¿En qué se parecen o se diferencian?

Cuando me preguntan si existen diferencias entre los expresidentes Leonel Fernández e Hipólito Mejía, mi respuesta se basa en lo que observo de ambos. Me ha costado, en efecto, encontrarlas. Las que pudieran existir están relacionadas más con rasgos de la personalidad que con sus actitudes y el tratamiento de los problemas nacionales.

Fernández suele ser un hombre mucho más calmado, pero Mejía luce más sincero. Fernández tiende un muro impenetrable a su alrededor, lo que dificulta llegar a él. Mejía deja ver todo lo que hay dentro de sí. El primero prefiere el silencio. El segundo no puede dominarlo. Fernández tiene un sentido de racionalidad que pauta su accionar público. Mejía es esclavo de sus emociones. Fernández por lo general tiene control sobre lo que dice. Mejía responde a cuanto se le pregunta. Fernández calcula. Mejía sólo resta y suma. Un frío intenso, como el de un iceberg, se siente en torno a Fernández. Una llama intensa alrededor de Mejía. Fernández mira de soslayo cuando saluda y estrecha la diestra. Mejía se confunde en un abrazo.

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Falso pero exitoso modelo de periodismo

En periódicos escritos y digitales, en las redes, y frecuentemente en programas de radio y televisión se lee y se escucha a cualquiera llamar ladrón o corrupto a políticos, empresarios e incluso a periodistas, sin prueba alguna. La práctica se hace más extensiva cada día y parece encaminada a convertirse en un modelo exitoso de periodismo; el que la descomposición social que sufre el país necesita, dirían sus defensores.

Es cierto que hay mucha corrupción pero esta no es cosa nueva en la historia nacional. Como también es verdad que la protección legal que la guarda es parte del quehacer político y empresarial desde la misma fundación de la república. Es importante para la salud de la nación que la sociedad se empodere y presione a favor de acciones severas contra ese terrible flagelo. Lo que no es cierto es que todos los funcionarios, políticos y empresarios sean ladrones y corruptos. Y no establecer la diferencia cuando se aborda el tema de la corrupción es una terrible injusticia contra todos aquellos que ejercen con dignidad una función pública o un negocio legítimo.

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El odioso antisemitismo en Hispanoamérica

Enrique Krauze sostiene que el crecimiento del antisemitismo en América Latina se debe a lo que llama “enojo” de los sectores liberales y de la izquierda por los acontecimientos en la Franja de Gaza y Cisjordania. La irracionalidad de ese prejuicio racial tiene profundas raíces históricas, como bien resalta el insigne intelectual mexicano, autor de un ensayo sobre el chavismo titulado “El poder y el delirio”, lectura imprescindible para entender la tragedia venezolana y el fracaso del experimento revolucionario de la izquierda latinoamericana.

En un artículo publicado en octubre del 2018 en el diario español El País, Krauze se refiere a los grados de antisemitismo resaltados por encuestas. En el caso dominicano, dice, el sentimiento de rechazo a los judíos se estima en un 41%, superior al 31% de América Latina y muy por encima del 9% para todo el continente. La cifra es espeluznante porque implica una aceptación de prácticas odiosas que través de los siglos han intentado justificar los genocidios y restricciones que todavía prevalecen en muchos países contra los judíos, negándoles el derecho a incluso a vivir en paz dentro de fronteras seguras.

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Un compañero en la soledad

En la soledad de sus últimos años mi madre encontró un compañero con quien mataba su tedio en interminables soliloquios. Era un viejo cuadro de Jesús colgado encima de un retrato de mi padre que sus manos arrugadas movían a cada momento de un lugar a otro, en un espacio físico de apenas unas cuantas pulgadas. La imagen del Cristo tenía una sonrisa débil de tristeza, como si se empeñara en estar a tono con la tranquila soledad que sufría su acongojada propietaria. Era un recuerdo de bodas, que Esther, mi esposa, salvó de la destrucción años atrás y lo envió a enmarcar a tiempo.

Cuando le hablaba a la imagen del Señor no estaba del todo claro a quién se dirigía mi madre, si a Él o a su ido compañero de toda la vida que había acudido a la llamada de la muerte quizás cuando más ella lo necesitaba. De todos los retratos de papá ese era su favorito. El que despertaba sus mejores recuerdos, al través de su disimulada sonrisa de varón apuesto y tímido, con su despejada frente y su regia nariz, que sólo heredaron dos de mis hermanos.

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Por una campaña contra la violencia

No pasa un día sin noticias de un asalto a un vecino o compañero de trabajo, o el robo con violencia de un vehículo propiedad de un familiar o amigo. La frecuencia con que ocurren estos hechos delictivos terminará generando una especie de pánico colectivo y una amarga sensación de impotencia en la población. Si esta sensación continuara dañará el ánimo nacional y convertirá a un pueblo generalmente alegre y despreocupado en su pobreza, en un amasijo de gente asustada y temerosa de salir a la calle para hacer cuanto gusta y está acostumbrada a hacer.

Es preciso, pues, que la población asuma la responsabilidad que le corresponde en la lucha contra ese flagelo, respaldando las medidas que asuman las autoridades, antes de que el fenómeno nos arrope. Sería iluso creer que los ciudadanos puedan por sí solos encarar el desafío. Como tampoco sería sabio esperar que el Gobierno pueda lograrlo sin el apoyo y la colaboración de los ciudadanos. Seamos realistas. Se trata de una acción conjunta, una conjugación de voluntades lo que hará posible combatir eficazmente el crimen que se adueña de calles y plazas.

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Cuadrantes azules de la bandera nacional

No deja de sorprenderme que el nacionalismo que tantos políticos y ciudadanos exhiben en sus discursos y en las redes, no se exprese en el obligado respeto a la bandera, con su indiferencia al uso de tonalidades distintas del azul de la insignia nacional, lo cual es un total irrespeto al mayor de los símbolos patrios. Hasta en las oficinas públicas podemos observar que en el alto de los pendones ondean lo que parecen dos banderas.

De acuerdo con los documentos y testimonios conocidos sobre el tema, el rojo de la enseña nacional es bermellón y el azul el de ultramar. No debería haber pues lugar a confusiones sobre algo tan solemne como es el color de la bandera, el mayor de los símbolos de la patria. Sin embargo, hasta en las más importantes oficinas públicas, a veces en los mismos cuarteles militares y policiales y en determinados momentos en la propia sede del Congreso Nacional y en el Palacio Nacional, se observa el uso de otra tonalidad azul, mucho más oscuro, en los cuadrantes del emblema.

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Cuando no encuentro un tema

Extranjeros y dominicanos conocidos residentes en el exterior, suelen preguntarme cada cierto tiempo, con curiosidad los primeros y con angustia los segundos, qué podría esperarse del proceso electoral, si será violento o si la oposición recuperará el gobierno. Cuando me formulan este tipo de inquietud, suelo recordarles que no soy adivino por lo que no puedo leer el futuro ni anticiparme a los hechos, y menos a tres años del proceso.

Y al igual como ocurre en una partida de ajedrez, las posibilidades de los jugadores, en este caso políticos, se analizan a partir de la posición de sus fichas, no en base a especulaciones respecto a lo que hará uno o piensa hacer el otro.

Sobre esa base, aún es prematuro hacer predicciones porque todo dependerá de cómo operen los procesos de reconciliación en la oposición, e incluso en el ámbito oficialista, donde los disgustos pueden jugar un papel determinante, principalmente cuando quede definido el cuadro electoral, con la elección del candidato del partido gobernante y los de oposición, por lo que habría que esperar a octubre del 2027.

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A fin de cuentas, soñar no cuesta nada

En un escenario ideal, con las fuerzas políticas que compitan en un marco de absoluto respeto a las ideas del contrario, y el Gobierno que sirva de garante imparcial del proceso democrático, los dominicanos podrían sentirse motivados a unirse en un gran concierto de voluntades para ayudar a que la actual administración concluya su mandato en buenos términos con la sociedad. Así, el gobierno que nazca de las elecciones próximas, en mayo de 2028, podrá iniciar su gestión sin mayores dificultades, para beneficio de la república.

Confieso que estas aspiraciones sólo caben en la tranquilidad de un fin de semana en casa, lejos de las estridencias políticas de un país que, como el nuestro, no sale de una. Pero como soñar no cuesta nada, según el viejo refrán dominicano, este gran anhelo nacional podría ser convertido en realidad si la nación se lo propone, para lo que se haría necesario echar a un lado las pequeñeces y mezquindades que tanto nos separan en los momentos cruciales e incluso cuando todo parece indicar coincidencias de pareceres.

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