desarrapado, sucio y hambriento. La antítesis del superhéroe. No hubo señales de dignidad en su muerte. Al igual que Sadam Hussein, atrapado en una ratonera debajo de la tierra, no exigió un precio por su vida. Simplemente se entregó; vencido, sin fuerzas para seguir luchando.

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La relación de confianza con los políticos

No me canso de decir que la familiaridad con que la prensa trata a los políticos, incluso al presidente de la República, no es apropiada para guardar la distancia imprescindible a una relación de independencia. Implica un acercamiento y un nivel de confianza poco aconsejable. Supone una intimidad nada buena. Demasiado confianzuda, podría decirse.

Esa peculiaridad del periodismo dominicano comienza con la práctica de tutear a los presidentes y funcionarios del Estado y por extensión a los dirigentes de la oposición. Así los titulares de los diarios se refieren a Luis, para citar al presidente Abinader; Leonel, no al doctor Fernández; a Danilo y no al licenciado Medina. A Ito, y no al ministro Bisonó; a Felucho, que además es un apodo, y no al licenciado Jiménez. A Jaime David, en referencia al exvicepresidente Fernández Mirabal. También se lee Fello, en lugar de Suberví Bonilla, e Hipólito cuando se trata del expresidente de la nación.

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La mentira, instrumento de ascenso político

En los países más democráticos, Estados Unidos y los europeos, por ejemplo, la mentira es un delito. En el nuestro es una eficaz arma política llevada a la categoría de arte por los líderes más exitosos.

Las carreras más brillantes en el campo de la política nacional han sido catapultadas por enormes cofres de mentiras repetidas una y otra vez, incansablemente, sin consecuencia alguna. El uso repetido de ese instrumento de ascensión en la política, como en otras actividades de la vida nacional, se ha convertido en una práctica común. Se trata ya de una costumbre a la que se está obligado a apelar para garantizarse el éxito.

La mentira es parte de la cultura nacional. Se miente en el hogar, en la escuela, en el trabajo. Hablamos de mentiras piadosas, como creo haber escuchado alguna vez en letras de una canción. El liderazgo nacional nos miente el lunes a sabiendas que el martes puede desdecirse sin que nadie le reproche ni se le pida cuentas.

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El desprecio a las normas en una frase

Frecuentemente me refiero a un dicho, “atento a mí”, que describe uno de los comportamientos más típicos del irrespeto a las leyes y las normas civilizadas que explican muchos de los vicios que se observan en el diario vivir, tanto en la esfera pública como en la privada. Se alcanza a entender a través de esa expresión la inobservancia de las obligaciones que muchos han asumido al ocupar cargos públicos, por elección o designación del Ejecutivo, cuando llegan tarde e incurren en otras violaciones a sus deberes en el cargo “atento” a él. Y no actúan tampoco con la transparencia y honradez requeridas por la misma razón.

Los ciudadanos comunes se pasan la luz roja “atento a mí” y no toman en cuenta la señal de una vía, no sólo cuando no ven a un policía, sino porque se creen con el derecho de hacerlo, algo que por supuesto les niegan a los demás.

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El valor de la iniciativa privada

La realidad económica nos indica un solo camino. Lo que este país necesita y reclama es una mayor dosis de iniciativa individual, tanto en la economía como en las demás facetas del quehacer cotidiano. Los mercados bien abastecidos han sido siempre aquellos dejados en situaciones normales a la libre competencia y a las fuerzas naturales del mercado.

La experiencia, no sólo la nuestra, ha demostrado hasta la saciedad que las economías centralizadas o cualquiera de sus hijastros generan estrechez y pobreza. Constriñen el desarrollo y degeneran en el planeamiento de la vida ciudadana. También es cierto que una economía de mercado sin restricción alguna impide la justicia social. En la práctica ambas se asemejan. De manera que requerimos de un modelo intermedio de equilibrio para garantizar el principio de la distribución del poder y propiciar oportunidades más equitativas dentro de un sistema de libre concurrencia.

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El excesivo control estatal

Si llegaran a aceptar su carácter esencialmente normativo, una aspiración muy lejana en el firmamento nacional, nos acercaríamos al ideal de gobiernos menos interventores en la vida de los ciudadanos. Si renunciaran a la fatal pretensión de controlar todo el cuerpo social y económico del país, los gobiernos podrían adquirir una mayor capacidad y eficiencia para cumplir con sus funciones reales. Podrían dotar así al pueblo de los servicios que no han sido capaces de brindar en las áreas tan sensibles e importantes como la educación, la salud, el transporte y la agricultura, entre otras.

Gobiernos menos poderosos de los que hemos sufrido, ayudarían a atenuar además las ambiciones políticas. Menos gente estaría dispuesta a buscar su plena realización en el sector público. Y, naturalmente, descendería el número de patriotas y revolucionarios dispuestos a darlo todo por la nación y el bienestar colectivo de sus ciudadanos, lo que haría inmensamente feliz a buena parte de la población,
En el país hay demasiados controles. No podemos referirnos a la existencia de un sistema integral de libre empresa que apenas existe. Las deficiencias que usualmente los funcionarios le atribuyen al régimen de libertad empresarial son el fruto de las medidas gubernamentales que lo hacen inoperante.

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