El irrespeto a la insignia nacional

Un país que no respeta su bandera, y desconoce el valor y color de cada cuadrante, y escudo, no está en capacidad de defender cuanto ella significa. Este pudiera ser el caso nuestro, a pesar de cuantas protestas se leen y escuchan sobre un ferviente nacionalismo que en muchos casos solo refleja una falsa postura propia en quienes alardean de lo que no creen y desconocen.

Por años he escrito y demandado acerca del uso correcto de los colores de la insignia nacional, en referencia a los cuadrantes azules superior izquierdo e inferior derecho que corresponden a una tonalidad azul marino y no al tono oscuro que en el vestuario moderno se conoce como blue navy, más similar aunque no exactamente al de la enseña estadounidense.

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La clase política bajo fuego

El descrédito de la clase política es uno de los signos más preocupantes de la realidad dominicana. Lo dicen las encuestas y las expresiones de rechazo que se observan en el diario quehacer nacional. Pero no estará lejano el día en que ocurra lo mismo con la clase empresarial, si no se democratizan las organizaciones que la representan.

Muchas entidades empresariales no reflejan las transformaciones de la sociedad dominicana, y causa de ello no pueden hablar por todo el sector, a despecho de que los gobiernos se sientan en estos ámbitos exclusivistas más cómodos y seguros. La apertura democrática ampliaría la capacidad de presión de esas entidades que han jugado, es justo reconocerlo, un papel muy importante en la discusión de los temas básicos.

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Estereotipos contra la libre empresa

Para muchos empresarios, desafortunadamente, el régimen de libre empresa funciona en la medida en que se muestra tolerante contra el abuso y el afán desmedido de lucro. Y, naturalmente, deja de funcionar o no existe desde el momento mismo en que ponen en movimiento normas o mecanismos para proteger a la comunidad de acciones contrarias a la ley y a la más elemental ética comercial o profesional.

Uno de los grandes triunfos propagandísticos de quienes combaten la libertad de empresa es el haber creado estereotipos que actúan en la mente humana en contra de su existencia misma. Objetivo principal de esa propaganda ha sido, por ejemplo, desacreditar el derecho al lucro y a la propiedad como causas fundamentales del atraso, el subdesarrollo y el sufrimiento de las mayorías. De esta manera la posesión de riqueza se entiende como producto del robo y consecuente causa de injusticia social. Y como muchas riquezas tienen origen y procedencia cuestionables, esa prédica cala en amplios sectores de la población nacional, especialmente en las de más bajos ingresos. Al defender las malas prácticas comerciales, muchos empresarios contribuyen de ese modo a desacreditar el concepto de libre empresa y a reducir la confianza popular en el sistema.

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Un tema de discusión postergado

La debilidad de la libre empresa no se deriva exclusivamente de la injerencia estatal, por mucho que ésta haya entorpecido en el transcurso de los años su desarrollo y crecimiento. Los defectos de nuestro muy peculiar régimen de libre mercado se deben también, y en gran medida, al propio sector privado.
Responden a los predominios de grupos, a los oligopolios y castas empresariales que han explotado hasta la saciedad el paternalismo estatal, invocando para su provecho la intervención del Gobierno en la economía, a sabiendas de que los privilegios trabajan en contra del sistema y de las oportunidades de los demás.

La capacidad instalada, señalada tantas veces como una razón de la poca funcionalidad o de la presunta existencia de libertad empresarial, ha sido esgrimida no siempre por el Estado, sino por grupos empresariales para evitar de esta forma la competencia o preservar irritantes concesiones. ¿Cuándo esas concesiones se reflejaron en el mercado, ya sea mediante un mejoramiento de los precios y de la calidad de los productos o mediante un incremento de la oferta?

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Cuando de intereses se trata

Con el paso de los años, la clase política ha logrado inculcarle a la gente la idea de que el país vive permanentemente enfrentado al choque de intereses contrapuestos. De un lado, el interés nacional, representado por el Estado y quienes ejercen el poder, y el particular, que emana de la actividad privada. En el falso criterio de valoración sobre el que esa tesis se sustenta, el primero es el legítimo y el segundo es el espurio, del que surgen todas las iniquidades que hacen de la nuestra una nación socialmente injusta debido a las enormes desigualdades existentes.

La teoría de la desigualdad basada en la existencia de los intereses particulares ha servido para encubrir la corrupción y el enriquecimiento ilícito de una clase política incapaz de plantear soluciones de fondo a los graves problemas nacionales y preservar de este modo los grandes y crecientes privilegios que el secuestro de la vida política por los partidos le ha permitido a sus dirigentes.

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El secuestro del debate

Basta con incursionar en las redes para descubrir que cada día en el país hay menos espacios para la moderación. Las pasiones y las posiciones extremas se han apoderado del debate, y dejan sin posibilidad cualquier intento por bajar el tono de la discusión y establecer canales de comunicación lo suficientemente limpios como para que todos podamos escucharnos y encontrar senderos que conduzcan a un lugar sereno, seguro y apacible. De suerte que de antemano es un vano esfuerzo transitar por ese camino cerrado. A muchos les parecerá exagerada esta apreciación y se conformarán con la idea de que todo está en su puesto y que es asunto normal en una democracia la altisonancia en el enfrentamiento político.

Si hay algo para preocuparse es precisamente ese giro en la discusión, que todo lo convierte en riña, e impide que podamos encontrar en la diversidad de opinión el verdadero potencial de riqueza que tanto necesitamos explotar. Lo positivo de la situación es que la acidez de la brega partidaria le está permitiendo al país descubrir el lado de la personalidad del liderazgo nacional, no solo el político, que se ha tratado siempre de mantener oculto.

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Soliloquio sobre la democracia

Debido a la debilidad de nuestras instituciones políticas y a la tendencia a rehuir la discusión de los temas fundamentales, el peor de los servicios que se le presta a la democracia dominicana es pretenderla como un modelo para el resto del continente. Con ello no hacemos más que desacreditarla. Convenzamos a nuestras grandes masas de menesterosos y desempleados de que el panorama a su alrededor es el paraíso y el estadio ideal al que pueden aspirar a través de ella, y en poco tiempo las tendremos del otro lado del escenario combatiendo ferozmente a un sistema que, en una alegada fase superior, prolongaría su miseria y las condenaría a una condición indigna de un ser humano.

La democracia es mucho más que eso. Pero en el aspecto social estamos lejos todavía de haber tocado su sustancia. Y aún en el plano político practicamos una democracia frágil y precaria. Disfrutamos de libertad y respetamos el libre juego de las ideas, pero nos queda un trecho largo por recorrer. Emulando el cinismo con que a ratos algunos líderes la describen “como un ejemplo para América”, deberíamos conformarnos con la idea de que tan efusiva comparación es solo el reflejo natural de la costumbre muy dominicana, y tanto más en la política, de magnificar el valor de sus pertenencias.

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Olvidada responsabilidad de los partidos

En muchos aspectos del quehacer nacional, ejercemos una democracia para la cual no estamos del todo preparados. Eso la hace débil e inoperante. Bosch solía referirse al “atraso político” del pueblo y su afirmación posee todavía, a pesar del tiempo transcurrido y de su muerte, una vigencia extraordinaria.

Parte de la responsabilidad por ese atraso corresponde a sus líderes políticos, porque una de sus misiones es la de educar a la gente en materia cívica y política. Esa es una faceta relevante de sus responsabilidades como líderes que la mayoría de los políticos, en el Gobierno como en la oposición, ha desestimado siempre. La labor educativa dentro del ejercicio de la actividad política nacional ha sido deprimente; virtualmente nula.

Si la mayoría carece de un conocimiento sólido de sus deberes se debe en parte a que sus dirigentes no le han conferido valor a ese elemento vital de la formación democrática del pueblo. Probablemente también, porque muchos de ellos mismos desconocen los límites de esos deberes y derechos, razón que explica la facilidad e impunidad con que aquí se violan, se pisotean o se pasan por alto en situaciones decisivas esos atributos del sistema.

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